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martes, 2 de agosto de 2011

El Placer de una maestra de vereda

Por John Acosta

Desde el primer día en que llegó a su propio pueblo a oficiar como maestra, Mábel Esther Vega Montano recibió el azote de la discriminación. «Qué puede saber la negrita de María», supo que dijo una señora del caserío. Y ella, la hija de la señora María, se propuso trabajar duro y parejo para demostrarle a la incredulidad de sus paisanos que sí se podía ser profesor, aunque se naciera en una vereda tan apartada del mundo como El Placer.

Había hecho hasta tercero de primaria entre el enjambre de muchachos asustados que se aglutinaban en un solo salón para recibir las clases de una maestra que debía repartir el día entre los oficios de su casa y enseñar un ratico a los niños de primero, otro a los de segundo y otro a los de tercero, en una maratón admirable para una profesora que ni siquiera había iniciado el bachillerato. El Placer era una vereda de ocho casas de barro y techo de paja, regadas entre las lomas que están en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.


Mábel Esther realizó feliz los tres únicos cursos que había en El Placer. Y le costó bastante convencer a la señora María para que la matriculara en la vereda vecina de Los Cardones, donde sí tenían el cuarto de primaria. Todavía recuerda con nostalgia las caminadas diarias que se pegaba de ida y regreso, entre pedregales y caminos polvorientos, mamándole gallo a la vida, con su bolso de trapo cosido a mano por su madre colgado del hombro izquierdo y embriagada por la alegría de los otros compañeros de El Placer que también estudiaban en Los Cardones.

En Los Cardones sólo había hasta cuarto elemental. Otra vez, Mábel Esther debió echar mano a su palabrerío de persuasión para que su madre la mandara a la casa de una tía, que vivía en la cabecera municipal, a cursar el quinto de primaria. Empacó sus trapitos en una caja de cartón que amarró con cabuya y se fue a San Juan del Cesar, La Guajira, a tratar de descubrir el mundo. Viajó en burro hasta Los Cardones, en donde confluía la gente de las veredas vecinas a coger La Roncona, un destartalado carro que se echaba dos horas hasta San Juan del Cesar, brincando entre piedras y polvo por un sendero de herradura que se resistía a padecer ante la desidia oficial.

Tuvo que hacer un examen de admisión en la Escuela Urbana de Niñas Número Uno. Nunca olvidará la mañana aquella en que se enfrentó impotente a la serie de preguntas desconocidas: no tenía ni la menor idea de cuántos grados medía una circunferencia. Las deficiencias escolares que vivió en su vereda, donde contaban apenas con un solo salón para albergar tres cursos al mismo tiempo, salieron a flote ese día: la bajaron a tercer año elemental. Se había ido a San Juan del Cesar con la ilusión de hacer su último año de primaria y tuvo que estudiar tres más, antes de llegar al bachillerato. «Me tocó llenar todas las lagunas vacías», diría después.

Se desquitó con creces el día que fue a la Normal de Señoritas a presentar el examen de admisión para ingresar a la secundaria: ocupó el primer puesto. En su vereda, El Placer, nunca pudieron creer que esa niña que llegaba de San Juan del Cesar todas las vacaciones, a echar cinco burros por delante hasta la Serranía de Ulago para recoger el café que su madre había comprado, sería una maestra de talla nacional.

Pero antes debió correr mucha agua en el río donde ella, de niña, solía bañarse desnuda con los demás niños del pueblo, sin ninguna malicia porque, por entonces, su vida no conocía de esas cosas. No pudo graduarse de maestra porque no llegó siquiera a contestar el test que en esa época hacían en la Normal: no tenía estatura, ni apellido, ni belleza, ni color para ser docente. «El profesor debe tener, ante todo, buena presencia», le dijo la directora del colegio, haciendo referencia a la baja estatura y al color negro de la piel de Mábel.

Con la moral arrastrándose por los corredores del plantel, Mábel Vega fue hasta la Secretaría del colegio a retirar sus papeles. Entonces viajó a Valledupar con la determinación de mostrarle algún día a la directora de la Normal que Mábel Esther Vega Montano sí podía ser profesora Y de las buenas. Allá hizo un curso de Secretariado Comercial. Volvió a El Placer en 1975, con una carta que le había mandado la comunidad, en donde le pedían que regresara a trabajar al pueblo.

Y no sólo recibió el azote de la discriminación desde el primer día. Sino que, además, el marido de la maestra que estaba en El Placer, contrariado porque su mujer perdió el puesto, le hizo a Mábel Vega varios tiros al aire. Ella no se acobardó. Con sus ímpetus de novata afiebrada, empezó la transformación de la Escuela Unitaria hasta convertirla en Escuela Mixta Rural.

Consiguió un anjeo de alambre para cercar el patio, que antes era un estadero de burros, vacas y cerdos que llegaban allí con el único fin de depositar sus excrementos. Pintó las paredes, abrió todos los niveles de la básica primaria, hizo venir el párroco de San Juan del Cesar para que se oficiara en El Placer la primera misa desde la creación de la vereda y consiguió el nombramiento de dos maestras más, después de dos años de estar trabajando sola. Había encontrado apenas 12 estudiantes y al poco tiempo matriculó 65 más. Todo por un primer sueldo de 1.200 pesos mensuales. La señora que la azotó con las hirientes palabras de recibimiento tuvo que recoger el látigo de su desconfianza: «Carajo, se defiende la negrita de María», aceptó después.

En 1980, Mábel pidió traslado para El Machín, una vereda que queda a cinco horas a pie de El Placer y cuya escuela llevaba dos años cerrada por falta de maestra. Al año siguiente, se fue para Piloncito, otra vereda cercana, donde tuvo que luchar contra la creciente del río que se llevaba los pupitres. Allá encontró el amor de su vida: Hilbio José Montano, un cultivador de la tierra que se convirtió en la otra mitad de su ser y con quien tiene dos niñas. En 1982 pudo alcanzar al fin su tesoro añorado: recibió el título de Bachiller Pedagógico en la Normal de Señoritas, de San Juan del Cesar. A los nueve años de estar en Piloncito, debió regresar a El Placer porque habían cerrado la escuela por falta de maestro. Encontró el pequeño plantel en ruinas.

Lo volvió a levantar con su entusiasmo de siempre: consiguió que la tapiaran, sembró cuanto árbol frutal encontró y en la huerta de la escuela la comunidad recoge col, berenjena, fríjol y las hortalizas inimaginables en un caserío que antes estaba sin doliente.

Dios tenía que premiar tanta entrega y constancia: el Ministerio de Educación Nacional le otorgó un premio de diez millones de pesos a la Escuela Rural Mixta de El Placer, en un concurso en el que participaron las escuelas de 28 veredas del núcleo 24A, con sede en el corregimiento de El Totumo. Y entre los maestros de ese núcleo, el Ministerio escogió a la mejor educadora: Mábel Esther se ganó 600 mil pesos para ella y le regaló 100 mil a la compañera que consiguió que le nombraran en 1996, la bella Íngrid.

Un carácter tan progresista como el de Mábel no se queda ahí. Ahora terminó el segundo semestre de Educación Infantil en la sede que la Universidad de Sincelejo tiene en Villanueva, La Guajira. Ella sabe que los logros no vienen solos, hay que buscarlos. Y logrará graduarse de nuevo, como ha obtenido todo lo que se ha propuesto, contra la voluntad, incluso, de la discriminación de quienes no creen en bajitos, negros, feos y sin alcurnia.

Crónica publicada en el periódico Fundicar, número 8, diciembre de 1996