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domingo, 17 de junio de 2012

Día del Padre: un digno ejemplo de él


Por John Acosta

Acababa de recibir otro regaño de su mamá, Miriam Aragón Villa. La razón, la misma de siempre: el trago y las mujeres. De modo que con semejante guayabo encima, Francisco Antonio Sánchez no presintió que el hecho de contestar el teléfono por casualidad le significaría la redención de su vida parrandera. Ese fin de semana había llegado a Barrancabermeja, municipio petrolero del departamento de Santander, dispuesto a embalsamarse de amor familiar en la casa materna.

Del otro lado de la línea estaba su padre, Francisco Antonio Sánchez Díaz, quien llamaba desde la lejana Guajira para averiguar por sus hijos. El joven Francisco Antonio no desaprovechó aquella oportunidad y le pidió a su progenitor que le ayudara a salir de ese mundo loco en el cual se había sumergido, después de recorrer muchas empresas y de llevar, ahora, ACPM en un carrotanque.

En esta mina trabajan padre e hijo
Su padre, Francisco Antonio, le dijo que se viniera para Maicao, un municipio colombiano que queda en la frontera con Venezuela, en la árida Guajira. Ahí residía el viejo padre, desde 1981, cuando empezó a trabajar en la construcción de la carretera Puerto Bolívar-la Mina, del complejo carbonífero. Antes de aterrizar en La Guajira, al viejo Francisco Antonio le había tocado soportar la amargura de múltiples trabajos pasajeros; el último fue en Cerromatoso, la mina de níquel que queda en el lejano, aunque también caribeño, departamento de Córdoba. Hasta cuando llegó a la península y se "enganchó" con la contratista Arinco, encargada de construir una parte de los 150 kilómetros de la carretera, "mientras llegaba Morrison", recuerda. Morrison Knudsen International Company Inc fue la contratista principal en la construcción de la mina, la carretera, el ferrocarril y el puerto del complejo carbonífero de Cerrejón.
En 1982, el viejo Francisco Antonio comenzó a operar grúas con el Contratista Principal del entonces "proyecto" El Cerrejón - Zona Norte. "Todas las maquinarias que llegaban las recibíamos nosotros", cuenta Francisco Antonio con la tranquilidad que le otorga la experiencia de los años vividos. En 1986, entró a trabajar como empleado directo de Intercor, que fue la empresa operadora de la mina.
Fue ese mismo año, cuando su hijo, el joven Francisco Antonio, le contestó la llamada del domingo aquel, en Barrancabermeja. Lo convenció de trasladarse a Maicao. En este municipio fronterizo, el joven Francisco Antonio comenzó a ganarse el sustento cargando mercancía de contrabando en los buses intermunicipales, mientras su padre bregaba por conseguirle un empleo mejor remunerado en el naciente Complejo Carbonífero.

El 5 de enero de 1987, el joven Francisco Antonio Sánchez Aragón ingresó por primera vez a la mina de El Cerrejón -Zona Norte. Su padre había conseguido emplearlo en Omega, una empresa contratista. "Estaban armando la pala 10. Ya iban por la mitad", recuerda el hijo. En las horas del almuerzo, Francisco Antonio Sánchez Díaz aprovechaba el descanso para enseñarle a su hijo cómo se operaba una grúa. Y ahí, bajo el calor del sol guajiro, los dos recordaban los tiempos aquellos en los que, en Barrancabermeja, el viejo le enseñó a su hijo a manejar el bus urbano que les dio la comida por mucho tiempo.

En Omega le esperaban días de regocijo al joven Francisco. Al mes de estar ahí, llegaron las piezas de la pala eléctrica número 11. Y los 12 obreros colombianos batieron el récord mundial por armar una pala de esa magnitud en sólo 26 días. "Eso me ayudó a entrar a Intercor", contó el hijo después. Así fue. El 30 de junio de 1987 firmó el contrato como empleado permanente. "Bueno, mijo, de aquí en adelante queda de parte suya", le dijo el padre cuando supo la noticia.

Y el hijo ha respondido bien. Su supervisor lo califica como un joven dispuesto, motivado y trabajador: digno ejemplo de su padre. Hoy, todo el que llega a la terminal de buses ve siempre a aquel señor canoso que sale de turno y espera a que se baje el último pasajero del bus de Hatonuevo para ponerse a charlar con él; es Francisco Antonio viejo esperando a su hijo Francisco Antonio joven. A veces, es al revés: el hijo sale de turno y el padre llega en el bus de Maicao. Sea como sea, siempre se ven reír juntos, mientras el uno espera su bus para irse a descansar a casa y el otro espera la hora de arrancar hacia su sitio de trabajo.

El amor de padre hizo que Francisco Antonio olvidara la pasada vida de hombre parrandero que llevaba su hijo. Al fin y al cabo era un reflejo de lo que él mismo había sido cuando joven. "Mi mamá me mandó a estudiar el bachillerato a Medellín, pero me quedé en Puerto Berrío, atribulado por los encantos de una mujer", dice el viejo, iluminado por las ráfagas de sus recuerdos, mientras deja esbozar una sonrisa de picardía. Esa vez se gastó el poco dinero que llevaba y se quedó sin sus estudios secundarios.

Hoy, Francisco Antonio Sánchez Díaz y su hijo, Francisco Antonio Sánchez Aragón, festejaron el Día del Padre, compartiendo su felicidad de tener un buen trabajo en la misma empresa.

 Publicado en la revista Cerrejón 60 Días, número 12, junio de 1995