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lunes, 17 de octubre de 2011

Bajo el amparo de un nuevo hogar

Por John Acosta

La larga espera se evidencia de inmediato en su cabeza: tiene el cabello recogido en varias vueltas, sostenidas con ganchos. No obstante, ella lo reafirma con sus propias palabras. "Yo pensé que ya no iba a venir", dice. Lleva puestos unos shorts y una blusa roja. Sus dos hijos varones, cambiados ya para la ocasión, se asoman por la puerta de uno de los tres cuartos de la casa. "Acabo de venir de la esquina a donde fui a esperarlo para que no se perdiera", agrega con su sonrisa tímida de ama de casa feliz. Su hija menor entra a la sala por la puerta del patio. La señora Georgina García los presenta a todos. "Falta la mayor, que debe estar por ahí, en la casa de una amiga".


Viéndola así, dominando con suficiencia su condición de madre cabeza de hogar, nadie podría creer que fuera la misma mujer humilde que unos cuatro años atrás vivía en una población enclavada en las estribaciones de la serranía del Perijá, en La Guajira. Había llegado a Tabaco a los 28 años de edad, el 11 de noviembre de 1989, sin más motivos que la reciedumbre de su carácter indómito. Y, claro, esa afición por recorrer el mundo, que se le despertó cuando terminó su bachillerato en el Instituto Politécnico Superior Femenino, de Barranquilla, su ciudad natal, y que ya la había llevado por San Andrés y Providencia. Pues tomó la determinación de no pasar los carnavales del 89 en su terruño y se fue para Valledupar. Por esos designios indescifrables del destino, en la tierra del vallenato conoció a una amiga, Miriam Hernández, que no necesitó de mucho para convencerla de que la acompañara a visitar a su mamá en Tabaco.

Tabaco era un caserío olvidado por el desarrollo, en donde los animales domésticos caminaban por sus calles serpenteantes y las lámparas de petróleo salvaban a sus habitantes de las penumbras en las noches estrelladas y sin luna. "Pero uno es como un animal de costumbre: me encantó el pueblo", dice, mientras saca el melón de uno de los gabinetes de su cocina integral para prepararle un jugo al recién llegado. Se siente el ruido de las rejas de su casa y Georgina mira por la ventana que separa a la cocina del comedor y de la sala. "Ahí viene mi hija mayor", dice. El visitante mira hacia fuera y ve acercarse a dos adolescentes. "¿Cuál es?". Georgina echa los trocitos de fruta en la licuadora. "La más alta", responde.

 "La verdad es que yo decidí vender fue por el futuro de mis hijos", agrega con la voz fuerte para ganarle al motor del electrodoméstico. "Es que la educación en una ciudad es muy superior que la de los pueblos", remata sin esforzar ya su garganta: cuela el vaso de jugo y lo ofrece. Ella no lo dice como una forma de plegarse a lo obvio en Colombia, sino porque jamás olvidará que a sus hijos, cuando entraron al colegio en Barranquilla, les tocó hacer un refuerzo de dos años para poder nivelar sus conocimientos con los otros estudiantes. En todo caso, eso no tuvo por qué preverlo Georgina cuando llegó a Tabaco por primera vez: no iba pendiente a tener hijos.

A los 15 días de estar en el pueblo consiguió trabajo en el campamento de Cerrejón. "Trabajé con Servicios Comunitarios. Me tocó en la barra del comedor". Pero el destino no tenía ningún reato en ofrecerle de una lo que le tenía preparado desde siempre: en octubre de 1990 regresó a Barranquilla a tener su primera hija, Geraldine, que lleva en su nombre la misma primera letra del de su madre.

"Volví con mi hija a Tabaco y seguí trabajando en el comedor", dice, recibe el vaso vacío y lo deja en el lavaplatos. El visitante mira con preocupación hacia fuera: la tarde avanza con rapidez y de un momento a otro se ocultará el sol. Decide salir, entonces, a tomar las fotos con los últimos vestigios de la claridad del día. "Vaya, mientras yo me arreglo", le expresa ella y entra a la alcoba principal. El visitante sale de la cocina y encuentra a los niños en la sala, conmocionados por la inminencia de las fotografías.

