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sábado, 17 de marzo de 2012

El Cantor de Fonseca es un carpintero feliz


Por John Acosta

Nací en Fonseca, en el departamento de La Guajira, el 22 de febrero de 1944. Aquí mismo hice la primaria y llegué hasta tercero de bachillerato. Por ese entonces, andaba con mi mamá p'arriba y p'abajo. Hasta que en 1966 me fui pa' Venezuela, por plena vía, con permiso fronterizo y todo. Allá me quedé hasta el 69. Trabajé duro y parejo en una finca.

Recuerdo que manejaba un tractor. Pero me vine otra vez pa' Fonseca. Llegué a atender un negocio de billares que mi papá había alquilado. Ahí tuve un fracaso, problemas de peleas que no vale la pena mencionar ahora. Entonces, me tocó irme pa' Caracolicito.

Me fui comprometido con Mariela Figueroa, la mujer que hoy en día es mi esposa. Allá la cosa se puso tesa. Vi que no era mi medio. Y regresé a Caracas. Después, con el tiempo, cuando ya estuve más o menos ubicado, se fue Mariela. Se llevó a las dos niñas que nos habían nacido: Maríena y María Nella.

De Caracas pasé a Maracaibo. Allá estuve un tiempo. Hasta que la cosa se puso apretada. Mi papá, cada vez que tenía ocasión, me escribía y me decía que me viniera, que por acá, de cualquier forma, nos las arreglábamos para sobrevivir. Y nos vinimos, mujer, hijas y todo. Eso fue en el 85. Mi papá tenía un negocio de carpintería.

Empecé a trabajar con él y poquito a poco aprendí el oficio. Hasta que me di cuenta que se me estaba pasando el tiempo, que yo no tenía nada. Ya las muchachitas estaban grandecitas. Tenía que hacer algo propio porque ellas pronto entrarían al bachillerato.

Puse mi propio negocio. A punta de lucha, sacrificio y con muchas peripecias, pero lo hice. Empecé con la sierrita que todavía conservo y con una herramientica de mano. Era casi nada, aunque pa'mí lo era todo. Al fin y al cabo era mi propia carpintería.

Un día cualquiera vi por la calle un movimiento de gente. Eso era un gran alboroto. Salí hasta la puerta y pregunté qué pasaba. Alguien me respondió: "No, nada, que por ahí van a dar una plata". Entonces hablé con el promotor de Acción Comunal en el Municipio y él me explicó que "eso era que había llegado la fundación que presta a la gente como uno, que no tiene nada para ofrecerle de respaldo a los bancos”.

Asistí a la primera reunión que se realizó aquí en Fonseca. Ese día nos orientaron y nos dijeron de qué se trataba el asunto. Después fui a la sede. Allá realicé el curso. Y nos hicieron el primer préstamo: yo no quise sino 100 mil pesos porque me daba miedo meterme en un compromiso más grande.

Con esa plata compré una madera que estaba necesitando para poder cumplir unos encargos. También pude comprar una pintura para unas cositas que tenía atrasadas por ahí. Ya pagué ese préstamo. Y he seguido haciendo y pagando. Llevo cinco créditos.
 
El último fue de casi 400 mil pesos. En total, me han prestado millón y medio. Eso es bastante, sobre todo para mí, porque ¿de dónde hubiera sacado toda esa plata? Mi mujer también se metió a la fundación. Ella comercia. Es que a uno no le alcanza la cosa. Y los dos haciendo por la vida es una gran ayuda.

Yo estoy muy contento, feliz se puede decir. Ya he hecho meter a mucha gente al programa porque a todo el mundo le hablo de eso. En la fiesta de integración que hubo en diciembre, me condecoraron. Es que le he quedado bien a la Fundación, y ella también me ha quedado bien a mí.
  
 Publicado en el periódico Fundicar, número 5, octubre de 1995