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jueves, 3 de febrero de 2011

La Luna dio a luz en La Guajira

Por John Acosta



Tenía razón el Jefe de Alberto Girado Caballero: si no se ponía las pilas, su trabajador recién llegado no le duraría mucho, No soportaría la soledad de un campamento tan distante del bullicio citadino a que el nuevo empleado estaba acostumbrado y se iría en poco tiempo. El «patrón

» debía de hacer algo urgente para poder retenerlo. Se empeñó, entonces, en buscarle novia a Alberto Girado para que se amañara en aquel lugar solitario. Esa determinación le causaría el dolor de cabeza más largo de su vida porque no contó con que su trabajador de estreno tenía un corazón sediento de amor, capaz de sucumbir enseguida ante los remezones que le propinara la actitud hogareña de una dama bonita.

El Jefe pensó en la empleada de una empresa de oleoductos que había en Coveñas, cerca de donde estaba el campamento. Le advirtió a Alberto que no se fijara en ella sino en la hermana casera. «Es la que sirve los jugos. Te va a encantar», le dijo. Y dejó la otra reservada para un compañero de Alberto, que también llegó por esos días a laborar en el campamento: así retenía a los dos trabajadores. En la noche, después de la dura jornada del día, fueron a la casa de las elegidas. Alberto jamás olvidará ese 26 de enero de 1959 en que conoció a la mujer que sería su esposa.

Todavía hoy recuerda a la dama que llevó los tres vasos de jugo para la visita. Esa noche, Amalia llevaba una blusa blanca con cuello bordado y una falda azul. Sería la misma mujer que 37 años después acompañaría a Alberto Girado en una de las dos ceremonias más importantes en la vida del hombre que acababa de conocer en ese momento: 28 de febrero de 1996, el día en que los wayúu lo bautizarían como Süchon Kashi, que significa Hijo de la Luna, convirtiéndose en el segundo humano en recibir una altísima distinción por parte de esta raza.

El calvario

La madre de Amalia se opuso desde un principio a la relación que llevaba una de sus hijas con el compañero de Alberto. El Jefe, fiel a su propósito de amañar en el campamento a sus dos nuevos trabajadores, ayudó a que su otro empleado se viera a escondidas con su novia del alma hasta que terminarían casándose. La suegra no soportó semejante deslealtad a sus proyecciones y se fue de Coveñas a vivir en Tolú: se llevó a Amalia.
Entonces, el Jefe, contrariado por esa actitud, se fijó el objetivo de terminar con el naciente noviazgo entre Alberto y Amalia. Demasiado tarde: el destino se encargaría de vencer todos los obstáculos, empeñado en que los dos habrían de asistir juntos, con sus tres hijas futuras, a la ceremonia que los indígenas guajiros le prepararían a Alberto Girado, más de res décadas después.

Lo primero que hizo el Jefe fue poner a trabajar a Alberto hasta muy entrada la tarde del sábado para que perdiera la lancha que salía a la una desde Coveñas hacia Tolú, cuando descubrió que su empleado hacía ese recorrido para regresarse en la misma lancha en la madrugada del lunes.
Desde el primer sábado, Alberto le dio batalla. Cogió una bicicleta y salió a desafiar con las armas de su amor eterno los 25 kilómetros que lo separaban de Amalia. Se fue manejando en busca de la parte endurecida de la playa, con la marea baja. Recibía resignado las olas del mar Caribe que le arremetían sin remordimientos. Y siguió pedaleando por los cami¬nos serpenteados de la época, alumbrado desde arriba por la luna que, 37 años después, sería su madre. Cruzó desnudo los tres ríos que tropezó, con la bicicleta al hombro y el maletín sobre la cabeza para que no se le mojara la pinta con la que debería visitar a su novia el domingo. Lo hacía todo infundiéndose ánimo con la imagen de Amalia, triste, después de haber buscado inútilmente el rostro de su prometido entre los pasajeros de la lancha que acababa de llegar.

