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martes, 7 de junio de 2016

La Casa del Diablo en Ciénaga: miedos que se producen al desconocer la historia

Por Yurleidis Mendoza

No era una casa común; al menos, eso creía desde una perspectiva infantil. Creo que a todos los niños les aterraba la idea de pasar frente a ella cuando salían de clase e iban a sus casas caminando por toda la mitad de la carretera con un medio desorden que caracteriza a todos los estudiantes cienagueros.  Yo no me quedaba atrás: cuando salía de clase, inmediatamente salía corriendo hacia el portón, a esperar a mis compañeras para comprar mangos o raspados e irnos caminado burlándonos hasta de lo que no daba risa.


 Pero toda esa risa se moría cuando teníamos que pasar por esa casa llena de misterio, que, de solo verla, nos colocaba los pelos de punta. Desde que tengo uso de conciencia, es llamada la “Casa del Diablo”. Tiene un estilo colonial, una vegetación tropical que traga su interior  y un aspecto fantasmal por su estado de abandono; eso era lo que más causaba miedo entre los niños, se decía que por las noches salía el mismísimo diablo y se llevaba el alma de las personas que anduvieran por su casa profanando su templo.

Era 10 de septiembre del 2012. Como nunca, nos habían soltado tarde de clase, eran las 6:30p.m y ninguna quería pasar por aquella casa por miedo de ver al diablo; sin embargo, pudo más la necesidad de llegar a nuestras casas. Poco a poco nos acercamos a aquella casa que tanto terror  causaba, todas nos miramos  las caras, algunas rezaban el Padre Nuestro, otras clamaban a sus dioses, y yo, muerta de risa al verlas a ellas así, pero con gran miedo de que el satán se llevara mi alma por burlona. Llegó el momento de pasar justo al frente y ninguna quería dar un paso más, pasar por aquella esquina donde se encontraba el palacio de Lucifer  era solo para valientes, pensamos, respiramos  y contamos hasta tres, 1,2,3 y ahí vamos como alma que se las lleva el diablo, salimos en mandadas con los ojos cerrados pidiendo perdón por nuestros pecados.


Al cruzar la esquina donde habitaba el demonio, sentíamos cómo nuestras almas volvían a nuestro cuerpo, no era fácil pasar por ahí todos los días  y mucho menos para nosotras, unas jovencitas burlonas y un poco maldadosas, que tocábamos el timbre de las casas para después salir corriendo. Mi abuela siempre me decía que las personas malas son las más miedosas y a las que les sale el diablo. Afortunadamente, no pasó nada esa noche, gracias a Dios.

Muchas historias y leyendas se tejieron alrededor de aquella casa, pero todas tenían que ver con muertes y desapariciones, teníamos la obligación de saber qué pasaba, y por qué tantas historias la rodean, la única información que teníamos era que aquel lugar hace parte del centro histórico de nuestro pueblo, Ciénaga, en el departamento del Magdalena y reconocida por su admirable arquitectura.

Solo hasta esa noche de miedo, se me antojó en saber cuál era la verdadera historia de esa casa. Al día siguiente, no tuvimos clases. Decidimos que había llegado el momento de preguntar qué pasaba con aquel lugar, y solo una mujer, sentada en una mecedora, con una voz ronca, ya acabada por los años, pudo contarnos. La misteriosa señora vivía en una casa contigua: la historia de aquel lugar se remonta a la época  donde el principal producto de exportación en Colombia era el banano, y donde Ciénaga alcanzó un esplendor y reconocimiento por la empresa estadounidense United Fruit  Company que dominó el comercio en el Caribe.  Aquel lugar antes era una mansión de un poderoso hacendado bananero, que viajó hasta España para encargar a un arquitecto el diseño de su casa, la cual fue construida en 1916 con una enorme terraza con columnas y dos  plantas de balcones.  Era una casa envidiable y muy hermosa, que pertenecía a Manuel Varela.

Las personas del pueblo, tan desconcertadas al no saber de dónde sacaba tanto dinero,  comenzaron a inventar que había hecho pacto con Satanás. Se decía que Varela  entregaba  cada año el alma de uno de sus empleados de la finca, a cambio de mantener su fortuna. Con el tiempo, esta leyenda tomó fuerza y provocó que los cienagueros no se acercaran a la casa para que el diablo no les robara su alma.

Esta casa, ahora llamada “Casa del Diablo” lleva consigo impregnada gran parte de la historia  ciénaguera, ya que estuvo cuando nuestro querido pueblo alcanzó gran reconocimiento por el banano, fue uno de los inmuebles que permaneció después de un 6 diciembre de 1929, en donde se produjo la bonanza y masacre de las bananeras.

 En ese instante, comprendimos que aquel lugar deteriorado cuenta la historia del antes y después de nuestro municipio, que, a pesar del gran miedo que pueda provocar y las historias tejidas, no dejar de ser un centro histórico que lleva consigo nuestra historia  marcada en esas paredes deterioradas.
 Pero por si las moscas,  no dejamos de salir corriendo al pasar por aquel lugar,  rezando el Padre Nuestro y clamando a los dioses.