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martes, 12 de abril de 2011

Riña estéril de un macho invertido

Por John Acosta


Poco después de cumplir su primer cuarto de siglo de existencia, Antonio María decidió ser marica. Su lucha por tratar de convertirse en el macho que debería comenzó con su adolescencia, cuando las necesidades fisiológicas propias de ese período lo obligaron a esconderse detrás del escaparate de su madre o a encerrarse en el baño de su casa para hacer que su parte varonil expulsara toda esa fuerza vital que se acumulaba en sus testículos.




Cuando yo lo conocí, con esa mezcla extraña que lo rodeaba de sonrisa de niña inocente y pestañear de puta en cacería, supe que era marica. Bastaba con verle su manera coqueta de menear la cabeza para reafirmar o negar lo que decía, su caminar indeciso tratando de que no delatara su verdadera condición a través de un fingido paso de hombre verdadero y que lograba en los demás el efecto contrario: todos, al menos yo sí, notábamos esa duda de ser o no ser en cada metro que él avanzaba a pie.

Quizás lo que más me hizo fijar en su feminismo fue la forma delicada en que daba la mano para saludar, en donde uno sentía la suavidad de unas texturas siempre sudorosas. Tampoco se quedaba muy atrás, en todo ese conjunto de coincidencias, su gruesa voz: a leguas uno se daba cuenta de que él trataba de imitar la voz grave y decidida de un varón a toda prueba, pero ya al caer la tarde le salía ronca, ya que sus cuerdas bucales estaban cansadas por el esfuerzo sostenido que habían hecho durante el día.

Tan convencido estaba yo de todo lo que intuía de él que no tuve ningún recato en decírselo a la jefa de redacción del periódico, una mujer taciturna, pero sonriente. “Ese man es marica, donde quiera vaya y pise”, le dije. Ella me miró fijamente, imitando una sorpresa que no sentía. “¿Será?”, me preguntó, con ese dejo de misterio característico en quienes por momentos se dejan envolver por el halo de la chismografía. “Póngale la firma”, insistí. “No, hombre, qué va, no creo”, dijo, como buscando que le entregara mis razones para afirmar eso. No le seguí el juego y me salí de su oficina rumbo a mi cubículo de redacción.

Aquello podría considerarse un atrevimiento de mi parte, pues creo que era la primera vez que se ventilaba el asunto públicamente en el periódico. Y lo hacía precisamente yo, que no tenía ni 15 días de haber entrado como redactor allí. Antonio María, en cambio, ya iba a cumplir el año, por lo que hasta apresurada podría resultar mi conclusión. Creo que por esa misma época le comenté el asunto a Tomás Darío, redactor de Judiciales, de quien me había dado cuenta era el mejor amigo de Antonio María. Tomás Darío me hizo primero un gesto de duda y, enseguida, expresó su desacuerdo conmigo: “No, viejo, esas son puras suposiciones infundadas suyas”. Dejé la cuestión ahí.


Lejos estaba de imaginarme, entonces, que por esa misma época, Antonio María estaba viviendo la agonía de decidirse si se aceptaba a sí mismo como lo que en realidad era y que se le notaba a millas de distancia por más que él intentara ocultarlo o si continuaba con la pantomima insostenible de mostrar una virilidad que nunca tuvo y que apenas se le insinuaba a sí mismo con un inservible animalito arrugado que le colgaba en la mitad delantera de su cuerpo.


Antonio María había tenido el valor de confesarle a Tomás Darío la enorme ambigüedad en que se encontraba. Lo hizo bien porque Tomás, además de ser un buen amigo, era un tipo reservado. Los tres, Antonio, Tomás y yo, nos hicimos excelentes compañeros y algunos fines de semanas solíamos salir de parranda para desintoxicar el espíritu, después de cinco días de noticias continua. Sin embargo, ante mí nunca salió de labios de Tomás Darío una palabra que revelara la verdadera condición de nuestro amigo. Tampoco de Antonio María, quien, supongo, no vio, en mi mamadera de gallo, garantía de mi silencio.

Era increíble: tantas horas compartidas en la sala de redacción y en los San Andresitos, como llamábamos en el país a los centros comerciales donde vendían productos de contrabando y a donde íbamos los sábados a tomar cerveza extranjera a precios de feria, tanto tiempo juntos los tres, digo, y nunca me enteré de la descarnada guerra que libraba el pobre Antonio María con su propio yo. Diez años después, cuando él se atrevió a admitirme que era marica y contarme de toda su lucha estéril para no aceptarlo, mi primera reacción fue de reproche: “¡No seas pendejo, carajo! Si me hubieras contado desde un principio, yo no te dejo coger para el otro lado. Eso fue Isabel la que te condujo a eso”. Me refería a una reportera gráfica del periódico, de la que nadie dudaba en privado de su lesbianismo. Antonio me sonrió, sin ocultar ya su feminidad: “No te preocupes, hombre: ya yo no tenía remedio”, me dijo.


