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lunes, 15 de mayo de 2017

Catarsis para querer a mi madre

Dorina del Socorro Rodríguez Valdez
Por John Acosta

Conocí a mi mamá cuando yo tenía nueve años. Recuerdo que mi papá había ido por mí, del corregimiento de Casacará al municipio de Codazzi, en el departamento del Cesar (así, sin tilde en la e, como hablamos en el Caribe colombiano), en ese entonces a más de media hora de distancia por una carretera destapada, a la que la desidia oficial la había alzado con piedras mucho años atrás y la dejó, después, al garete hasta quedar en una trocha difícil, en donde los carros dejaban regados los tornillos y tuercas. Yo llegué a Codazzi una semana antes, procedente del corregimiento de La Junta, en el departamento de La Guajira, en esa época a más de cinco horas de distancia por una carretera pavimentada muchos años atrás, pero que la falta de mantenimiento la había convertido en algo peor que un camino de herradura. Me trajo el esposo de mi tía Tey (María Esther), Omar, en el primer viaje de mi vida como premio porque ese año había sido el primero de mi curso. Estaba bajado en la casa de ellos y hasta allá llegó mi papá con su esposa, Amparo, a llevarme a conocer a mi mamá a Casacará.

Yo no quería ir, la verdad. Tenía un miedo enorme, pero
Poso con mi madre
no me atrevía a decirle nada a mi papá porque le tenía terror. Yo estaba siendo criado por mi abuela, la vieja Aba (Aura Elisa), allá en La Junta. Y era inmensamente feliz: a pie descalzo, con las costillas al aire y mis pantaloncitos cortos, correteando por las calles polvorientas de ese pueblo del alma. Era un niño tremendo, no lo niego. Y la vieja Aba, incapaz de corregirme con su cariño de madre consentidora, cada vez que yo hacía una pilatuna (que era a cada rato) me lanzaba la sentencia de siempre: “¡Perate, que cuando tu papá venga se lo voy a decir para que te dé tu buena muenda!”. No recuerdo cada cuánto iba mi padre a La Junta, pero cuando llegaba sentía un  pánico terrible, pues temía lo peor: nunca me pegó por eso; sin embargo, sentía un alivio enorme cuando ya cogía el transporte público de regreso. Ese día que fue por mí a Codazzi, yo no quería ir a conocer a mi mamá; no obstante, no fui capaz de decírselo a mi papá.

Mientras empacaba mis corotos, Fabio Zedán, un primo codacense contemporáneo conmigo, me insistía que le dijera si yo estaba contento con ese viaje a Casacará. De mil amores le hubiese respondido que no, que yo no quería ir, pero el terror que le tenía a mi papá me lo impedía. Ante su reiterada pregunta de “¿Está contento, primo?” y ante mi impotencia de no poder contestarle con la verdad, me desahogué con una frase expresada con toda la ira del mundo: “¡Usted sí jode, primo!” Los que estaban ahí tuvieron que haber quedado sorprendidos con mi reacción. Mi papá tuvo que haberse muerto de la vergüenza porque su reacción fue inmediata: “¡Carajo, pero qué tanto es que le digas que sí estás contento y listo!”, me dijo. Me tocó decirle a mi primo que sí estaba feliz con ir a conocer a mi mamá.