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miércoles, 26 de agosto de 2015

Frontera entre Colombia y Venezuela: cicatriz latinoamericana abierta

Por Linda Esperanza Aragón

La realidad que experimentan Colombia y Venezuela está atiborrada de tensiones y lesiones. Lo que viven, parece un principio de incertidumbre que trasciende hacia una coyuntura caótica. Si bien, las fronteras son las cicatrices del mundo, hoy por hoy el límite colombo – venezolano es una cicatriz abierta que sangra. La cruda decisión de Maduro de cerrarle el paso a nuestro país, promovió al derrumbe de las aspiraciones de los colombianos que fueron deportados. Van 800 expulsados. Algunos padres son separados de sus hijos. El abandono de las casas debe ser volátil. Lo que pueden tomar estas personas son cosas que les permitan correr y darse prisa.



¿Será que se construirá una paredilla monumental para que ésta deje de sangrar? No lo sé. Sin embargo, considero que no sería una cura viable. Al contrario, sería segregadora. Y la idea de ver a nuestras sociedades articuladas se extraviaría. Con esto, conseguiríamos perder el norte. Ah, y un Maduro más descompuesto. En este sentido, el expresidente Andrés Pastrana sumó su voz a RCN La Radio asegurando que cuando estuvo en Venezuela en abril, llamó la atención a la Cancillería y al Gobierno colombiano de la posibilidad de una crisis humanitaria que se iba a presentar. Ciertamente, es ineludible regenerar las estructuras de estos países.

En esta parte, recuerdo un fragmento de Política para Amador, donde Fernando Savater describe las consecuencias del afecto gubernamental calculado, dicho asunto lo adaptaré en este contexto: parece que Colombia y Venezuela fuesen una pareja amorosa que se abraza estrechamente (hasta el extremo de que uno no sabe de quién es la pierna o el brazo del otro) y que se penetran a veces con placentero consentimiento y a veces con dolorosa violación.

La autora de este
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Esta fatídica situación se desenvuelve en un escenario en donde todo está estandarizado, lo que conlleva a que el carácter del hombre sea moldeado por las exigencias del mundo. Se ha perdido el interés en reconstruir los tejidos sociales. Se juzga sin tener en cuenta la esencia del otro. En este caso, Maduro calificó a los deportados como delincuentes. Lo que me lleva a creer que sujetos como él, poco a poco van agotando la posibilidad de restaurar las fibras del buen trato. No hay tacto, se ha mutilado este sentido.

Por su parte, los medios de comunicación, nos saturan, transmiten ruido. Nos ensordecen. Tanto así que no nos dejan hablar entre nosotros mismos. Y cuando por fin tenemos el espacio para hacerlo, es cuando todos queremos opinar al mismo tiempo. Esto es lo que yo llamo una sobrecarga de ideologías. Finalmente, para encontrar soluciones es importante limpiar las vías del diálogo, creer que nuestra naturaleza es la sociedad y no considerar la idea de cimentar una colosal paredilla, porque nos invadirá en vértigo. 

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