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martes, 1 de febrero de 2011

En Colombia, sería mejor nacer adultos

Por John Acosta

Jaime Orlando Popayán salió a comprar carne. La brisa helada que bajaba de vez en cuando de lo alto del cerro donde está incrustado el barrio, mermaba el encanto de aquella tarde soleada. No era la primera vez que hacía un mandado.

Las circunstancias trágicas de la vida se encargarían de que fuera la última.

Elizabeth de Popayán, su madre, lo vio salir con la alegría de costumbre. Le acababan de entregar el billete con el que debía comprar la carne. "Cuidado con los carros", le dijo. Se lo decía siempre. "Bueno", era lo único que podía responderle un niño de nueve años a su mamá protectora. Eran las dos de la tarde.


La carnicería queda dos esquinas más allá de su casa. Por eso era extraño que Orlando no regresara. Quizás estaba jugando con las maquinitas electrónicas o echando un partido de fútbol con sus amigos de la cuadra. Había que regañarlo cuando regresara.

Nunca regresó. Pasó una hora larga de espera inútil. Entonces, Diego Arnulfo Popayán, el padre del niño, resolvió ir a buscarlo. Fue a la carnicería, al puesto donde estaban las maquinitas, al parque donde Jaime Orlando acostumbraba jugar fútbol. Nada. No lo encontró.

Apareció muerto. Con su cuerpo torturado, violado y sin los dedos gordos de los pies. Estaba en una cueva del cerro, al lado de la Urbanización Santa Rosa, al suroriente de Bogotá.

No es tráfico de órganos

Orlando Popayán no ha sido la única víctima. Con él, son cuatro los niños encontrados muertos en circunstancias similares: incisiones en los glúteos, las piernas, el pecho, sin genitales. Son hijos de familias humildes, residentes en los barrios del sur.

Los moradores de esos barrios creen que se trata de tráficos de órganos. Sin embargo, el encargado de la investigación de los hechos en el departamento de homicidios de la Sijín, teniente Ramírez, descarta esta posibilidad. "Sabemos que no se trata de eso porque si fuera así, le hubieran amputado un riñón o los ojos", dijo.

Según Ramírez, el asesino "es un sádico, un enfermo sexual que relaciona los genitales con los dedos de los niños".

El teniente no cree que sea un rito satánico. Es un caso similar al de la película El silencio de los inocentes, pero a lo Colombiano. "El tipo siempre sigue un orden: primero roba a los niños, luego los lleva al mismo sitio. Después de matarlos busca un área con bosque y agua para dejar los cuerpos limpios, sin ropa y sin sangre", agregó el teniente Ramírez.
Esas cuatro familias no han sido las únicas en padecer la muerte de un menor nacido en su hogar. Ni las primeras. Anualmente, mueren en el país 1.723 niños por causas violentas. Esto muestra que el drama vivido por los Popayán, lo sufren un promedio de cinco hogares cada día.

Infancia maltratada

El caso de los cuatro niños asesinados ha puesto en evidencia la precaria protección de la niñez en Colombia. Con más frecuencia y de diversas formas, los menores son víctimas del maltrato de sus padres.

En el Centro de Emergencia Villa Javier, se reciben alrededor de 12 casos diarios de abuso sexual y deserción por violencia familiar.

Según Medicina Legal, el año pasado se registraron en Bogotá 2.430 casos de lesiones personales en menores de 14 años. De esos el 14.4% fueron ocasionados en la misma familia. Las lesiones personales en menores de 14 años aumentaron el año pasado.

Cuando el menor queda sin la patria potestad de sus padres es declarado en situación de peligro y abandono. Esta decisión la toma el Defensor de Familia y el Instituto Colombia¬no de Bienestar Familiar. El niño queda, entonces, bajo la protección del Instituto de Bienestar, que después de realizar los trámites correspondientes, ofrece a los particulares la garantía de poder iniciar el proceso de adopción ante un juez de familia.

Un nuevo hogar

Es frecuente ver en la televisión los avisos institucionales del ICBF, donde los niños de sonrisa tímida buscan "su" hogar. En el proceso de adopción se establece por ley la "adopción plena", donde el menor pierde toda clase de vínculos con su primera familia y adquiere la igualdad de derechos que tiene un hijo legítimo.

Según Flor Ángela Rojas, directora del centro de adopción Fana (Fundación para la Niñez Abandonada), "en los últimos años se han presentado más solicitudes (de adopción), por parte de colombianos que de extranjeros, porque en el país el problema de esterilidad ha aumentado".

No obstante, el abogado secretario de la Comisaría Segunda, Misael Martínez, dijo que “cuando el menor está bajo protección de Bienestar Familiar, la mayoría de adoptantes son extranjeros porque ofrecen mejores posibilidades de estabilidad económica y educación al menor”.

Otra institución que brinda apoyo a las mujeres es la Casa de la Madre y el Niño, es la más antigua de Colombia: tiene 50 años de servicio. Presta ayuda a madres jóvenes que no pueden educar a su hijo, pero no desean abortarlo. Una vez que dé a luz, ella tiene 30 días para arrepentirse de entregar a su pequeño en adopción. Pasado ese tiempo, y si la madre persiste en su deseo de entregar al pequeño, se inicia el proceso a través del marco legal establecido por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar.

En Colombia, la alegría y la esperanza no son las características de los niños. Al convertir¬se la inocencia en una víctima silenciosa que sólo puede mostrar las heridas de la explota¬ción o del maltrato físico y moral a cambio de la sonrisa feliz ante un juguete nuevo, proyecta un futuro cada vez más incierto para un país donde a los adultos les quedó grande la protección del menor.

Crónica publicada en 1993 por El País, de Cali, el 23 de abril; El Colombiano, de Medellín, el 22 de abril; La Patria, de Manizales, el 22 de abril; Vanguardia Liberal, de Bucaramanga, el 22 de abril. Su investigación estuvo a cargo de Nadia Morales, Ángela Velázquez, Carlos Gustavo Pardo y John Acosta. Redacción: John Acosta.