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Hermoso detalle este pudín inolvidable |
Por
John Acosta
Con el mensaje que me
escribió para mi cumpleaños, mi hija mayor, María Johanna, le hizo honor a la
especialización que empezará a hacer en Argentina: fue la anestesia eficaz que
me protegió del fuerte impacto al aterrizar sobre la pista pedregosa del aeropuerto
de mi medio siglo de existencia. Lo leí al medio día de ese jueves 19 de marzo,
en el intermedio de una dura jornada laboral que había iniciado a las siete de
la mañana con una prueba parcial a mis 45 estudiantes del curso Lenguaje y
Comunicación.
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Con mi hija mayor, María Johanna |
En cada palabra que leía de
ese mensaje, se me erizaba más la piel y se me inundaban los ojos de felicidad, pues María Johanna
había llegado al mundo en una época en que mi ser parecía una cometa sin rabo:
dando bote sin rumbo en un espacio triste y profundo, revoleteando en la
inercia mental al compás de una brisa que se ensañaba con ese huérfano
reciente. Mi padre, que era el sostén de mi ser, había fallecido de forma repentina,
víctima de un derrame cerebral que lo arrebató de este mundo a los 43 años de
edad.
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Con mis mujeres: Isabella, Aracelys y Aura Elisa |
En medio de ese caos en que
se había convertido el sitio sideral de mi vida, apareció una bebecita frágil
que agitaba sus manitas al lado de su madre, aturdida todavía por el parto fresco,
mientras rodaban en la camilla de hospital que las conducía a la habitación.
Esa inocencia evidente de recién nacido contrastó con la viveza de su mirada
que se encontró con la mía por un instante, en los pasillos lúgubres de un
hospital en la fría capital del país. No necesité más para saber que Dios me
había mandado ese ser para rescatarme del ensimismamiento en que había caído
por la partida inesperada de mi padre.
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Agradable sorpresa la de mis estudiantes |
Un cuarto de siglo después
de ese día, la brillante médico en que se convirtió ese amado pedacito de carne
vuelve a aparecer en mi vida en un momento crucial: mi entrada al quinto piso
del edificio de mi existencia. Y lo hizo como ese primer día, con la
contundencia de quien tiene todo el amor del mundo para dárselo a quien lo
necesita.
Ya mi hija menor, Isabella,
me había dado un fuerte abrazo apenas abrí los ojos en la madrugada de ese jueves
19 de marzo. Y Aura Elisa, la segunda de mis hijas, me felicitó efusivamente a
su salida del baño. Hasta Aracelys, mi señora, me dio mi feliz cumpleaños en la
mitad de las escaleras de la casa, donde me la encontré cuando bajaba a tomarme
la linaza. Desde la madrugada hasta muy entrada la noche de ese día, mi
teléfono personal no dejó de sonar con
las llamadas y mensajes de mis hermanos, tíos, primos y amigos.
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Algunos de mis compañeros de oficina |
Todas las redes sociales a
las que pertenezco estaban anegadas de mensajes de personas que me escribían
desde diferentes sitios. Amigos de infancia, compañeros de estudios del bachillerato
y de la universidad. Compañeros de trabajo en las diferentes etapas de mi vida
laboral. Desde mis primeros estudiantes, que la mayoría son profesionales
exitosos, hasta los nuevos. Nunca antes pude hacer realidad aquello de tener
mil amigos para poder cantar. Definitivamente, llegar así a los 50 años de
edad, lejos de ser una mortificación por el paso inmisericorde del tiempo, se convierte en una enorme
satisfacción al sentir el cariño de tanta gente que lo quiere a uno sin
condiciones. Esta es mi forma de agradecerles, además del “Me gusta” que le di
a sus hermosos mensajes.
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