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viernes, 10 de febrero de 2012

La conocida del estudiante sí fue la esposa del profesional


Por John Acosta


Se conocieron en la universidad. Entre el murmullo de estudiantes que deambulaban por los pasillos afanados por llegar a tiempo al inicio de la clase del día o, simplemente, comentando las últimas incidencias del curso, mientras llegaba la hora de asistir a la próxima lección. O entre la humarada de cigarrillos lanzada al mundo académico por los clientes eternos de la cafetería universitaria.

Siempre se vieron así: de lejos. Cada uno con las ansias propias de sus sueños de adolescentes, ocupados con el trajín de una carrera que exigía dedicación desde antes de ejercerla: la odontología.

Señalados desde entonces para hacer vida en común, Martín Parra y Rocío Roca continuaron su vida de estudiantes en la Universidad de Cartagena, alentados solo por el saludo de ambos en los encuentros casuales. No estaban en el mismo curso. Ni siquiera en el mismo semestre: él iba más adelantado que ella.

Martín Parra Perea terminó sus estudios en junio de 1988. Viajó a un pueblo de la sabana costeña para cumplirle al Estado con su año rural. Estuvo en San Pedro, en el departamento de Sucre, hasta septiembre de 1989. La magia y el encanto del entorno sabanero lo cautivaron de tal manera que decidió quedarse en esa tierra. Acondicionó como pudo su propio consultorio en Sincelejo, la capital de ese mismo departamento, para tener el privilegio de disfrutar, después de una extenuante jornada laboral, de los atardeceres apacibles que transcurrían casi siempre al compás de un porro. Tal vez hubiese seguido inmerso en ese mundo maravilloso, si el flechazo certero del amor no hubiera dado justo en la mitad de su soledad.

No le sucedió en Tolú, donde ella hizo su año rural, bajo el ambiente tonificante de sus playas acogedoras en algún día de esparcimiento, como podría pensarse en estos casos y en un municipio turístico como ese. Tampoco en una refresquería al son de una cerveza helada frente al mar. Sino en un salón de clases de Sincelejo.

La seccional Sucre de la Federación Odontológica Colombiana realizó un seminario de actualización en Sincelejo. Martín Parra Perea y Rocío Roca Mendoza se reencontraron allá. No por razones amorosas, porque hasta entonces no existían, sino por necesidades de la profesión.

El encanto de la sabana logró en pocos días lo que la Universidad de Cartagena no pudo en cinco años de carrera: Martín y Rocío se enamoraron. Por esa época, ella tenía una hermana en Sincelejo. Empezó a visitarla con frecuencia en 1990, año en que se intensificó más el noviazgo.

Buscar la excelencia

En octubre de ese mismo año, a Martín Parra se le ocurrió presentarse en la Universidad Nacional para hacer un postgrado en ortodoncia. Pasó. Ya para entonces, era consciente de que para poder progresar en la vida, era necesario realizar un posgrado, mínimo una especialización en la profesión elegida. La separación de los novios no fue dramática ni duradera. Al poco tiempo de estar Martin en Bogotá, la capital del país, Rocío fue a visitarlo. Ella tampoco quiso quedarse con el mero título universitario: se había ido a la universidad CES, de Medellín, la capital del departamento de Antioquia, a estudiar Odontopediatría.
 
Terminó antes que Martín. Un hermano que ella tenía en Riohacha, la capital del departamento de La Guajira, el cardiólogo Juan Roca, le aconsejó que esa capital era buena plaza para una especialista como ella, pues no existía en la ciudad ningún profesional en esa rama.

Rocío llegó a Riohacha a principios de 1992, con la esperanza de organizar su vida allí al lado de su hombre. Martín, mientras tanto, seguía estudiando en Bogotá. Durante las vacaciones, llegaba a La Guajira en visita oficial a su novia. Ella trabajaba en un consultorio arrendado.

Mejor en Riohacha

Se casaron en diciembre de 1992. Martín Parra también vio en Riohacha la oportunidad para realizarse como profesional. Claro: no había en la región ningún ortodoncista. Las personas que requerían esos servicios debían viajar hasta Barranquilla a buscar algún hacedor de milagros odontológico para que les corrigiera las malformaciones de su dentadura.

Quienes no tenían para darse el lujo de desplazarse hasta la capital del Atlántico, en procura de un arreglo a sus encías defectuosas, tenían que conformarse con esperar la aparición ocasional de un facultativo en la materia que llegaba a Maicao, procedente de capitales de otros departamentos costeños.

Martín y Rocío tenían toda la voluntad del mundo para edificar sus sueños en Riohacha. Pero no contaban con los recursos necesarios para lograrlo. Hasta que su fina percepción de mujer le permitió a Rocío Roca descubrir a una Fundación que hacía préstamos en esa región. Ella no lo pensó ni un instante: convenció a su esposo para que hicieran el curso de Fundaempresa. Fueron 45 días hábiles de aprendizaje en los que Martín Parra sobresalió por ser el mejor del curso.

Era curioso. Habían estudiado la misma carrera en la misma ciudad. Ambos hicieron especializaciones. Pero nunca antes en sus vidas se habían encontrado tantos días juntos en un mismo salón de clases. El curso en la Fundación y la idea de poder montar unidos su propia empresa solidificó aun más su relación de pareja.

Terminaron. Hicieron el proyecto de un consultorio especializado. Elaboraron encuestas de factibilidad entre los demás odontólogos de la ciudad. Y encontraron que sí valía la pena. La Fundación les hizo el préstamo.

"El 18 de enero empezamos a trabajar en el consultorio propio", cuenta Martín Parra mientras atiende a su paciente. Son las once de una mañana ardiente. Ya Rocío Roca había atendido a Grace, una niña de apenas ocho años. Ninguno de los dos, ni Grace ni el paciente de Martín, tuvieron que viajar a otra ciudad en busca de un remedio para sus males: ya Riohacha puede brindarles ese servicio.

Publicado en el periódico Fundicar, número 1, agosto de 1994