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domingo, 3 de junio de 2012

La historia de la pólvora se escribe con estragos

Por John Acosta 

La onda explosiva destruyó hasta el antiguo trapiche en donde los trabajadores molían la caña dulce. El ruido ensordecedor se diseminó por toda la zona, tropezó con los cerros adyacentes y se elevó por el aire junto con los miles de trozos humanos que volaron entre la madera y el barro de las paredes. Al final, sangre esparcida, árboles gigantescos sacados de raíces. Desolación total. Y ni un gramo de pólvora.
 

No es una escena de las múltiples bombas del narcotráfico, cuyas destructoras ondas expansivas tratan de someter a la patria a los requeri­mientos caprichosos de los delincuentes. Ni de las bombas con que el Estado colombiano combate los campamentos de los armados ilegales. Tampoco es producto de la fantasía violenta de Hollywood. Es un ejemplo extraído de la historia que muestra el poder exterminador de la pólvora. 

Sucedió el 25 de marzo de 1814. Simón Bolívar había dejado al capitán granadino Antonio Ricaurte al mando de un cuerpo de infantería de 50 hombres para que cuidara el parque del ejército libertador, ubicado en el ingenio que la familia de Bolívar tenía en San Mateo. El caudillo realista José Tomás Boves, quien con una tropa numerosa impuso un sitio de 33 días a esa zona, envió una fuerte columna para que atacara por la reta­guardia, mientras él lo hacía por el frente con el resto de su tropa. Ricaurte, al ver que lo custodiado podía caer en manos del enemigo, le ordenó al sargento Januario Uribe que se pusiera a salvo con sus hombres. Se quedó solo en la casa, esperando que los realistas la invadieran. 

Al ver la casa sola, los hombres de Boves se lanzaron sobre ella con júbilo y gritería. En esos momentos de éxtasis, no alcanzaron a imaginarse que dentro había un patriota valiente y resuelto. Al entrar, se encontraron con un hombre de pie, apuntando su pistola a los barriles de pólvora que lo rodeaban. Así lo inmortalizó la historia en las láminas de los libros que los estudiantes consultan para no perder un examen. Ese día, Boves perdió cerca de 1.000 hombres a causa de la explosión. Y Ricaurte consumó el máximo sacrificio por la patria. 

Mucho antes de esa explosión, la pólvora había cobrado bastante víctimas, desde que en el siglo XIII la artillería árabe probablemente la empleó durante el sitio de Niebla, en 1257. Lo que sí es seguro es que su uso se generalizó en el siglo XIV. Y todavía la humanidad sigue viviendo las secuelas de sus uso indiscriminado. 

Es increíble. Pero cualquiera que por curiosidad se ubica en las entradas de los hospitales infan­tiles, en las noches decembrinas, será testigo de la crueldad con que los aparentemente "inocentes" juegos de pólvora tratan a los niños. Da dolor que la época en que más felices deberían pasar los muchachitos, se convierta de la noche a la mañana en la más triste de sus vida porque en Navidad fue cuando perdieron una manito o recibieron la quemadura aquella, cuya cicatriz jamás se borrará. 

Para los padres de un niño víctima de la pólvora, debe ser muy cruel vivir con el martirio de haber contribuido a dañarle para siempre el concepto de la Navidad a su hijo, sólo porque no fueron capaces de reprimirse el deseo de verlos sonreír inocentemente con los colores fascinantes del peligroso juguete que los otros niños manipulaban. 

He desempolvado todos los fantasmas que se encon­traban agazapados en los recuerdos navideños de mi infancia, tratando de rebuscar alguno que tenga que ver con un caso de pólvora y poder escribir con mayor autoridad esta crónica. No hay ni uno. Tal vez por lo lejano que quedaba La Junta, mi pueblo, en esa época, quiso Dios que no alcanzara a llegar por ese tiempo la maldita moda de jugar con pólvora en Navidad. Menos mal porque, quizás, me hubiera tocado redactar esto con mi mano zurda, siendo derecho. O dictárselo a alguien porque mi ceguera sólo me hubiera permitido ver con los ojos del alma. 

Conozco un concejal de Codazzi, en el departamento de Cesar, que nunca se quita en público sus gafas oscuras. Hace unos diez años se quedó mirando hacia el cielo, siguiendo el curso de uno de los voladores de pólvora que alguien lanzaba para que se estallaran en el aire y darle así más vistosidad a las fiestas patronales de la Divina Pastora. Una de las tantas varillas de cohetes que bajaban con más fuerza de la que habían subido, cayó de punta en el ojo derecho del desprevenido espectador. 

En los pueblos aún se sigue con la práctica de lanzar petardos voladores para hacerle más bulla al santo patrono. Por eso, la historia de estas festividades está llena de mutilados que perdieron sus dedos cuando el cohete les estalló en sus manos. 

En algunos municipios guajiros, la gente notó, en la madrugada del pasado primero de enero, cierta disminución en la mala costumbre de recibir el nuevo año con tiros al aire. Pero, a cambio de los disparos, la mayoría utilizó los cohetes. ¿Habrá alguna forma de hacernos entender que la pólvora es en realidad peligrosa? 

Publicado en la revista Intercor 60 días, número 26, febrero de 1998