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lunes, 23 de marzo de 2015

Gracias a mis familiares y amigos por hacer más apacible mi llegada a la mitad de siglo de mi existencia

Hermoso detalle este pudín inolvidable
Por John Acosta

Con el mensaje que me escribió para mi cumpleaños, mi hija mayor, María Johanna, le hizo honor a la especialización que empezará a hacer en Argentina: fue la anestesia eficaz que me protegió del fuerte impacto al aterrizar sobre la pista pedregosa del aeropuerto de mi medio siglo de existencia. Lo leí al medio día de ese jueves 19 de marzo, en el intermedio de una dura jornada laboral que había iniciado a las siete de la mañana con una prueba parcial a mis 45 estudiantes del curso Lenguaje y Comunicación.


Con mi hija mayor, María Johanna
En cada palabra que leía de ese mensaje, se me erizaba más la piel y se me inundaban  los ojos de felicidad, pues María Johanna había llegado al mundo en una época en que mi ser parecía una cometa sin rabo: dando bote sin rumbo en un espacio triste y profundo, revoleteando en la inercia mental al compás de una brisa que se ensañaba con ese huérfano reciente. Mi padre, que era el sostén de mi ser, había fallecido de forma repentina, víctima de un derrame cerebral que lo arrebató de este mundo a los 43 años de edad.

Con mis mujeres: Isabella, Aracelys y Aura Elisa
En medio de ese caos en que se había convertido el sitio sideral de mi vida, apareció una bebecita frágil que agitaba sus manitas al lado de su madre, aturdida todavía por el parto fresco, mientras rodaban en la camilla de hospital que las conducía a la habitación. Esa inocencia evidente de recién nacido contrastó con la viveza de su mirada que se encontró con la mía por un instante, en los pasillos lúgubres de un hospital en la fría capital del país. No necesité más para saber que Dios me había mandado ese ser para rescatarme del ensimismamiento en que había caído por la partida inesperada de mi padre.

Agradable sorpresa la de mis estudiantes
Un cuarto de siglo después de ese día, la brillante médico en que se convirtió ese amado pedacito de carne vuelve a aparecer en mi vida en un momento crucial: mi entrada al quinto piso del edificio de mi existencia. Y lo hizo como ese primer día, con la contundencia de quien tiene todo el amor del mundo para dárselo a quien lo necesita.

Ya mi hija menor, Isabella, me había dado un fuerte abrazo apenas abrí los ojos en la madrugada de ese jueves 19 de marzo. Y Aura Elisa, la segunda de mis hijas, me felicitó efusivamente a su salida del baño. Hasta Aracelys, mi señora, me dio mi feliz cumpleaños en la mitad de las escaleras de la casa, donde me la encontré cuando bajaba a tomarme la linaza. Desde la madrugada hasta muy entrada la noche de ese día, mi teléfono personal no dejó de sonar con  las llamadas y mensajes de mis hermanos, tíos, primos y amigos.


Algunos de mis compañeros de oficina
Todas las redes sociales a las que pertenezco estaban anegadas de mensajes de personas que me escribían desde diferentes sitios. Amigos de infancia, compañeros de estudios del bachillerato y de la universidad. Compañeros de trabajo en las diferentes etapas de mi vida laboral. Desde mis primeros estudiantes, que la mayoría son profesionales exitosos, hasta los nuevos. Nunca antes pude hacer realidad aquello de tener mil amigos para poder cantar. Definitivamente, llegar así a los 50 años de edad, lejos de ser una mortificación por el paso inmisericorde  del tiempo, se convierte en una enorme satisfacción al sentir el cariño de tanta gente que lo quiere a uno sin condiciones. Esta es mi forma de agradecerles, además del “Me gusta” que le di a sus hermosos mensajes.