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jueves, 28 de julio de 2011

El mundo después del incendio

Por John Acosta

El crepitar incesante de las llamas se entrelazaba en el ambiente con los gritos desesperados de las niñas que estaban dentro del rancho encendido. El fuego devoraba sin compasión los leños resecos que componían las paredes de la casa. Una pequeña de tres años corría casi muerta del pavor alrededor de la vivienda que ardía, buscando algún resquicio por donde entrar y ayudar a sus dos hermanitas. No encontró cómo porque la candela estaba regada por todas partes. La rapidez mental de su inocencia permitió que la iluminara la idea de salir a buscar ayuda en la soledad del desierto de la Alta Guajira. Después de dar vueltas en medio de su angustia, se encontró con un indígena que pasaba lejos de allí. El hombre se compadeció del llanto de la pequeña Einma Newball y corrió con ella hasta la ranchería. Era demasiado tarde: ya no quedaba nada. La niña, asfixiada por su propia impotencia, se desmayó.

Algunos años antes, un barco cargado de contrabando había naufragado en Bahía Portete. Los indígenas de una ranchería cercana salvaron al único sobreviviente de la tragedia, un navegante rubio a quien la vida había lanzado al mar con el único propósito de que algún día encallara en La Guajira colombiana para comprar una wayúu de la que no pudo evitar enamorarse perdidamente. Clara Uriana, hermana de los hombres que rescataron al navegante, no pudo resistir a los encantos varoniles del corpulento recién llegado: también ella se enamoró de él, sin importarle su condición de viajero errante.

Grayburn Newball vivió tres años con su nueva familia. Pero su espíritu ya estaba embriagado por el encanto de la alta mar: volvió a lanzarse al mundo en otro de los tantos barcos contrabandistas que llegaban a la bahía. Pero la magia de la península colombiana también había penetrado en los rincones de su alma; cada vez que su oficio le daba un resquicio de oportunidad, regresaba a la ranchería a tratar de suplir en pocos días sus prolongadas ausencias. Para Clara Uriana, esa situación no era extraña porque una de las costumbres ancestrales de la tribu, era ausentarse por largos períodos del seno de sus hogares.

De todas formas, ella aprendió a mitigar la falta que le hacía su marido con los sucesivos viajes que realizaba por la Alta Guajira y Venezuela. De su matrimonio con Grayburn, habían nacido ya tres niñas. Alicia era la mayor; Emma, la segunda, y la menor no alcanzó a tener nombre: murió con Alicia en el incendio. Ese día, Clara Uriana había salido hacía el puerto de contrabandistas. Como muy pocas veces, la oscuridad del cielo presagiaba un inminente aguacero. "Si llueve, metes el tizón dentro del rancho par que no se apague", le alcanzó a decir en su lengua a la hija mayor, antes de partir. Esa recomendación de última hora fue la causante de la tragedia.

Emma Newball sólo recuerda que estaba jugando en el monte, cuando sintió los gritos. Muchos años después, ella piensa que Alicia tuvo que presentir la cercanía de la lluvia porque metió el tizón que usaban siempre para prender el fogón que permanecía en la mitad del patio. Y piensa también que su hermana mayor se quedó dormida mientras trataba de dormir a la bebé. Cuando volvió en sí, después del desmayo, la pequeña Emma vio los cuerpecitos de sus hermanas envueltos en sábanas blancas y metidos en un chinchorro . Ya había regresado su madre.

Al día siguiente, la llevaron en burro a Media Luna, en donde estaba el cementerio de la familia. Entonces, vio al hombre alto, rubio y robusto, después de más de seis meses de ausencia, que le decía que era su padre. Grayburn trataba de ahuyentar el miedo de la pequeña con la ropa nueva que le había traído.

Clara Uriana nunca pudo reponerse del dolor. Después de la tragedia, se fue a vivir a Manaure porque consiguió trabajo en las charcas de salinas. Hasta allá llegó Grayburn, quien, temeroso por lo que le pasó a sus otras dos hijas, buscaba la forma de llevarse a Emma al extranjero.

Aprovechó una mañana en que Clara fue por agua hasta el jagüey más cercano. Emma despertó de súbito y se encontró con la cara tensa de su padre: él le tapó la boca y la sacó de la casa para siempre. De Manaure a Riohacha, Grayburn trataba de calmarle el miedo a la hija. "Tranquila, que tu mamá viene más atrás", le decía. Eran las cinco de la madrugada.

