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jueves, 7 de julio de 2016

Las anécdotas que viven en la memoria de Henry Julio

Henry Julio
El pasado y el presente han tocado la existencia de la humanidad,  de las ciudades, de los pueblos; quizás, por eso, existen mundos repletos de historias y de ratos inolvidables para los mortales. Entrevista.

Por Linda Esperanza Aragón

"Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir". Esta frase cabal pertenece al novelista portugués José Saramago, y asumo que fue reflexionada en un instante de plena conexión con la realidad. Evocar, exudar y otorgar recuerdos a otros es amasar y consentir a la memoria para que no se nos escape. Andar por la vida sin repasar el contexto, las personas, los problemas, las victorias y las épocas es como andar desmemoriado; es caminar sin dejar huellas, y cuando se quiere regresar, hay descarrío.

 
Cuando un hombre revela el pasado que vivió es porque absorbe de los días la esencia de la lucidez. Todo aquel que desea narrar el ayer merece los oídos de la gente, pues el tiempo anda con el brío de los atletas; lo efímero está a la vuelta de la esquina y la vida pasa sin dejar notas pegadas en el refrigerador.

Henry Julio
El pasado y el presente han tocado la existencia de la humanidad,  de las ciudades, de los pueblos, quizás por eso existen mundos repletos de historias y de ratos inolvidables para los mortales.

Henry Julio es un mortal que vive en el corregimiento de Bomba, Magdalena, él ha creado mundos colmados de anécdotas que describen lo que ya pasó. Habla de cada una de ellas mientras grita con los ojos que añora lo que se fue y lo que no volverá. La música y la inspiración que le invaden cuando observa una hoja de papel en blanco lo convierten en un hombre emblemático y original: siempre una canción es el resultado de esos momentos en que permanece solo y callado. Y como buen amante de la música papayera ha desatado un frenesí por el redoblante y el bombo, instrumentos que han sido para él uno de los inventos más bellos.

Él sabe lo que es parir una letra melodiosa; él sabe lo que es gozar el nacimiento de una canción. Su admiración por los pioneros de la música vallenata es imbatible. Juancho Polo Valencia, Luis Enrique Martínez, Alejandro Durán, Abel Antonio Villa, Enrique Díaz, Leandro Díaz, Emiliano Zuleta, Andrés Landero, Julio de la Ossa, Nafer Durán, entre otros juglares que dejaron su corazón envuelto en historias imborrables, han sido ese legado inconmensurable que ha tenido en cuenta para cimentar su propio talento.

Henry es un buen observador, un excelente receptor, se atreve a imitar a las personas para revelar su lado más jocoso y posee una memoria perspicaz; virtudes que lo han transformado en una cápsula de información ancestral y popular que atañe a la población de Bomba.

¿Qué recuerdos conserva sobre la llegada de la televisión a color a Bomba, Magdalena?

Cuando era muy pequeño veía la televisión a blanco y negro. En ese tiempo no había electricidad en la población, por lo que estos aparatos funcionaban con una planta eléctrica, el combustible utilizado era la gasolina.

Recuerdo que el primer televisor a color lo trajo José Vásquez, uno de los señores más pudientes de Bomba. Los niños, muchachos y adultos dejaban de ver los programas en sus casas y se iban para la sala de Vásquez.

Al poco tiempo, Andrea Figueroa fue la próxima en comprar un TV a color, y más adelante Francisco Mendoza también compró uno. Entonces, nosotros nos fuimos mudando de sala en sala durante varias noches, pues ver una novela con sus colores reales era una maravilla en esa época. Nos reuníamos como en familia a la misma hora para disfrutar de la pantalla chica.

En la actualidad cada hogar posee su televisión a color. Esos tiempos no vuelven más, por

eso me siento orgulloso de haber vivido todo eso.

¿Cómo eran las noches de los 80 y 90 cuando el picó El Pescador era lo último en sonido?

Esas noches eran bellas. Y sí, El Pescador logró atrapar a muchos muchachos durante largas horas. Los bailes se formaban donde Andrea Figueroa; sus hijos eran los disyóqueis. Una gran multitud se reunía en una sola parte con un mismo objetivo: alegrarse la vida moviendo los pies y las caderas.

Esa terapia criolla que se llama El giovanni fue el himno de casi todas esas noches gozosas. La gente no tenía pena para bailar. Éramos descomplicados. Y el que no sabía bailar, se le enseñaba; eso era lo de menos.

