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viernes, 20 de febrero de 2015

Yo también soy culpable por la muerte de los tres niños en Palmar de Varela

Por John Acosta

Se me parte el alma al solo pensar el horror que debieron sentir los dos hermanitos cuando vieron que su propia madre estaba asesinando a su tercer hermanito. Más terror debió sentir el último en morir, no solo al presenciar lo que le acababan de hacer a sus dos familiares cercanos, sino, también,  al tener la certeza de que pronto él correría igual suerte. Me erizo tratando de imaginarme el sentimiento de desasosiego que les invadió a cada uno de ellos en el último instante en que la vida se les apagaba violentamente: leí un twitter de un amigo en donde comentaba que la primera mirada con que se encontraron al nacer fue la última que miraron al morir, la del ser que les dio la vida y que ahora se las quitó con brusquedad ¿inusitada?


Veo la edad de la madre asesina: 24 años. Miro la edad de su hijo mayor: 10 años ¡Por Dios! Esa madre era apenas una niña adolescente cuando tuvo su primer hijo ¡Ella también fue una víctima de la sociedad que hoy la condena! Apenas tenía cuatro años de más que el niño que hoy mata y que ella misma dio a luz. Ese solo dato da para que todos nos culpemos de la tragedia que estremeció a Palmar de Varela: la enorme responsabilidad de madre que le cae a una niña.

¿Por qué tuvo relaciones sexuales a temprana edad? ¿La indujeron? ¿Lo hizo por voluntad propia? Por las razones que hayan sido, como sociedad tenemos culpa de ello. Lo cierto es que cuando, se supone, debió estar estudiando para ir esculpiendo sus sueños, súbitamente, de golpe, se ve arrojada a afrontar unos compromisos con los que no estaba preparada para cumplirlos. Listo, ya no se podía hacer nada: estaba embarazada ¿Qué hicimos para ayudarla a sobrellevar su nuevo rol? ¿Le tendimos la mano? ¿Le dimos la espalda? ¿Qué hizo el ICBF?

Tenemos que reconocerlo una vez más. A esta sociedad la ha quedado grande la crianza de los niños. Nos quedó grande a todos. Somos unos egoístas de primera categoría. Creemos que con solo cumplir con el deber nuestro de padres es suficiente. Ignoramos la tragedia diaria que viven miles de hogares que no tienen la manera de llevar un pan a sus casas. Claro que me incluyo también en esta masa de inconscientes: también yo he permanecido con la cabeza enterrada para no ver la triste realidad que rodea a miles de infantes diferentes a mis hijos. Reconozco que nunca he hecho nada distinto a dar los mil pesos que me solicita el cajero automático, cada vez que hago una transacción electrónica, para donárselo a una fundación X.

Hay una carta que hoy analizan las autoridades para probar su autenticidad: en ella, supuestamente, la madre asesina justifica su acción por el temor que le causa el que sus hijos padezcan los mismos sufrimientos que padeció ella cuando era una niña. En la misiva que se analiza para probar si efectivamente la escribió la madre atribulada, ella dice que fue violada cuando niña por su propio padre. Todo eso es posible que haya pasado. Somos una sociedad enferma.

No seré quien tire la primera piedra a esa madre cuando salga del hospital, a donde fue llevada porque ella falló en su intención de quitarse la vida. Tampoco le tiraré la última. No le tiraré ni una sola. No seré un hipócrita otra vez. Yo merezco que otros, que sí han hecho con las uñas para tratar de solventar en algo la situación de miles de niños humildes, me tiren piedras a mí por lo que pasó en Palmar de Varela. Ojalá mi Dios me dé luces para remediar mi indiferencia y poner mi grano de arena para evitar tragedias como la que hoy lamentamos.

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