Cuando llegaron a Riohacha, ya el sol estaba caliente. Emma Newball todavía recuerda los zapatos negros y el vestido nuevo que le pusieron ese día. La llevaron al aeropuerto y apenas vio el avión se puso a llorar. "Me va a tragar ese pescado", gritaba. El vuelo llegó sin contratiempos a Santa Marta. Grayburn dejó a su hija en la casa de un hermano. Y desde el primer día, Emma supo que no era bienvenida a ese hogar: la pusieron a dormir en el gallinero porque, además de bastarda, era india. Al año, vino de la isla caribeña de Providencia, la tierra de Grayburn, un tío de Emma que quedó encantado con la dulzura de la niña y se la llevó para la casa de la vieja Emma, la mamá de Grayburn.

Tampoco la abuela era partidaria de tener una india en su casa, así fuera su nieta. Emma Newball vivió allá como la sirvienta que se odia. Sólo la reconfortaba el cariño sincero que le brindaba el abuelo. A los tres meses, Grayburn regresó a ponerle fin a la tortura de su hija: se la llevó a New York para que las dos hermanas de él la cuidaran como Dios manda. Ella recuerda con agrado sus recorridos por el país del Norte: allá hizo su primaria y una parte del bachillerato.

Pero Grayburn quería que su hija hablara español. Por eso, la trajo a Cartagena y la internó en un colegio de niñas de bien. En uno de los fines de semana de visita, y entre el bullicio de las internas que se paseaban por los corredores en medio de la alegría de ver a sus familiares lejanos, una vieja wayúu de manta, que tenía a su hija en ese plantel, se sorprendió al descubrir a Emma entre el enjambre de gente. "A mí nadie me saca de la cabeza que tú eres la hija perdida de Clara Uriana: eres el vivo retrato de tu madre", le dijo en un español difícil. A los quince días, la misma señora se apareció con dos tíos y dos primos de Emma. Ellos lloraron cuando la vieron.

En vacaciones, le sacaron a Emma un tiquete de avión. La primera imagen que ella tuvo de Maicao, la población del contrabando en La Guajira, fue la de sus zapatos enterrándose en la arena de las calles. Ese día todas las emisoras del municipio fronterizo dieron la noticia de su llegada. La llevaron a la Alta Guajira en un campero especial. En Uribia, conoció a Rafa, su hermano menor que estaba en wayuco y que salió corriendo hacia el monte como un chivo, muerto del susto porque vio a su hermana.

En la ranchería la atendieron como reina. Había más de mil indios que se peleaban por el honor de atenderla. Mataron chivos, le colgaron el chinchorro más hermosos del mundo, le hicieron regalos, le pedían que se quedara para siempre, que ellos le construían un rancho bonito. La llevaron al cementerio: habían enterrado a Clara Uriana, que tenía siete años de muerta, en el misino sitio donde estaban las dos hermanas de Emma. Todos lloraban. "Es como si tu madre hubiera resucitado; eres igual a ella", le decían.

Después de terminar su bachillerato, Emma Newball estuvo durante un año en la isla de Providencia. Regresó a Maicao a trabajar como profesora de inglés en un colegio de monjas. Vivió en Cartagena con el padre de sus cuatro hijos: Mixy Katherine, Roselyn, Debby Flower y Apolinar Grayburn. Hasta allá llegaron sus tías wayúu a contarle el sueño que una de ellas había tenido: a Bahía Portete iba a llegar el progreso y Media Luna iba a cambiar.

La propia Emma hizo parte del sueño cuando se hizo realidad. Trabajó en Morrison Knudsen , la empresa norteamericana que construyó el complejo carbonífero de Cerrejón, conformado por mina, ferrocarril y puerto. Ya cumplió doce años como empleada de la Internacional Colombian Resource Corporation, la operadora del complejo. Ayudó en la negociación de tierras con los wayúu de Media Luna para la construcción de Puerto Bolívar. Su hermano Rafa, adulto ya, trabaja en el Puerto como conductor de una empresa contratista: ya no sale huyendo cuando ve a Emma. Ella compró una casa en Barranquilla con ayuda de su trabajo. Atrás quedaron las humillaciones de su tío en Santa Marta y de su abuela en Providencia porque, con el orgullo de su raza altiva y con el empuje de su carácter ha podido sacar adelante las metas que se ha impuesto.

Crónica publicada en la revista Intercor 60 Días, número 21, enero de 1997.