Tenía razón. Él era el menor de seis hijos de una familia de clase media, donde tres hermanas consecutivas lo separaban de sus dos hermanos mayores. Era el consentido de su mamá, quien nunca pensó tener ese hijo a los 50 años, y los cuidados y el cariño que le brindaba no era el de una madre responsable sino el de una abuela sobre protectora. No lo dejaba jugar juegos de niños varones con los amiguitos del barrio por temor a que se lo lastimaran y era feliz cuando lo veía en el patio de la casa jugando a las muñecas con sus hermanas. Lo tuvo durmiendo en la habitación matrimonial hasta que él cumplió los trece años y debieron mudarse de barrio hacia una casa más amplia. Ella ya no encontró más excusas para mantenerlo en la pieza con su marido y Antonio María debió mudarse para el cuarto de sus hermanos. Por eso, al cabo de muchos años, cuando Antonio María era ya un adulto que había decidido ser marica y la primera en reprochárselo y poner el grito en el cielo fue su madre, él no tuvo ninguna duda en decírselo: “Tú eres la que menos tienes que hablar, mamá, porque si analizas bien, tú fuiste la que me trabajó, sin proponértelo, para que yo fuera lo que ahora soy”.


Antonio nunca hizo de padre cuando se reunía toda la muchachada de su primer barrio y jugaban al papá y la mamá o a la vaca y el toro: se representaba a sí mismo haciendo de hijo consentido o de ternero recién nacido. En más de una ocasión, al no haber niñas en el grupo de amiguitos, Antonio María hizo el papel de mamá, y hasta de vaca, en sus juegos infantiles. Entonces hacían todo lo que veían que hacían los animales en las veredas vecinas: se apareaban, parían, amamantaban.


Una vez, Antonio, haciendo de vaca, y uno de los muchachos, haciendo de toro, se internaron a “pastar” en el monte de un lote solitario que quedaba cerca. Escondido entre los matorrales, el toro empezó a rozar la vaca por detrás y terminó bajándole los pantaloncitos y con su gusanito parado lo rozaba entre las nalguitas del pequeño Antonio. “Acomódate bien, así como te pusiste ayer debajo de la cama de tu mamá”, le decía el torito. Con tan mala suerte para ambos que quien sabe por qué mala jugada del destino, en esos momentos pasaba por ahí el hermano mayor del torito. “Conque esas tenemos, ¿no?”, les dijo a los muchachos en tono amenazador. El torito, todavía con su gusanito en asta, pegó un brinco apenas escuchó al intruso y cayó justo frente al palo de mango que luchaba por salir de entre los matorrales, donde un pájaro sangre de toro se había detenido para protegerse del sol. “Nojoda, miren: un turpial rojo”, fue lo único que se le ocurrió decir al torito en un intento fallido para desviar la atención sobre el asunto de fondo. El pequeño Antonio María, que entonces tendría apenas unos ocho años, se alzó el pantaloncito, señaló al torito con el índice de su mano derecha y le dijo al recién llegado en forma acusatoria: “Yo no quería que él me hiciera groserías”. “¡Vayan para la casa, carajo!”, recibieron los dos como respuesta. Tuvieron la suerte que quien llegó fuera hermano del torito y no del pequeño Antonio María porque en un mundo tan machista como en el que vivían, ninguna familia estaba dispuesta a permitir un marica en su seno, ni siquiera en medio de la inocencia de la niñez. De modo que aquel incidente no pasó de ahí, pero Antonio no fue capaz de volverle a ver la cara al hermano del torito.


En otra ocasión, y por esa misma época, tal vez por razones diferentes, se encontraban también en ese lote enmontado Antonio María, uno de sus amiguitos y Esthercita, la indiecita que los padres de Antonio María criaron desde que ella tenía cuatro años. Era obvio que la muchacha sentía una fascinación infantil por el niño que los acompañaba. Ella había accedido a que el pequeño le hiciera lo que hacen los adultos cuando están casados y quieren tener hijos. Es que él no sólo era apuesto, si no que, además, todos en el barrio le admiraban su inteligencia: todas las chicas de su edad querían ser amigas de quien los papás no hacían si no ponerlo como ejemplo. De manera que Esthercita tenía sobrados motivos para sentirse orgullosa de estar allí en esos momentos. Pero el niño, en un repentino acto de solidaridad con su amigo Antonio María, le impuso una condición a la pequeña: “Primero va Toño”, le dijo. Esthercita les pegó una mirada fulminante a los dos, se subió su calzoncito de puntitos rojos que se había bajado hasta las rodillas y se bajó su vestidito de florcitas de colores que ya tenía regazado. “Entonces, no”, respondió y se fue iracunda. Inmediatamente, Antonio María, en un acto sorpresivo, se bajó sus pantaloncitos y se puso en cuatro patas delante de su amiguito: “Tranquilo, compadre. Toma, hazme a mí”. El chico ni siquiera se dio por aludido: esquivó a Antonio y se fue para su casa.


