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domingo, 10 de abril de 2016

…Y Diomedes Díaz no le grabó la canción a mi primo Ricardo Zedán

Diomedes Díaz y Ricardo Zedán
Por John Acosta

Mi primo Ricardo Rafael Zedán Acosta siempre vivió con la obsesión de que una de sus canciones tenía que ser grabada por Diomedes Díaz. Y no escatimó ningún esfuerzo para lograrlo. Sin embargo, a mi primo Ricardo le faltaba el factor principal para lograr ese propósito: jamás en su vida se ha tomado ni una gota de licor, tampoco ha probado una sola bocanada de ningún vicio, ni siquiera de cigarrillo. Fue lo único que no hizo para cumplir su sueño de escuchar una de sus canciones en la garganta del llamado Cacique de La Junta. Junto con la muerte del famoso cantante vallenato, murió también esa ilusión inconclusa de mi primo.

Cuando aún no habíamos alcanzado la pubertad, mi primo Ricardo Rafael Zedán Acosta entraba primero a la cantina, ubicaba la mesa en donde había más hombres tomando cerveza, aguardiente o ron, que era lo único que se tomaba entonces, y los abordaba sin rodeos: “Miren, yo canto y él recita poemas”, les decía mientras me señalaba. Los señores de la mesa, encantados por el atrevimiento del niño de apenas diez años, respondían casi al unísono: “Buenos, entonces, cante, pues”. Enseguida, mi primo Ricardo cerraba sus ojitos y cantaba a todo pulmón dos o tres composiciones de Diomedes Díaz, de quien se sabía todas sus canciones, en medio de la admiración de aquellos bebedores casuales. Desde que escuchaba la primera melodía, el cantinero le bajaba el volumen al tocadiscos y los clientes de las otras mesas podían disfrutar de la gracia interpretativa de mi primo. En medio de los aplausos, el pequeño Ricardo iniciaba el siguiente canto, también de Diomedes, por supuesto, y los volvía a callar a todos. Cuando ya terminaba la última, les decía: “Ahora mi primo les va a declamar”. Y yo los ponía a llorar con el poema Por qué no tomo más, al estilo del Indio Duarte, de las pampas argentinas.