Ahora todo se está actualizando cada vez más, ya El Pescador no existe. Los equipos estéreo compactos de toda clase se han tomado la población. Ya no nos reunimos por las noches. El tiempo cambia y va rápido.

¿De qué manera se ha ido fortaleciendo la tradición oral en Bomba? ¿Qué podría afectarla?

Nuestro pueblo es rico, muy rico, pues sus habitantes han inventado dichos populares que no hay en otra parte del mundo, y eso lo convierte en un lugar original. Esas palabras son muy cotidianas, nunca faltan en una conversación; yo siempre las utilizo, no me apena hacerlo porque son parte de mis raíces.

La lista es larga, pero solo te mencionaré algunas de esas expresiones: “agueite”, “wirro,” “jerro”, “jichón”, “boddón”… me llama mucho la atención la palabra “ruea” porque fue inventada por una señora llamada Lorenza Ariza (quien falleció hace bastante tiempo) en un momento espontáneo. Y todos la hemos interpretado como una frase que se debe utilizar para no dejársela montar de nadie; viene siendo como un “yo no me dejo”.

Por otro lado, creo que las personas que viajan a las ciudades son las que podrían contaminar un poco nuestra tradición oral; me sorprende cuando un oriundo se va para Barranquilla y ya no quiere pisar el suelo y trata de refinarse tanto al hablar que termina por confundir. No me gustan las expresiones “picosas “como: “o sea, nena”; “uy, zona”; “ok”. Muchos las utilizan y terminan por olvidar las que les pertenecen de verdad.

En la población de Bomba día a día se reinventan el trato y la palabra. Cada expresión popular y genuina simboliza la carga emocional de quienes participan en una tertulia o en una discusión…

Sí. Y, justo ahora recuerdo a un par de señoras que eran hermanas: Dilia Figueroa y Teresa Figueroa; ellas no se podían ver ni en pintura. Si Dilia pasaba y movía una tusa, inmediatamente Teresa le respondía con alguna de esas palabras que pertenecen al pueblo y que nos sirven para descargar la rabia:

-       --Ve, Dilia, ya tú vienes a hace’ que yo coja rabia. Cipote “ruea” esa.

-      --No seas tú tan boca mala, Teresa. Déjame la vida tranquila. “Wirro”, como si yo tuviera que ve’ con ella.

Así comenzaban las peleas de ellas, y cuando yo veía que se ponía fea la situación iba a avisarle a Andrea Figueroa, que también era hermana de ellas:

-       --Andrea, allá están sus hermanas peleando. Vaya para que las aparte.

-      --Yo no, mijo. Déjalas que se maten pa’ ve’ a cuál de las dos enterramos primero. “Aguaite”, ellas en vez de buscar la salud lo que hacen es buscar pleito. Eso me tiene cansá’.

Esas peleas eran casi que cotidianas en aquel tiempo, pero ya todas esas señoras fallecieron.

La capacidad de recordad que tiene es admirable. Parece que las anécdotas que pertenecen a su pueblo natal hicieran fiesta en su memoria, y eso puede ser un gran privilegio para componer canciones o para interpretar algún instrumento.

Así es. Recuerdo que cuando venían a Bomba las papayeras yo me iba detrás de ellas desde la tarde y no regresaba a cenar a mi casa. La trompeta, el clarinete, el bombardino y el trombón son instrumentos que suenan bien, pero yo quedé encantado fue con el bombo y el redoblante. Yo aprendí a tocarlos porque estuve muy atento a todo lo que hacían los músicos; no les quitaba la vista de encima.

Y, bueno, antes de escribir una canción, primero tengo que observar a eso que voy a describir en el papel; puede tratarse de una mujer, de sus ojos, su mirada, su pelo, su boca o su sonrisa. Y si me toca acercármele, lo hago y aprovecho la ocasión para expresarle lo que siento:

-     --No sé qué te has robado tú de mí, que yo he llegado hasta tus pies. Quiero hacerte una canción…

Yo escribo en el patio de mi casa, pero mi lugar preferido es Loma grande, un pequeño potrero. Y debajo de un árbol de totumo me concentro, me inspiro y hago mis canciones. No es fácil hacer una canción, hay que pensar lo que se va a decir y hasta lo que no se va a decir.

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