Todo eso sucedía en la calle, mientras en la casa Antonio María era el rey: sus hermanas y su madre sólo vivían para atenderlo: bañarlo, vestirlo, peinarlo. Hasta que la adolescencia lo sorprendió mimado como a un niño de tres años. Fue por ese tiempo en que sus padres decidieron cambiar de casa y se fueron a vivir a otro barrio. Antonio María empezó a compartir la habitación con sus dos hermanos, que eran mucho mayores que él, hombres hechos y derechos. Fue difícil para el joven adaptarse a los ronquidos descomunales de ellos en las noches infinitas, en que necesitó toda la fuerza de voluntad posible para resistirse a la tentación de irse a meter en la cama de su madre. Verlos desvestirse para acostarse o para el baño, era tormentoso para él, acostumbrado a estar entre mujeres desnudas.


Lo que quizás lo rescató de ese mundo de angustias, fue el afiche aquel del modelo perfecto, acostado boca abajo sobre la grama de un campo hermoso. El hombre aparecía en la foto sin más ropa que un calzoncillo diminuto. Cuando se topó por casualidad con aquella imagen, inmarcesible para él, que ocupaba las dos páginas centrales de una revista de farándula, Antonio María sintió un hormigueo extraño que le recorría todo su cuerpo. Arrancó el afiche y lo guardó entre sus libros de colegio. Claro, que con el pasar de los días, se le fue convirtiendo en un martirio peor que el cambio de cuarto.

Esa nueva tragedia se le evidenció más en la tarde en que se descubrió a boca abajo, rozando el colchón con su miembro parado y con la mente clavada en el afiche que guardaba en su maletín. Su corazón latió como nunca por el susto. Se puso de pie por el temor de que entrara alguien y lo descubriera en esas andanzas. Se encerró en el baño y tuvo allí, sobre su mano derecha, la primera eyaculación de su vida, pensando, precisamente, en el modelo semidesnudo de la foto que lo marcó. Ya tenía edad para saber que no era natural que a un hombre le pasara eso, deseando a otro hombre.

Salió del baño dispuesto a romper el afiche, pero cuando lo tuvo de nuevo en sus manos, no encontró el valor para hacerlo. Lo arrugó, poseído por la impotencia, y lo arrojó en la canasta de la basura, donde había echado el papel higiénico con que se limpió la evidencia de su padecimiento. Regresó a la habitación y se tiró sobre su cama a llorar en silencio. No pudo acostumbrarse jamás a esa situación, a pesar de que el hombre del afiche lo perseguía cada vez que debía esconderse detrás del escaparate de su madre o encerrarse en el baño a cumplir con el ritual que le calmara sus ímpetus juveniles.


Hubo de suceder algo extraordinario que enterraría para siempre el recuerdo del modelo en calzoncillos acostado sobre la grama. Antonio María debería tener 13 ó 14 años porque ya iba en el segundo o tercer año de la secundaria. Él había notado que en último grado estudiaba un joven alto y corpulento al que todos respetaban porque su recio carácter combinaba perfectamente con su físico. Una media mañana, en la mitad del recreo, Antonio María se disponía a entrar al orinal como de costumbre, antes de reiniciar las clases. Notó que desde afuera, un grupo de muchachos de último grado, llenaba de agua unos vasos desechables y tiraban el líquido hacia dentro del orinal por las rendijas de ventilación que estaban entre la pared y el techo. Era, por supuesto, un acto inusual. No tardaría nada en averiguar a quien mojaban los traviesos alumnos: antes de subir el primero de los tres peldaños de la entrada, Antonio María se topó ahí, a cinco centímetros de sus ojos, con el más grande trozo de carne viva que había visto hasta entonces: resulta que el grandulón, al sentirse empapado por sus propios compañeros, no tuvo otra idea que sacudirse su animal hasta darle vida y salir a mostrárselo a todos los que habían tenido la osadía de echarle agua, como una forma de mostrarles que se atuvieran a las consecuencias de haber mojado a un hombre de respeto.


Antonio María quedó tan atolondrado con aquella muestra de virilidad en su cara, que se olvidó de su orinada. Pero aseguró por mucho tiempo una compañía que habría de martirizarlo en sus noches de desvelos. Durante los fines de semana deseaba con ansiedad que llegara el lunes, no tanto por el placer de asistir a las clases, si no para volver a ver el hombre que lo trasnochaba. Llegaba al colegio echando ojo para todos lados hasta que descubría su figura imponente entre el grupo de amigos que lo veneraban. Cuando Antonio María llegaba tarde, pasaba por el curso de su delirio y se asomaba en la ventana sólo para tener la dicha de verlo sentado en su pupitre. Entonces se le aceleraba el corazón, le hervía la sangre, se le cortaba la respiración y salía corriendo a reponerse en su salón. En clase, no hacía nada diferente a mirar el reloj con el desasosiego de que sonara el timbre de una buena vez para salir feliz a recreo y rebuscarlo entre el enjambre de muchachos bulliciosos para que, al encontrarlo, se le descompusiera el mundo: tanta zozobra los sábados y domingos, tanta intranquilidad en las noches de lunes a viernes, tanta agitación durante sus clases para, al final, salir con un chorro de babas: lo veía y se desboronaba por completo.

