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sábado, 19 de abril de 2014

El Gabo que nunca conocí

Por John Acosta

María Bolaños leía el libro de más de 300 páginas, sentada en una banca sin espaldar,  debajo del palo de mango que estaba en la esquina de afuera del patio de Juan Pertuz, diagonal a la entrada del único colegio de bachillerato de Casacará. Yo acababa de salir a recreo e iba a la casa de Juan a comprar un boli de guanábana. Conmigo iban Silvio Macea, a quien, muchos años después, asesinarían los paramilitares en Codazzi, y Germán Ramírez. “Mira el mamenúo que nos toca leer en cuarto”, dijo Germán,  mientras señalaba el libro que María Bolaños tenía entre sus manos. Entonces, pude ver con claridad la carátula. Arriba estaba el título: Cien años de soledad; en el centro, la fotografía a color del rostro, surcado por las arrugas, de una vieja centenaria, coronada con un sombrero de copa: una campesina de los Andes colombianos, la versión cachaca de Úrsula Iguarán, protagonista del libro; debajo, el nombre del autor: Gabriel García Márquez.

Casacará era lo que sigue siendo ahora, cerca de 40 años después: un pueblo abandonado a su suerte por la desidia oficial, sin ninguna calle pavimentada, salvo el hilo carreteable que pasa por la orilla, la vía nacional que une a los departamentos del Cesar y de La Guajira con el interior del país. Muy parecido al Macondo que narra García Márquez en el libro que leía esa mañana María Bolaños, ataviada con su uniforme colegial. Más parecido a la Aracataca actual de García Márquez, que, aunque con muchas calles pavimentadas, no tiene el servicio de agua potable, a pesar de estar rodeada de inmensos campos sembrados de palma africana, como Casacará. Sobreviviente de la violencia guerrillera y paramilitar, como lo fue Aracataca de la guerra entre liberales y conservadores.

Esa mañana, ni Silvio ni yo nos preocupamos por la seria advertencia que nos hizo Germán, confirmada por María, con una mueca de desgano. No teníamos razón para hacerlo, pues el profesor Francisco Turizo nos preparaba, desde segundo año de bachillerato, pasando por el tercero, con las lecturas de La hojarasca, La mala hora, Los funerales de la mamá grande y El coronel no tiene quién le escriba. Incluso, cuando llegábamos al  cuarto año, ya algunos de nosotros  nos atrevíamos a delinear las primeras letras de nuestros propios cuentos, influidos todos por la magia garcíamarquiana.

Por supuesto, llegó el cuarto año de secundaria y, con él, la lectura de Cien años. Tuvimos la suerte de que ese período coincidió con la entrega del Premio Nobel al escritor colombiano. Sí, fue un 1982 muy inspirador para el profe Turizo y sus estudiantes. Recuerdo que ese año, entre las mil y una locuras que se escribieron a propósito del premio, a alguien se le ocurrió escribir (y más atrevido el periódico que se le ocurrió publicarlo) que Cien años de soledad no era de Gabriel García Márquez. Turizo entró iracundo al curso, blandiendo el rollo de periódico que tenía en la mano. “Cómo se le ocurre a alguien semejante barbaridad, si Cien años de soledad  es el resumen de todas las obras anteriores de Gabo”, nos dijo esa mañana. (Click aquí para leer sobre los métodos del profe Turizo para enseñar literatura)

Algún tiempo después, me tropecé con El viejo y el mar, del escritor estadounidense Ernest Hemingway, y todavía hoy me tomo el atrevimiento de decir que es muy similar a El coronel no tiene quién le escriba, siendo publicada primera, por supuesto, la de Hemingway. Debo decir, además, que todas las obras de García Márquez me las he leído más de dos veces, menos una, que no me leído ni una sola vez: El otoño del patriarca, que es la obra con que él cumple con la promesa de los escritores del boom latinoamericano de escribir sobre los dictadores de esta región del mundo. La razón que he esgrimido hasta entonces para no leerla, es que soy un lector flojo y esta novela no tiene muchos puntos seguidos ni apartes: debe leerse de un tirón. Algunos críticos gringos dicen que esa es la mejor obra de García Márquez, superior, incluso, a Cien años de soledad, considerada su novela cumbre. Tiene cómo serlo, en todo caso, pues el escritor colombiano se esmeró para escribir algo diferente a su exitosa obra anterior.

De El amor en los tiempos del cólera extraje más de 25 aforismos que no dejo de recitar cada cierto tiempo. De la publicación de Crónica de una muerte anunciada, tengo los recuerdos de la foto donde aparece Gabo con Mercedes, visto desde la ventanilla del carro que los llevaba al aeropuerto El Dorado, donde los espera el avión que el entonces presidente de Panamá, Omar Torrijos, le envió para que el escritor colombiano saliera apresurado del país, rumbo a su exilio en México, huyendo de la política del Estatuto de Seguridad del entonces presidente de Colombia, Julio César Turbay Ayala. Los guerrilleros del entonces M-19, que habían sido capturados durante la búsqueda de las más de cinco  mil armas que ese movimiento subversivo le había robado al Ejército Nacional, en el cinematográfico golpe al Cantón Norte, le mandaron a decir a García Márquez que los hombres que los torturaban los estaban obligando a decir que el autor caribeño era colaborador de esta guerrilla. El presidente Turbay respondió diciendo que era mentiras que García Márquez se iba huyendo del país, que él había salido era a promocionar su nuevo libro. Allá murió esta semana Gabriel García Márquez.

Y, a pesar de compartir este mundo con él durante cerca de medio siglo, nunca pude coincidir en un lugar donde él estuviera. Nunca lo vi personalmente, ni siquiera de lejos, para tener el gusto de hacerme tomar una foto con el autor de ese libro que María Bolaños leía esa mañana, debajo del palo de mango, sembrado diagonal a la entrada del Colegio de Bachillerato Luis Giraldo, de Casacará.

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