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martes, 15 de septiembre de 2015

Lo que Nicolás Maduro quiere ignorar de su frontera con La Guajira

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, saluda a la Guardia Nacional
de Venezuela en Paraguachón, justo en la raya que divide a Colombia con ese
país bolivariano
Por John Acosta

Estaba a punto de iniciar el segundo semestre de 1984 y aquella era la última de tres pruebas para ingresar a estudiar Comunicación Social y Periodismo en la Universidad de La Sabana: el examen especial de redacción, que en esa ocasión consistía en escribir dos cuartillas sobre los 30 años de la televisión colombiana. Por supuesto, el tema era sorpresa. Para un joven criado en el sur de La Guajira rural colombiana, como yo, aquello se podría convertir en la gran frustración  para el cumplimiento de uno de los grandes sueños: no existían computadores, ni muchos menos internet, el teléfono fijo era un privilegio que solo merecían las urbes y los diarios nacionales llegaban a retazos, con más de 30 días de tardanza, envueltos en las encomiendas que los familiares de las cabeceras municipales enviaban a sus parientes de las veredas. Entonces, uno recogía los deshechos arrugados de periódicos que la abuela iba votando a medida que ella desenvolvía los artículos sacados de la caja de cartón amarrada con cabuya de fique, los aplanchaba con las manos y leía, con más de un mes de retraso, lo que pasaba en el mundo. Incluso, la llegada a Bogotá, una semana antes de aquella prueba, había significado una tortuosa experiencia, pues sentía un terror enorme llamar al primo citadino para que fuera a recogerme a la terminal de transporte, ya que un mes antes se le habían metido los ladrones al apartamento, se le robaron el teléfono fijo y yo temía que al otro lado de la línea me contestaran los rateros. De manera que no tenía ese día ni un solo argumento para llenar aquellas dos hojas en blanco.


Foto tomada de El Heraldo
El único conocimiento que tenía yo de televisión era la hora diaria del canal venezolano Venevisión que veía de ocho a nueve de la noche, los 60 minutos exactos en que prendían la planta eléctrica Lister de La Junta, mi pueblo, para ver la novela que mi abuela me dejaba disfrutar en la casa de El Negro Acosta, una de las tres que tenían televisor en la población. Sobre eso escribí ese día. Recuerdo que fue una especie de denuncia. Conté la verdad de los niños guajiros de entonces: aprendíamos a cantar primero Gloria al bravo pueblo, el himno de Venezuela, que Oh, Gloria inmarcesible, el himno de nuestra república de Colombia. Casi no me alcanzan las dos hojas para verter sobre ellas todo ese resentimiento acumulado por el olvido en que nos tenía el gobierno colombiano. No sé si en la universidad leyeron lo que escribí esa mañana, lo cierto es que, al día siguiente, no podía caber en mí mismo de la felicidad que me dio al verme en la lista de admitidos.

Foto tomada de caracol
Ese recuerdo regresa nítido a mi alma, no solo a mi mente, a propósito de la decisión del gobierno de Nicolás Maduro, actual presidente de Venezuela, de cerrar la frontera con Colombia en La Guajira. Hace poco me encontré con una prima en Barranquilla y ella me contó, entonces, cómo un pariente de ambos, en un acto cívico del colegio de bachillerato de La Junta, inició (tal vez, por traición del subconsciente) cantando el himno de Venezuela en vez del de Colombia. Por supuesto, al primo apenado le tocó corregir sobre la marcha, pero todos perdonaron el error, pues era habitual entre los jóvenes guajiros de la época conocer más de la hermana república que de la nuestra.

Uno de los grandes recuerdos que tengo de esa época, era un frasco de mantequilla, en cuya etiqueta se veía una vaca con una ubre enorme y rosada: Mantequilla Los Lirios. Me he cansado de buscar en imágenes de internet ese frasco para recrear mi alma con la foto de mis remembranzas, pero internet es muy nuevo como para guardar ese pasado feliz. Supongo que esa mantequilla era hecha en Venezuela, como todos los productos que consumíamos desde tiempos inmemoriales. Hace unos 15 años, con Uriel Ariza, un amigo escritor de San Juan del Cesar, la cabecera municipal a la que pertenece La Junta, recordábamos con nostalgia ese recipiente de vidrio que nos alegraba el desayuno todas las mañanas. Nos tocó mucho trabajo convencer a mi abuela para que se pasara del maíz molido cultivado en Fundación, la parcela de mi abuelo, a la harina precocida que el contrabando traía del vecino país. No hubo poder humano capaz de hacer que mi vieja cambiara, después, la misma marca de harina precocida, pero hecha en Colombia, por la venezolana.


Un camión cisterna de la estatal PDVSA llena calambucos para el
contrabando
Siempre ha existido el contrabando en la frontera guajira con Venezuela. Y, a pesar de ello, nunca antes los anaqueles de las tiendas y de los supermercados venezolanos se habían visto vacíos: solo ahora, con las políticas públicas del Socialismo del Siglo XXI, es que uno ve el desespero de los hermanos venezolanos para que los dejen comprar lo poco que consiguen en los estantes de su país. El presidente Maduro les echa la culpa de la situación a los colombianos de la frontera. Y decidió cerrarla. No obstante, los contrabandistas de ambos lados se las arreglan para seguir con el negocio; es fácil: solo tienen que seguir sobornando a la Guardia Nacional venezolana, que ahora llaman Bolivariana. Todos sabemos que Nicolás Maduro lo sabe, pero es incapaz de depurar a sus militares para acabar con el ilícito, pues después se queda sin quién le haga la pantomima de vigilar la frontera de ese lado.

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