No era capaz de nada. Ni de abordarlo siquiera para brindarle el saludo. Sudaba frío cuando lo veía mamar gallo con los compañeros de curso. Antonio María terminaba viendo siempre hacia la mitad del cuerpo de su adorado: veía el bulto que se le hacía en el pantalón y recordaba enseguida el día que lo vio con el sable arriba. El día que me confesó que era marica, me dijo que todavía no se explicaba cómo no lo descubrieron entonces: “Es que ese muchacho me embobaba”.

Casi perdía el curso. Le tocó reponer, en vacaciones, dos materias que había perdido. Afortunadamente para sus estudios, aunque desafortunadamente para sus sentimientos, su tormento se graduó ese año y Antonio María no volvió a saber de él, lo que lo sumió en una aridez espiritual donde él creyó que nunca germinaría el amor. Antonio quiso aprovechar esta situación para tratar de enderezar el rumbo de su vida.

Empezó por recriminarse lo que para él era, en ese entonces, una desviación inaceptable. Miraba cómo sus dos hermanos mayores se vanagloriaban de sus conquistas femeninas y cómo suspiraban sus hermanas por los hombres que le movían el piso. Creía ser la única persona en el mundo que se enamoraba de otro de su mismo sexo. Estaba dispuesto a dar la pelea para que eso no fuera así: decidió ser lo que le había tocado por naturaleza: un varón.

Esa firmeza de decisión se le derrumbó de un tajo, cuando tuvo que escoger la profesión que estudiaría. “Es que todo se empeñaba en canalizarme para lo que ahora soy: me moría por estudiar Diseño de Modas”, me dijo cuando me confesó su homosexualidad. Cuanta hoja de papel en blanco se le presentaba, la cogía para hacer trazos de vestidos sobre ella. Soñaba con estar en Cartagena de Indias vistiendo, con sus diseños encopetados, a las aspirantes a obtener el título de la más hermosa del país en el Concurso Nacional de Belleza. El fuerte carácter de su madre lo volvió a encarrilarse por el camino de ser el macho que debía: “Ese no es oficio de hombres”, le dijo la mamá entonces. Antonio María tuvo que volver a prometerse que jamás sería marica.

Con esas elucubraciones sobre su vida llegó a estudiar a la universidad. Escogió una carrera que estudiaba la mayoría de las candidatas al Reinado Nacional de Belleza de Cartagena: Comunicación Social y Periodismo. Era la primera vez que le tocaba compartir un claustro educativo con mujeres. Y, cuando menos lo esperaba, surgió de nuevo esa complicidad que sólo sentía con el género femenino, y que él buscaba esquivar por todos los medios posibles con malos resultados siempre. De manera que esa vez tampoco pudo evitarlo: se hizo amigo inseparable de tres compañeras de curso. Andaba con ellas para arriba y para abajo. De un lado para el otro. Hacían los trabajos juntos, departían en cafetería, iban a la biblioteca. Mejor dicho: volvió a sentir la felicidad de su niñez, cuando sus hermanas y su madre vivían sólo para él.

Pero tuvo que suceder lo inevitable. Una tarde iba solo por el pasillo de la universidad y se vio de pronto en medio de una calle de honor que le hicieron algunos de sus propios compañeros de curso. Lo envolvieron con tan tremenda rechifla, que Antonio María quiso tener en ese momento un poder sobrenatural para desaparecer de allí. Pero como si semejante escarnio fuera poco, al final de los silbidos escuchó un coro que le desmigajó el alma: “¡Mariquiiiitaaa!”, gritaron.

Hasta el último segundo antes de morir postrado en la cama de un hospital, Antonio María se preguntó toda la vida de dónde había sacado fuerzas ese desafortunado día para seguir caminando como si nada. “¡Mierda, me descubrieron!”, fue lo único apropiado que encontró para decirse en medio del escozor de su alma. Llegó hasta el rincón más apartado de la universidad sin mirar para ningún lado, casi muerto de la vergüenza. Ahí lo encontraron sus tres amigas, sentado en un desvencijado pupitre. “Esta es mi despedida de la universidad”, les dijo llorando. “No estoy preparado para soportar semejante cruz de bochorno por el resto de la carrera”.

Ellas lo convencieron de que la mejor forma de evitar esos episodios dolorosos no era huyendo, sino haciéndose amigos de quienes se habían burlado de él. Así lo hizo. Empezó a impostar la voz para parecer más hombre que sus nuevos amigos. Cuando estaba con ellos, ponía en pereque a cuanta mujer se le atravesaba. Llegó a convencerse a sí mismo de que ya no era homosexual. “No sé por qué me costó tanto aceptar que yo era el más grande de los maricas”, me dijo la tarde que me confesó su condición. “A todos los que yo conozco del gremio les fue fácil desde un principio, incluso a los que fueron violados y les quedó gustando la cosa”, agregó ese día.

Lo cierto fue que en la universidad no volvió a sufrir por sus inclinaciones porque se olvidó de ellas. O, al menos, eso creyó él. Porque el asunto volvió a aflorar cuando menos lo esperaba. Se había graduado y empezó a trabajar en el periódico regional en la sección de Locales. Allí conoció a Isabel, la reportera gráfica, que no tenía ningún inconveniente en tratar de ocultar, inútilmente, su trasero diciente y sus senos redondos: nunca se pintaba los labios, ni se aplicaba rubor ni sombras, usaba botas texanas, cabello corto, vestía de jeans y camisas anchas remangadas hasta los codos. Ella fue la salvación de Antonio María. O la perdición, como diría la mamá de él.