Esa primera vez arribó a la una de la mañana a Tolú, luego de más de siete horas de camino. Pero con la práctica que adquirió, hacía el mismo recorrido en apenas cuatro horas para volver el lunes en la lancha de las cinco. Hasta que el Jefe decidió darle otro golpe. Le quitó la bicicleta, que era de la empresa donde trabajaban, con el argumento de que el salitre de la playa le estaba oxidando los riñes. «Tranquilo: de todas formas he descubierto que me rinde igual a pie que pedaleando», le contestó Alberto. Ya para esa época, los pescadores que vivían a lo largo del trayecto lo conocían. Le brindaban tinto y le infundían ánimo para que siguiera caminando. Así, visitaba a la novia sólo los domingos porque debía regresar al día siguiente en la mañanita.

Un lunes, las cosas cambiaron. Alberto subió a la lancha como de costumbre, con su maletín de la ropa en las manos, y cuando trató de acomodarse entre los demás pasajeros, se le acercó el capitán. Con los ojos anegados en lágrimas, le mostró al novio una carta en la que le ordenaban cancelar el servicio de transporte al joven enamorado, por disposición del Jefe. «Como ve, yo no puedo hacer nada», le alcanzó a decir el capitán entre sollozos.

Entonces, Alberto miró a la luna, el astro que le daría a luz tiempos más tarde en pleno día y en la resolana de una ranchería guajira por obra y gracia de la religiosidad wayúu. Y supo que todavía era temprano. Fue hasta la casa de Amalia. Ella habló con un tío que tenía un compadre dueño de una lancha rápida. El Jefe no pudo disimular su sorpresa cuando vio que su empleado llegó al campamento de Coveñas antes de lo previsto, como lo siguió haciendo todos los lunes venideros hasta que Dios tuvo que poner de su parte para que los novios se casaran.

La redención

Lo último que hizo el Jefe para acabar con ese noviazgo fue lo que terminó uniéndolos más: viajó a Barranquilla a indisponer a Amalia con la familia de Alberto. Entonces, todos viajaron a Tolú a conocer la prometida del pariente desterrado. Y quedaron tan fascinados con la candidez de la joven que empezaron a insistirle a Alberto para que se casara pronto con ella. «El pobre: nunca pudo conmigo», recordaría Alberto después, al referirse al Jefe.

Era el empujoncito que necesitaba el novio enamorado. Diez meses y 24 días después de que el Jefe los presentó, Alberto y Amalia se casaron en Tolú para cumplir en el futuro la cita que el destino les tenía preparada en la ranchería El Cacique, de La Guajira.

Se casaron en las mismas circunstancias que habían vivido durante el intenso noviazgo: Alberto retomó la bicicleta ese sábado y salió de Coveñas a las tres y media de la mañana. El matrimonio fue el domingo 20 de diciembre de 1959 a las seis de la tarde. A las ocho de la mañana del día siguiente, Alberto estaba en su oficina del campamento cumpliendo su jornada normal de trabajo, después de la primera gran ceremonia de su vida.
Al poco tiempo, Alberto y su esposa se fueron a vivir a Coveñas. Ahí compartieron la casa con la hermana de Amalia, que ya para entonces no cabía de la dicha al lado de su marido, el compañero de trabajo de Alberto. «La felicidad que vivimos desde esa época es indes¬criptible. La verdad es que nunca antes había visto tal grado de compenetración entre dos parejas», contaría Alberto.

El hijo de la Luna

Hace 60 años, a finales de 1936, un arijuna, como llaman los wayúu a los no indígenas,, se convirtió en la primera persona a la que esta etnias entregaban una de las más altas distincio¬nes de su raza. El capitán Eduardo Londoño Villegas, primer Comisario Especial que tuvo Uribia, fue declarado, por los ancianos de la tribu, Süchon Kaime, que significa Hijo del Sol. Alberto Girado era entonces un niño que se empezaba a abrir paso entre los primeros caminos de la adolescencia en su natal Cartagena.