"Yo quiero que mi mejor amiga salga con nosotros", pide Geraldine. El hombre de la cámara asiente gustoso y sale a la calle a cumplir su trabajo. Georgina escucha, desde su alcoba, lo que acaba de pedir su hija y, quizás, no pudo evitar remontarse a la época en que Geraldine apenas tendría unos seis meses. Georgina se había mudado de la casa de Juana Molina, la madre de Miriam Hernández, para irse a vivir a una casa que Eulalia Arregocés le ofreció para que se la cuidara. "Yo dejaba a la niña donde Eulalia, me iba a trabajar al comedor y regresaba en la noche a dormir solo con mi hija", recuerda. Esas horas nocturnas al lado de su pequeña las vivía con intensidad: eran el aliciente que le daba la fortaleza espiritual para soportar la jornada laboral alejada de su retoño del alma. Cuando hubo que levantar el campamento, por las razones propias del desarrollo del complejo carbonífero, "la señora Aura Pérez me abrió las puertas de su casa".

Lo dice con el sentimiento propio de quien agradece por siempre el que le hayan tendido la mano. Después, se fue a vivir con la señora Santiaga Díaz, su suegra. Allí nacieron sus dos hijos varones: Jordy y Joeheyner. Hasta que en 1996 comenzó a administrar el Servicio Amable Inmediato (Sai), que la empresa de telecomunicaciones del Estado había inaugurado en el pueblo. Con lo que ganaba ahí, y con la ayuda del padre de sus hijos, pudo comprar el lote. La suerte le volvió a sonreír en esos días: ambos salieron favorecidos en el Inurbe. "Juntamos los dos subsidios y construí mi casa", dice.

Era una media agua: dos habitaciones en obra negra. Se mudó con sus tres muchachitos, pero de nuevo el sino melancólico de su vida se encargó de restregarle en la cara su nueva jugada desafortunada: hoy no recuerda bien cuál fue el problema con la línea telefónica, lo cierto fue que, al año, cerraron el Sai. "Volví a depender del padre de mis hijos. Gracias a Dios, él se ha portado bien en ese sentido". Ya había nacido su hija menor, Gerline. El visitante termina de tomar las fotos de afuera y entra a la sala. Georgina sale de su cuarto, ya con su cabello suelto y con un toque de maquillaje que le imprime un aire señorial, diferente al de la señora que licuó el melón, momentos antes. "Estoy lista", dice. Geraldine vuelve a pedir que su amiga inseparable salga en las fotografías familiares. Es su vecina y la había conocido más de tres años atrás, cuando llegó a Barranquilla con su madre y sus hermanos a estrenar la casa que Georgina compró y arregló a su gusto.

"La mandé a empañetar y a poner cielo raso". Georgina había decidido negociar su casa en Tabaco con Cerrejón. El precio que le ofrecieron al principio era bastante superior al de su valor real, pero ella insistía en más, pensando, precisamente, en el futuro de sus cuatro hijos. Quedó satisfecha con lo que logró: le pagaron más del doble de la oferta inicial, además de lo que nunca pensó obtener: el auxilio educativo para sus muchachos. "Este año me lo renovaron por tercera vez consecutiva". Gracias a él, ha podido sacar sus hijos adelante. "Con ese dinero compré esta casa, le hice algunas mejoras y ya la ve". Vive feliz, sin afanes. A veces le sale un trabajo casual y lo hace gustosa, como el último, en el que atendía con cariño a una anciana. 

El sol se oculta por completo. En la calle, se encienden las luces de los postes del alumbrado público. Geraldine vuelve a salir a pasear con Laura Marcela, su amiga. Convidan a Gerline, pero la diferencia de edad le dificulta a la niña emparentarse con esos roles de adolescente: se queda con la mamá. Los varones prefieren ver televisión en la sala. El visitante, al terminar la entrevista, se dispone a partir. "¿Quiere otro jugo?", ofrece Georgina García. “No, gracias. Ya es de noche”.


Publicada en la Revista Mundo Cerrejón, número 45, septiembre de 2004