Isabel le contó que ella era una lesbiana feliz, aunque debía ocultarlo en el periódico para que la directora, una religiosa consumada, no la echara de patitas a la calle. Lo convenció de que sólo las mentes avanzadas eran capaces de vivir con orgullo ese estado, así tuvieran que disimularlo en una sociedad tan subdesarrollada como la que nos rodeaba. Lo invitaba a fiestas clandestinas que hombres y mujeres de su categoría hacían en casas del sur de la ciudad. “¡Ay!, para mí fue impresionante ver a dos hombres besarse y acariciarse entre sí”, me confesó la tarde que decidió contarme que él era homosexual. “Imagínate que los hombres me sacaban a bailar y yo no fui capaz de aceptar”, dijo sonriente.

No sé qué papel jugó Tomás Darío, el de Judiciales, en aquella época. Supongo que de apoyo total al amigo, pues le dio a un hijo para que Antonio María se lo bautizara: cuando yo llegué a trabajar al periódico ya ellos eran compadres sacramentales. Apenas vi a Isabel supe que a ella no le gustaban los hombres. Empecé a mamarle gallo: la enamoraba, le echaba piropos, la abrazaba a la fuerza y ella me levantaba a rodillazos y a codazos, muerta de la risa. Nunca me contó nada, tal vez porque suponía que lo de ella era obvio. Con ella, me pasó lo mismo que con Antonio María: me di cuenta rápidamente de que a Isabel le fastidiaban las mujeres.

No sé exactamente cuánto tiempo pasó después de mi llegada, tal vez seis u ocho meses. Lo cierto fue que Antonio María resultó enganchado con una chica que trabajaba en Clasificados. “Nojoda, se salió el marica este con la suya”, fue lo primero que pensé cuando no las presentó. Todas las tardes salían, se llamaban por el teléfono interno a cada rato: no había motivos para dudar que no se querían de veras. A mí se me disipó la duda sobre la virilidad de Antonio María.

La tarde en que él me refirió su otra o, mejor, verdadera vida, lo único que se me ocurrió preguntarle fue por su relación con esa chica. “Ha sido de las situaciones más tormentosas que he tenido en mi existencia”, me dijo. Y me contó de los múltiples artificios que él debía acudir a diario para impedir quedar a solas con ella: sabía que en esas condiciones él tenía la obligación de recurrir a sus artimañas de macho para lograr someter a su hembra, mediante las caricias atrevidas y el galanteo propios de un hombre de verdad, que era lo normal en una relación de ese estilo; es decir, el varón proponiendo insistentemente y la mujer frenando en seco. Pero a Antonio María no le nacía por ningún lado, por más que se esforzaba en hacerlo, seguir aquella regla de oro del noviazgo. “Y, entonces, la vaina terminaba al revés: ella era la que insinuaba ir más allá y yo tenía que hacerme el loco”, me dijo ese día.

Hasta que no supo cómo ni por qué terminaron metidos en la habitación de un motel. Antonio María se entregó en cuerpo y alma para hacer bien su trabajo: le besó el cuello sublime, los pechos redentores, los muslos torneados, las nalgas enloquecedoras. Todo era innovador para él y se esmeraba para que su reputación quedara intacta en el periódico. No obstante, para él fue un polvo sin ganas. “Nunca supe cómo logré la eyaculación, pero me sentí feliz de no haber quedado mal en esa ocasión”, me contó. Lo peor fue cuando ella hizo evidente que se dio cuenta del desgano de su novio para aquellas lides pasionales. “Me descubrió, me dije esa noche”. Se alegró montones cuando escuchó la conclusión de su chica. “Gracias por brindarme tu virginidad”, le dijo ella. Le confesó que se sentía muy mal porque era indigna de la pureza que él acababa de ofrecerle. “Has debido darte cuenta de que tú no eres el primero”. La verdad, él ni siquiera lo había notado, pero le agradeció a Dios que ella tomara el asunto por donde no era.

La relación duró poco tiempo, como era de esperarse, aunque fue suficiente para que nadie, en el periódico, dudara de la hombría de Antonio María. Por esa época, llegó una estudiante en práctica a la sección Política, que era donde yo trabajaba. Nunca pude valorar si ella era más inteligente que bella porque le sobraban los dos atributos. Hice todo lo posible para conquistarla, pero a ella le gustó, desde un principio, Antonio María. Supongo que fue otro enorme compromiso que le cayó encima al pobre hombre, que acababa de salir de un suplicio. Él no podía negarse a las demostraciones de cariño de la joven estudiante, a no ser que quisiera echar por la borda todo el esfuerzo hecho con la chica de Clasificados para colocar en alto su dignidad masculina.

