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domingo, 29 de enero de 2012

El aguinaldo llegó en verano


Por John Acosta

Ya el pequeño Lisandro Aplaya estaba acostumbrado a la misma cantaleta decembrina con que su padre lo mortificaba todos los años: "En esta navidad sí es cierto que el Niño Dios no se va a aparecer por aquí porque no tiene maneras". Y, sin embargo, en la mañana de todos los 25 de diciembre, Lisandro encontraba su aguinaldo debajo de la hamaca y sobre el piso sin cemento. Entonces lo cogía sobresaltado, aturdido todavía por el despertar reciente, buscaba afanosamente a Jesucristo bebé entre la claridad que se colaba por la solera del rancho con la esperanza de que el personaje divino se encontrara todavía por ahí, abría la puerta del patio y le entregaba a la inmensidad del monte humedecido todavía por el rocío mañanero, su felicidad sin límites.

Pero ese año, por primera vez, su padre no lo había mantenido en vilo con su acostumbrada frase de desaliento. Fue peor: el pequeño Lisandro Aplaya tuvo que deshacerse a la fuerza del candor y la inocencia de sus ocho años para poder entender la gravedad del asunto en el desencajado rostro de su progenitor.

Sucedió en la cocina. El niño había terminado de pelar las últimas yucas de la cena sentado en la piedra cuadrada que estaba cerca al corral de cerdos, echó las cáscaras a los animales que desde hacía rato chillaban por su comida, recogió el perol viejo donde estaban los trozos del tubérculo y lo llevó hasta la cocina. Su madre, una mulata dócil y fiel que se había volado de su casa montada en un caballo con el novio de toda la vida, revolvía en el fogón de leña el maíz con que debía preparar las arepas de la madrugada siguiente. Su marido, un campesino descendiente de los primeros españoles que llegaron al sur de La Guajira a finales del siglo pasado en busca de tierras para la ganadería, estaba parado tomándose un tinto en un pocillo de totumo.

Ninguno de los dos percibió la presencia del hijo que acababa de entrar con el perol de yuca recién pelada. "Algo hay que hacer con ese pobre muchacho", dijo la mujer. Su marido terminó de beber el último sorbo de tinto y sacudió en el aire las gotas que quedaron en el pocillo. La mulata bajó la olla de maíz, ayudada con un trapo de cocina que ella siempre cargaba en el hombro izquierdo para no quemarse las manos. Y puso a hervir otra olla con agua que tenía lista al lado del fogón para poner a cocinar la yuca. "A mí se me parte el alma de sólo pensar en la tristeza que sentirá al ver a los otros pelaos con su aguinaldo en las manos", concluyó. El hombre colgó el pocillo en la pata disecada de chivo que estaba clavada en la pared de barro. Escupió en el suelo y exhaló un suspiro de impotencia. "Tú, más que nadie, sabes lo malo que fue este año. Yo no puedo hacer nada", dijo, sin mirarle la cara a su mujer, que era su forma habitual de dirigirse a ella.

El pequeño Lisandro Aplaya comprendió de qué se trataba. Entregó su vasija de yuca y bajó al río a tirarse en el mismo playón donde iba a refugiarse cada vez que estaba triste. Eran las cinco de la tarde. Acostado boca arriba con la cabeza sobre sus manos, Lisandro Aplaya trató de localizar a Dios entre el color rojizo que se extendía en el cielo. Como no lo encontró, cerró los ojos con fuerza para buscarlo dentro de su propio ser porque le habían dicho que el Señor habitaba en el alma de los niños. Nada. Entonces, se puso a rezar el Padre Nuestro hasta que Soño, su viejo perro, se le acurrucó a su lado. Faltaban diez días para que pusiera el Niño Dios.

El verano de ese año había sido el más cruel. La cosecha de maíz se había quedado en mitad de camino porque las matas no pudieron crecer por falta de agua. Lisandro Aplaya añoró como nunca los días en que se iba con su padre a pajarear los sembrados para espantar con sus gritos a las aves que se comían las mazorcas. Todas las madrugadas, el pequeño Lisandro escuchaba, desde la puerta que separaba el corral de terneros con el de las vacas, los lamentos de su viejo porque las vacas no estaban dando ni siquiera un cuarto de la leche que daban en años normales. El viejo campesino, sin embargo, se compadecía de la desgracia de su ganado: en los potreros no quedaba ni pasto, ni hierba para que los pobres animales se rebuscaran el alimento de cada día. Y lo único que podía hacer él era rezongar mientras ordeñaba. Los nidos de las gallinas hacía tiempo que permanecían sin nada porque sus huéspedes habituales estaban ocupadas detrás de cualquier ser viviente esperando con ansia su excremento anhelado para no regresar en las tarde al gallinero con el buche vacío. Lo único que quedaba en los sembrados era una yuca dura que el papá de Lisandro sacaba todos los medios días para comer en el almuerzo y en la cena.

De modo que en esa Navidad no había dinero para el aguinaldo. La venta de la poquita leche y el cada vez más reducido queso que todas las mañana el marido de la mulata hacía con una resignación sin precedentes y que el pequeño Lisandro Aplaya llevaba al pueblo montado en un burro, era para comprar el maíz del desayuno, el arroz del almuerzo y los huevos de la cena. Después de que escuchó la conversación de sus padres en la cocina, el pequeño Lisandro se propuso convencer al Niño Dios, en los escasos diez días que le quedaban para Navidad, de que él no merecía quedar sin su aguinaldo. Movido por esa determinación, pilaba el maíz sin dejar que se derramara ni un solo grano, las vasijas de la cocina y la vieja tinaja de la sala permanecían llenas de agua que él traía del río y realizaba todos sus oficios diarios con tal dedicación que no podían existir dudas en la divinidad del cielo de las necesidades de entregarle su regalo. La mulata se dio cuenta del propósito de su hijo por los excelentes resultados de los oficios. Y la certeza de saber qué buscaba su pequeño Lisandro la martirizaba más todavía, cuando se enfrentaba a los deseos estériles de complacerlo.

La noche del 24 de diciembre, la mulata no pudo pegar sus ojos. La angustia de pensar en la desilusión de su hijo en la mañana siguiente y la tristeza de sentir a su marido revolcándose de impotencia a su lado no la dejaron conciliar el sueño. Su hombre se levantó más de tres veces amparado por el viejo foco de mano.

Esa misma noche, cayó el más grande aguacero de los últimos años que la tierra reseca recibió complacida. Pero ni siquiera el relampaguear constante que se metía por las hendijas de la pared de barro ni el ruido de la lluvia sobre el techo de zinc pudieron mitigar la pena de la mulata. La mañana amaneció radiante. La mulata se puso de pie más triste que nunca y fue hasta la hamaca de su hijo a despertarlo para que se levantara a moler el maíz.

Entonces, lo vio. Estaba ahí, debajo de la hamaca. Era el más hermoso carro de madera nunca antes visto ni siquiera en los grandes almacenes de la cabecera municipal. Su marido, que ya se había levantado a prender el fogón, entró en ese momento. Ella lo abrazó agradecida. El hombre le correspondió el abrazo, más enamorado que la noche en que decidió sacarla a caballo de su casa, y le dio un beso en la frente. "Empecé a hacerlo al día siguiente, después de que hablamos en la cocina. Lo hice allá en el yucal para que nadie se diera cuenta", dijo.

Publicado en la revista Rumbo Norte, número 15, diciembre de 1995