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lunes, 17 de octubre de 2011

La luna engendró a su hijo entre los wayuu

Por John Acosta



Apenas lo vi bajar por primera vez del carro, descubrí que era un hombre alegre. Su sonrisa no reflejaba la timidez del novato que llega a enfrentar un mundo desconocido, sino la seguridad de quien desea ser amigo. Por esa época, ya me acercaba a los 75 años de estar lidiando con una vida difícil por estos parajes áridos de mi Guajira legendaria. En ese entonces, no me pasó por la cabeza que catorce años más tarde yo sería el gestor de una ceremonia que enmarcaría el sentir sincero de mis hermanos indígenas hacia ese señor que acababa de descender de su vehículo mostrando su dentadura brillante de hombre pacífico y a quien Raquel, mi sobrina, bautizó enseguida. "Kasukish", dijo ella. Y con ese nombre, que significa Cabeza Blanca, se quedó entre nosotros.




 Recuerdo que Alberto Girado venía a reemplazar a Fabio Esteban Barrera en la evaluación de las mejoras de las tierras reservadas por el Incora a Carbocol, para la construcción del ferrocarril minero y el puerto. Y el saludo de bienvenida que le dimos fue similar al que brindamos los indígenas Wayúu para que el recién llegado se sienta en confianza: le pedimos la cinta métrica a Fabio Esteban, con la que él medía los terrenos, y se la entregamos a Kasukish. "Tome, empiece a hacer su trabajo", le dijimos. Todavía me río solo cada vez que llega a mi memoria el resultado de aquella bienvenida fortuita.

 Alberto Girado cogió su cinta métrica y comenzó a desenrollarla caminando de espaldas. Eran las nueve de la mañana de un día intenso y el sol calentaba ya con su acostumbrado brío. Todos seguíamos con atención el descorche de Alberto como negociador. Entonces, sucedió: el talón derecho de Kasukish tropezó con una piedra y el hombre cayó sentado sobre las espinas desafiantes de un cactus. Muerto de risa, Alberto corrió hacia nosotros para que le ayudáramos a sacarle las puyas que se le habían incrustado. Fue el comienzo de una gran amistad que hoy, tantos años después, se mantiene intacta, a pesar de las embestidas que le ha propinado el destino. Nosotros entregando sin reservas nuestro cariño primitivo de indígenas altivos. Y él, mereciéndolo cada día más con su sonrisa de siempre y ayuda oportuna que, por su intermedio, nos brindan las Empresas Carbocol e Intercor.


 Por eso, cada vez que distinguimos a lo lejos el campero blanco que se acerca a nuestras rancherías, sonreímos. Porque tenemos el pleno convencimiento de que Alberto Girado, analista de Relaciones Públicas de Intercor, casi nunca viene a pedirnos ayuda, sino a ofrecérnosla. Y la rara vez que la necesita, ahí estamos nosotros, dispuestos como siempre a apoyar al amigo.

Ya tengo 89 años de haber nacido en estas tierras del alma. Soy Reyes Rodríguez, el indígena más anciano que queda en las 21 comunidades Wayúu asentadas a lo largo del corredor ferroviario. Siento cada día más cercano el llamado insistente de la muerte para que me vaya a reunir con mis antepasados y vigilar junto a ellos el bienestar de mi raza. Casi todas las noches recuesto un asiento de cuero sobre la pared de barro de mi ranchería y desde allí escudriño el misterio de la noche. Miro las estrellas con su titilar constante y entre ellas, con su esplendor y su imponencia para someter la oscuridad, está la gran luna. Todos: estrellas, oscuridad, luna, brisa, lluvia, sol, en fin, la vida misma, son elementos de la naturaleza. Y en cada uno de ellos está representado Mareigua, nuestro Ser Supremo que siempre busca el bien para nosotros.

 Hace 60 años, a finales de 1936, tuve el honor de presenciar una ceremonia en la que los ancianos de mi tribu declararon al capitán Eduardo Londoño Villegas, primer Comisario Especial que tuvo Uribia, como Süchon Kaime, que significa Hijo del Sol. Era la primera vez que los Wayúu le entregábamos a alguien tan alta distinción. En el transcurso de esas 6 décadas quizás nadie se volvió a merecer semejante honor de parte nuestra. Pero ya en el ocaso de mi vida, sé que ninguno otro como Kasukish se ha ganado con creces y sin proponérselo una distinción similar. Cada vez que ha empeñado su palabra con nosotros, él y su empresa cumplen. Y mi raza sí que le da un valor a la palabra. Creo que los 69 ahijados que ha bautizado son una muestra suficiente del inmenso cariño que le tenemos: nosotros los Wayúu no le entregamos un hijo a cualquier compadre que se aparezca.


 Y una noche, viendo a la luna esparcir su claridad sobre los confines de esta tierra desértica, supe que el mejor homenaje que se le puede hacer a un hombre que ha sacrificado gran parte del tiempo que pudo dedicarle a su propia familia, para estar con nosotros, es declararlo hijo de ese astro misterioso que nos alumbra desde la inmensidad del cielo. Con esa determinación fui a la casa de María Idalides Plata de Brugés, una licenciada en Educación Básica Primaria que lleva ya 16 años investigando la cultura de sus antepasados Wayúu, para que me ayudara a cristalizar la idea. Y acordamos en que yo debía consultar con los demás líderes de las 21 comunidades. De antemano, sabíamos la respuesta: todos apoyaron la idea. El miércoles 28 de febrero de 1996, en la ranchería El Cacique se vivió un ambiente de fiesta. Entre un reguero de cámaras de televisión y fotográficas, al frente de insistentes micrófonos y grabadoras, me vi respondiendo con mi lenguaje habitual a las preguntas de los periodistas que habían llegado hasta allá para cubrir la ceremonia en que Alberto Girado fue bautizado como Süchon Kashi, que significa Hijo de la Luna.


 Nunca antes, en los 14 años que llevo de estar compartiendo con él no sólo alegrías sino también tristezas, había visto hablar a Alberto con su voz entrecortada por el llanto que se le atragantaba por la emoción cuando agradecía el gesto con que los indígenas lo honrábamos aquel día. Debo decir, además, que uno nunca termina de conocer a los amigos. Porque me sentí gratamente sorprendido cuando una de las hijas de Alberto me llamó para entregarme una placa de reconocimiento con la que su familia nos agradecía el buen trato que le dimos a su padre. Ese día, no sólo Alberto bailó la Yonna bajo el candente sol del medio día. También lo hicieron Mario Wild y Ricardo Plata, mientras el gringo amable que vino desde Houston, miraba complacido. Fue un festejo inolvidable en la que se estrecharon los lazos de amistad entre nuestra raza y los arijunas de Carbocol - Intercor. Quizás, no tan inolvidable como el día aquel en que Alberto Girado recibió como saludo de bienvenida unos puyazos en su trasero que lo cosieron para siempre a estas tierras guajiras.


Publicado en la revista Rumbo Norte, número 17, de abril de 1996