Empezó a salir con ella. Afortunadamente para él, el período de prácticas terminó a los seis meses. Y en el periódico no volvimos a saber más de ella hasta la tarde en que Antonio María me confesó su homosexualidad. Al preguntarle por esa relación, me sorprendió diciéndome que fue la que más lo ayudó a aceptarse como marica. Me contó que una vez estaba sentado en el sofá, en una de las visitas rutinarias que solía hacerle a la casa de ella, cuando de repente apareció el hermano de la joven en la mitad de la sala. “Ojalá tú lo vieras: ese hombre era bellísimo”, me dijo esa tarde. Y sintió otra vez el mismo cosquilleo en el vientre que le removió las entrañas cuando, en su pubertad, vio el modelo del póster acostado en la grama en calzoncillos, que fue el mismo desasosiego que, ya muy entrada su adolescencia, le revolvió las tripas la media mañana aquella en que el animal del estudiante que le sacudía sus profundidades por esa época, se blandía a poca distancia de sus ojos. Entonces la miró a ella y a él. “Y me dije: definitivamente me gusta mucho más el hermano”. No volvió más a esa casa.

Renuncié al periódico para irme a explorar el mundo al interior del país. Duré unos años por fuera, pero la nostalgia por mi tierra caribe me estaba despedazando el alma y entonces regresé a recoger las piezas desperdigadas de mi aliento, hecho trizas por la lejanía, las junté apenas pisé el terruño anhelado y las pegué con el cariño de mi gente.

Volví al diario a ocupar la sección de siempre. Ahí estaban todos los amigos. Enseguida descubrí que Antonio María había renunciado para sí mismo a la pretensión de parecer hombre sin sentirlo, aunque todavía se empeñaba en ocultar su verdadera esencia a los demás. Ya no pretendía mujeres, tampoco salía a mamar gallo con nosotros, pero aún forzaba su voz para parecer varón. Noté que un joven llegaba en una motocicleta a esperarlo a la vuelta de la esquina. Siempre me pareció sospechosa esa actitud de sigilo. Era evidente el desespero de Antonio María para salir a la hora del almuerzo y del cierre, ya en la tarde: parecía como preocupado por no recibir un regaño si se demoraba en partir.

Hasta que ambos, Antonio María y yo, decidimos inscribirnos en una capacitación que nos patrocinó el periódico. Si había quedado en mí algún resquicio de duda sobre la homosexualidad del amigo, esa quedó completamente despejada el primer día de clases, cuando el facilitador del primer módulo nos pidió que todos nos presentáramos, uno por uno, ante el resto de compañeros. Al corresponderle el turno, Antonio María lanzó una expresión que, estoy seguro, para los demás pasó inadvertida, pero para mí fue definitiva para convencerme de que él era marica. “La satisfacción más grande de mi existencia fue haber conseguido la pareja con que hoy comparto mi vida”, dijo entonces. Haber usado la palabra “pareja” en vez de “mujer” para ocultar que se refería a un “hombre”, bastó para confirmar lo que sospeché desde el primer momento en que conocí a Antonio María. Y me remitió enseguida al joven de la motocicleta, que lo esperaba a la vuelta del periódico.

Las clases transcurrían normales hasta que una tarde, después de una apretada jornada académica, lo invité a visitar la cafetería del hotel que, por esos días, había montado un amigo mío. Quedaba justo al lado de una afamada discoteca gay de la ciudad. “Nojoda, María, ¿te imaginas? : ¡Ahora sí voy a saber quién es marica en esta urbe! Porque me voy a sentar en la puerta del hotel, nada más para ver quién entra y quién sale de ese lugar”, le dije como mamando gallo. Muchos años después, me dijo que al escucharme esa frase, fue cuando decidió confesarme lo suyo: “Antes de que me pillaras entrando a esa discoteca, preferí contártelo yo mismo”. No fue sino entrar al hotel cuando se desgajó del cielo un fuerte aguacero. Eso presagiaba que la conversación iba ser larga, pues esta ciudad caribeña se paralizaba con la lluvia. Primero nos sentamos en la barra, pedí dos cervezas, le presenté al dueño y la tertulia tripartita giró en torno a cuestiones triviales. Al poco tiempo, el propietario del hotel se disculpó porque tenía que atender otros asuntos propios de su actividad. Entonces, Antonio María y yo decidimos sentarnos en una mesa. “Sé que vamos a tener que realizar muchos trabajos en grupo, de modo que es mejor que sepas algo sobre mí”, me dijo. Noté cierta angustia en él para tratar de buscar la forma menos traumática de contarme su cuestión, de manera que decidí hacérselo fácil. “Ya sé, María: eres marica y el muchacho de la moto es tu pareja”, le dije de sopetón. Le golpee el hombro y agregué: “no se preocupe, compadre: cuente con mi absoluta reserva. Además, por eso es que no te llamo por tu nombre sino por tu apellido, que es un nombre de mujer”.