Seis décadas más tarde, vestido de cacique wayuu, el esposo de Amalia recibió, sentado en el suelo, el agua que lo haría renacer como el Hijo de la Luna, en medio del sopor de las doce del día. Era el reconocimiento sincero y espontáneo que las 21 comunidades wayúu asentadas a lo largo del corredor ferroviario le mostraban al ex empleado de Coveñas.


Había llegado a La Guajira 14 años atrás a reemplazar a Fabio Esteban Barrera en la evaluación de las mejoras de las tierras reservadas por el Incora a Carbocol para la cons¬trucción del ferrocarril y el puerto minero. Desde el primer día, fue bautizado por la indígena Raquel como Kasukish, que significa Cabeza Blanca. Con ese nombre se quedó para siempre entre los wayúu. En el transcurso de esa década y media, Alberto se ha presentado a las rancherías con la ayuda que, por su intermedio, las empresas asociadas en el complejo carbonífero El Cerrejón Zona Norte e brindan al indígena.



El tiempo que ha sacrificado lejos de su mujer y sus tres hijas, hoy profesionales (Xiomara, Xenia y Ximena), para dedicárselo a la raza nativa de la península colombiana, se lo han premiado los wayúu con creces: tiene 69 ahijados regados en toda La Guajira, toda una proeza si se tiene en cuenta que esa tribu no le entrega un hijo a cualquiera.

Reyes Rodríguez, un indígena de 89 años que presenció la ceremonia dedicada al capitán Londoño, fue a la casa de María Idalides Plata, una licenciada en Educación Básica Primaria descendiente de wayúu, para que le ayudara a coordinar el evento con que homenajearían a Alberto. Desde el principio, tuvo el apoyo de los demás líderes de las 21 comunidades asentadas a lo largo de la línea férrea.

El anciano tuvo que haber pasado noches enteras mirando la luna atravesar el cielo con su caminar silencioso para tomar semejante decisión. Y quién quita que en alguna noche remota de cuando tenía cincuenta años, Reyes Rodríguez no haya sido iluminado en La Guajira al mismo tiempo en que el astro protegía de la oscuridad al joven taciturno que por entonces desafiaba en bicicleta 25 kilómetros de soledad en tierras de Sucre para llegar hasta donde su amada.

Mareigua es el Ser Supremo que busca siempre el bien para la tribu wayúu. Por eso, está representado en todos los misterios benévolos que envuelven al indígena: estrellas, oscuri¬dad, luna, lluvia, viento, sol, montañas: en la vida misma. Reyes Rodríguez no quería despedirse del reino de este mundo sin antes reconocer al hombre que ha cumplido siempre con la palabra empeñada. Alberto Girado, un analista del departamento de Rela¬ciones Públicas de Intercor, la empresa operadora del complejo carbonífero El Cerrejón Zona Norte, conoce de sobra el inmenso valor que dan a la palabra los wayúu.

El día de su bautizo, Kasukish habló con la voz entrecortada por el nudo de felicidad que le ahogaba las palabras en la garganta. La recua de indígenas allí presentes, que llegó de todas partes a acompañar el ritual, se sorprendió al verlo así: los wayúu están acostumbra¬dos a su sonrisa y buen humor. Amalia estaba ahí, cumpliéndole al destino; y lo vio bailar la yonna, con la música del tambor forrado en cuero de chivo y bajo la inclemencia de los rayos solares. Sus tres hijas le entregaron a Reyes una placa de agradecimiento. Hasta el gringo sonriente que vino de Houston fue testigo de aquel acto mitológico.

Estaba condenado a no tener razón el Jefe aquel del campamento de Coveñas, cuando se opuso a que Alberto Girado Caballero se enamorara de la jovencita aquella que le brindó un vaso de jugo en el primer encuentro.

Crónica publicada en la revista Rumbo Norte, número 17, de abril de 1996