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sábado, 23 de junio de 2012

Ser macho no es llevar un arma en la pretina


Por John Acosta

La primera imagen que tengo en mi memoria de un muerto a tiros sucedió en La Junta, al sur de La Guajira. Eran las ocho de la mañana y el pueblo había amanecido con una agitación inusual porque en la orilla del río alguien quemó el carro de un habitante conocido y le disparó a quemarropa al hijo más querido de una familia humilde. Yo era, entonces, un niño famélico y lombriciento que se levantaba, todos los días, directo a la cocina a sentarse en la piedra que estaba en un rincón, desde donde veía a mi abuela amasando el maíz para las arepas y bollos del desayuno.

Cuando entré esa mañana al cuartico de barro localizado en la mitad del patio, descubrí que algo grave pasaba porque mi abuela estaba temblorosa. Vi cómo se reflejaban, más que nunca antes, las arrugas de sus años en el rostro desencajado por la mala noticia acabada de recibir: se veían más profundas a través de la luz que brindaban las llamas recién encendidas del fogón de leñas. "Tanto que se jode uno trayendo al mundo a un hijo para que venga otro y se lo arrebate así no más", le escuché en su lenguaje habitual, creyéndose sola en la cocina de barro. "Pobre madre, carajo", dijo después, pensando, quizás, en la mamá del difunto. Seguía hablando sola, sin darse cuenta de que el nieto acababa de entrar a la cocina. "Claro, es que se creen más hombres sólo porque tienen un arma enganchada en la pretina".

Al rato, fui a la tienda a comprar no recuerdo qué cosa y al pasar frente al puesto de policía vi mucha gente amotinada alrededor. Mi curiosidad infantil me impulsó a averiguar qué pasaba. Las personas trataban de asomarse por la cerca de alambres de púa que encerraba el patio de la inspección. Me metí entre las piernas de los más altos y, entonces, pasó. Estaba tirado bajo el sol y sobre una hoja de cinc. Su cara pálida me asustó. Fue una imagen fugaz porque alguien gritó "¡Llévense al muchacho!" y me sacaron de allí a empujones. Nunca he podido olvidar las ocho de la mañana de aquel día distinto. El asesino tuvo que abandonar su hogar para huir hacia otras tierras.

Mucho tiempo des­pués, estuvo a punto de ocurrir una desgracia en el seno de mi propia familia. Un tío mío, hijo de mi vieja y querida abuela, y que siem­pre había soñado con comprarse un revólver, llegó borracho a la cantina donde estaba un campero. "Necesito que el dueño de este carro me haga una carrera hasta la casa", dijo.

Hacía dos meses que había cambiado una novilla por una pistola. Lo hizo aquí, en La Junta. Y se la llevó para Codazzi, el municipio donde vivía ahora, camuflado en una caja de cartón, en la que metió dos gallinas vivas. Le abrió unos huequitos alrededor para que las aves pudieran respirar sin dificultad. Así, pudo pasar todos los retenes militares sin dificultad alguna, pues los uniformados se comieron el cuento de las gallinas y no del arma escondida. Se había convertido el tío en el único, de los 12 hijos e hijas de mi abuela, en portar un arma en su cintura. Era el menor de todos y el más rebelde.

"Ese campero está ocupado con estos señores", res­pondió el chofer, señalando a tres personas que compartían aguardiente en una mesa cercana. El tío llevaba más de tres días bebiendo alcohol. Pidió que lo llevaran a él mientras los señores terminaban la botella. Los tipos se negaron porque ellos tenían el carro contratado. Entonces, mi tío sacó su arma y empezó a disparar a diestra y siniestra.

Quiso Dios que la borrachera del tío no le permitiera dar con la fatali­dad de un blanco concreto. Uno de los señores salió herido en una oreja y otro, en un brazo. Esa misma noche, la policía encarceló al agresor. El tío tuvo que vender la pistola y tres novillas más para "arreglar por las buenas" con los familiares de los afectados. Lo deseable hubiera sido que no volviera a usar un arma en su vida. Pero su terquedad no le permite aspirar a tanto.

El dolor de las balas

Es que cuando el norteamericano Samuel Colt patentó por primera vez un revólver de repetición en 1835, tal vez se imaginó las múltiples desgracias que se sucederían después, a causa de las armas de fuego. Sin embargo, pudo más la avaricia guerrerista y Colt se convirtió en uno de los hombres más ricos en Estado Unidos. No en vano, su arma contribuyó para que Estados Unidos ganara las múltiples batallas de Norteamérica contra México (1846-1848), que le permitieron anexar los territorios que más adelante se convertirían en los estados de California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Colorado, y Utah.

Los primeros revólveres salieron durante el siglo XVI, y tenían seis, siete y hasta ocho cañones; tantos como disparos podían hacer sin ser cargados de nuevo. Sólo hasta el siglo XIX se perfeccionó el revólver haciéndolo automático. Desde entonces, ha servido para cometer los más atroces crímenes. En Colombia, no sólo el revólver, sino todo tipo de armas de fuego han sembrado el terror, la desola­ción, la tris­teza y el miedo en todos los rincones de nuestra patria.

La única forma de alcanzar la anhelada paz es empezar por desarmar nuestros propios espíritus, para convencernos de que cargar con un arma empretinada solo sirve para causarnos problemas y dolor. Recordemos las palabras de mi abuela cuando decía que un arma no nos puede hacer sentir más varones que los demás. La hombría la llevamos en la sangre y en nuestro espíritu y la sentimos cuando obramos con responsabilidad, pensando en nuestra familia.

Dejemos de sentirnos en el Oeste norteamericano del siglo antepasado y vivamos en el siglo XXI con la madurez de nuestras conciencias limpias.