Entonces me contó de su viaje a la capital del país, por recomendaciones de Isabel, la reportera gráfica del periódico, para visitar, sin escondijos, las discotecas gay de esa ciudad. Fue por la época en que yo me había retirado del diario. “Nunca antes había disfrutado de una aventura tan fascinante como esa: ya no tuve dudas de que yo era el más grande marica de la historia”, me dijo. La primera noche fue de choque. Estaba sentado en una mesa, junto con unas amigas que le había recomendado Isabel, hasta que se le acercó un apuesto hombre, de bigote y barba cerrada. “¿Bailamos?”, le dijo con una sonrisa cargada de picardía. Antonio María rebuscó inútilmente, hasta en los rincones más apartados de su humanidad, cualquier resquicio de hombría que le ayudara a disimular su turbación. “No, gracias”, alcanzó a responder y todo el resto de su vida se arrepintió de haber pronunciado aquellas dos palabras en el momento menos apropiado. “Te cuento que, hasta hoy, todavía no he tenido la oportunidad de bailar con un hombre tan bello como ese”, me confesó esa tarde. Pero la jornada siguiente se la desquitó: “al principio, me sentía extraño danzando pegado al cuerpo de otro hombre; enseguida descubrí que no había dicha superior a esa y no me senté más en toda la noche”.

Regresó al periódico convencido de dos cosas: que sería marica para el resto de su vida y que tenía que ocultarlo para no ser rechazado por la sociedad. Isabel, feliz de que Antonio María decidiera ser homosexual, empezó a presentarlo ante el “gremio”, como llaman ellos a los de su comunidad. No demoró nada en lloverle pretendientes, atraídos por la virginidad de Antonio María en aquellos menesteres, pero él se mantenía firme en su voluntad: no sería un marica fácil. Soñaba con tener un hombre joven y de piel blanca, como se lo dijo a Isabel. Un sábado, ella organizó una cena en su casa para presentarle la pareja de un amigo común. “Apenas lo vi, me gustó”, me contó. “Mi amigo duraba unos seis meses con cada relación. De manera que era cuestión de esperar medio año para tener la posibilidad de aspirar a su pareja engañada”. No tuvo que esperar tanto.

Isabel subió al segundo piso de su casa, junto con el amigo de ambos, y Antonio María se quedó abajo con el joven que le había movido las entrañas. “Lo que más me gustó de él, fue que ese día me enseñó el lado amable de ser marica”. Así es: le sirvió la cena con una dedicación envidiable en cualquier esposa abnegada. Pero la estocada final vendría después, cuando le ofreció el jugo en un recipiente de cristal. “Voy a tomar en el mismo vaso para ver cuál de los dos lo deja untado de pintalabios”, le dijo. Era obvio que ninguno de los dos usaba labial, pero ese apunte terminó por rendir a Antonio María.

Esa noche, terminaron todos en una discoteca gay que queda en el centro de la ciudad. El único que no llevaba acompañante exclusivo era Antonio María, que debió bailar varias canciones con un joven que se acercaba a la mesa y lo invitaba. Isabel, como era frecuente en las últimas semanas, salió de discusión con su pareja: se fue para su casa y la dejó sola hecha un mar de lágrimas. Al regresar de contonear su cuerpo al ritmo de la música, Antonio María encontró que su tormento estaba solitario, pues el amigo estaba consolando a la chica de Isabel. Se sentó feliz a su lado y hablaron largo y tendido, hasta que Antonio quiso probar suerte con la invariable estrategia. “Anda, muchacho, dejemos de hablar porque tu hombre se va a poner celoso”, le dijo con la sonoridad propia de un individuo de su estilo. No cabía de la dicha cuando escuchó la respuesta esperada de su ya amado Francisco: “Qué importa, si se pone bravo tiene el doble problema de calmarse solo”. Después, no pasó nada interesante esa noche. Ya de madrugada, llevaron al amante de Francisco donde un familiar, que vivía a tres cuadras de la discoteca, dizque porque se iba a quedar durmiendo ahí.

Al día siguiente, Isabel llamó a Antonio María para que le hiciera el favor de ir a recoger a la casa de ella los motetes de su pareja: “Llévaselos a su casa: esto se acabó, Toño”. Para sorpresa de Antonio María, allá donde Isabel estaba el amante de Francisco, que había ido a buscarle una encomienda a su enamorado. “Las cosas cuando se van a dar, todo se facilita para que se den. Lo cierto fue que yo no desperdicié esa oportunidad”, me contó Antonio. Le ofreció al hombre llevarlo hasta su destino, con la única intención de volver a ver al joven que le removió hasta las profundidades más recónditas de su ser. “Lo encontramos en bermudas y sin camisa: te podrás imaginar mi emoción”. Lo invitaron a que los acompañara a llevarle la maleta a la amiga de Isabel. “Cuando llegamos allá, el muy bobo de su amante prefirió quedarse escuchando música en el carro. Así es que yo me bajé dichoso con Pacho”. Tuvieron que quedarse casi dos horas tratando de consolar a la desengañada mujer. Era obvio que al regresar al vehículo, encontraran, por lo menos, inquieta a la persona que se había convertido en el único y gran obstáculo para el cumplimiento de los planes de un ser acabado de entrar al mundo del homosexualismo. Antonio María, no obstante la contrariedad evidente en su opositor, le propuso algo que lo terminó de sacar de sus casillas: “Primero te llevo a ti y después a Pacho”, le dijo, con la mal disimulada intención de quedar a solas con Francisco. “No, al revés”, respondió el iracundo hombre.

No pasaron cinco días, cuando alguien del gremio le contó a Antonio María que Francisco era engañado por su amante: la noche de la discoteca no se quedó donde un familiar, como lo hizo creer entonces, sino donde una conquista reciente. Antonio María no negó que sintió cierto fresquito al enterarse de la situación, pero no quiso emplear esa arma baja para conseguir su objetivo. Total, ya hacían 48 horas que se había dado su primer beso con Francisco, lo que indicaba que su hombre también le jugaba sucio a su pareja. No obstante, le dolió mucho cuando el sábado siguiente, exactamente una semana después de haberlo conocido, su hombre le dijo que no podían verse ese día porque él iba a salir con su pretendiente. “Pasé las horas sabatinas más amargas de mi vida”, me dijo. Hasta que a las cuatro de la tarde sonó el teléfono. Era Francisco. “Ajá, ¿y tú no y que estabas con tu adorado?”. “Sí, pero ya regresé. ¿Qué, nos vemos?”. “¿Ahora?”. “Sí, ¿qué tiene? Aún no empieza la noche”. “Está bien, paso por ti en 20 minutos”.

Ya hace diez años que hacen vida en común, con dos camas individuales en la habitación para no despertar la malicia en los visitantes curiosos. Aún así, hay gente que no se traga el cuento, como las amigas de la capacitación con las que solíamos hacer los trabajos académicos juntos. Siempre que llegábamos al apartamento de Antonio María, me preguntaban con cierta perversidad por la novia de él. “María, ponte pilas porque estas mujeres sospechan la vaina”, me tocó comentarle la situación. En vista de que no había tareas para hacer por esas semanas, Antonio María organizó una cena en su vivienda, precisamente con las tres compañeras del curso. Cuando llegué con ellas, Antonio María y Francisco estaban acompañados de dos atractivas damas, que presentaron como la novia de cada uno. Toda la noche pasaron besándose con sus supuestas amantes y ya a la salida, Antonio María me apartó a un lado. “No te hilvanes más los sesos, hombre. Esa es una pareja de lesbianas que nos están haciendo el favor. Cuando nos toca, nosotros también se lo hacemos a ellas”, me dijo. “Ajá, ¿y esos besos tan reales?”, le pregunté. “Eso es la importancia de ser de doble tracción”, me dijo y soltó la carcajada.

En los últimos meses, notaba bastante delgado a Antonio María. En dos o tres oportunidades estuvo grave en el hospital. Nunca me dijo qué tenía y yo le respeté la decisión suya de no contarme nada. Por eso, jamás le mencioné el tema. Siempre me hablaba de su enfermedad, sin mencionar cuál era. A veces tenía unas recaídas que lo ponían cadavérico, pero volvía a recuperarse. Hasta que no aguantó la última internada en la clínica: murió a los tres días.

Habíamos hecho una gran amistad desde la tarde en que me contó que era marica. Incluso, mi mujer los quería mucho a él y a Francisco, aunque Antonio me insistió en que tampoco le contara a ella sobre su homosexualidad. Estoy seguro de que ella, como yo antes de enterarme por confesión del mismo protagonista, tenía la certeza de que ellos eran pareja, pero nunca me preguntó nada. Se conformaba con licuar feliz los jugos de las frutas que ellos le mandaban conmigo. Gozaba mucho al escucharme las historias que delataban el carácter mezquino de Antonio María, como cuando, teniendo automóvil, compró motocicleta para ahorrar en el gasto de la gasolina. No niego que, a veces, con Antonio y Francisco, entrábamos en largas discusiones, como cuando ellos decidieron asistir a un templo evangélico en protesta porque la iglesia católica en nuestro país se oponía al matrimonio entre personas del mismo sexo. “No sean tan pendejos ustedes, ¿acaso no saben que al tarado de Bush hijo lo reeligieron los evangélicos gringos, precisamente porque se oponía a lo mismo?”, les dije entonces. En todo caso, ellos me contaban, muertos de la risa, las peripecias que debían vivir dentro del templo para que los demás hermanos no se enteraran que los dos hacían vida en común. Cuando debían realizar actividades en las que el pastor dividía el grupo de mujeres aparte del grupo de hombres, Antonio y Francisco se miraban entre sí. “Mierda, ¿y para cuál de los dos grupos cogemos nosotros?”, se decían con picardía.

Yo seguía llamando a Antonio por su apellido, porque, curiosamente, es un nombre de mujer. Y más cuando esa tarde, en la cafetería del hotel, le pregunté que cuál de los dos, entre él y Francisco, era el pasivo y él me respondió, ya liberado de su caparazón, con una voz más femenina que nunca: “¡Ay, yo, bobo!, ¿es que acaso no se me nota? ¿Tú crees que yo doy para cambiarle aunque sea una llanta al carro?”. Por eso supuse que Antonio María debía querer estar siempre en el grupo femenino de trabajo de su iglesia evangélica.