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miércoles, 14 de enero de 2015

Estado palestino, sí; fundamentalistas islámicos, no

Por John Acosta

Un creyente musulmán sostiene un aviso en el que reza 'No en mi nombre',
como parte del rechazo al accionar terrorista en Francia
Nunca me he podido explicar cómo una raza que fue duramente perseguida por un loco en el preludio y en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, se convierta en furibunda perseguidora de su raza prima hermana. Adolfo Hitler pasó a la historia como el asesino masivo de los judíos, en una demencial persecución que acabó con millones de seres humanos pertenecientes a esta estirpe. No obstante, después de aglutinarse los judíos en el reciente estado de Israel, ideado por las Naciones Unidas en 1947 para ellos, los primeros ministros israelíes han ejecutado una carnicería contra los árabes palestinos, solamente comparable con lo que hicieron los nazis contra los propios judíos; esto ha despertado un enorme sentimiento de solidaridad de los ciudadanos mundiales a favor de los palestinos. No puede, de ninguna manera, barbaries fundamentalistas, como la cometida por desadaptados islámicos contra los caricaturistas franceses recientemente, socavar ese apoyo que la mayoría de la gente del común le brinda, en el mundo entero, a la causa palestina. Tampoco debe, ese acto demencial contra los periodistas franceses, alimentar la xenofobia contra musulmanes y árabes.


Rescate de judíos en el ataque al supermercado  kosher, en París
Es obvio suponer que la arremetida de Hitler contra los judíos fue uno de los principales alicientes que motivó a las Naciones Unidas, en la célebre reunión del 19 de noviembre de 1947, decidir la partición de palestina en dos estados, uno árabe y el otro judío. Obviamente, la mayoría de los judíos residentes en Palestina aceptaron esto, pero los árabes la rechazaron de tajo. “El Plan de partición era extremadamente favorable a los intereses sionistas: siendo solo el 33% de la población se les entregó el 54% del territorio palestino. El 46% quedaba para el 67% de la población árabe”, escribe Guillermo Bermejo Rojas. Lo cierto es que, cuando Israel proclama su fundación, el 14 de mayo de 1948, los árabes de Egipto, Líbano, Siria, Irak y Transjordania atacaron el territorio del nuevo Estado sionista. La guerra, que terminó en enero de 1949, la ganó Israel y, con el triunfo, obtuvo más territorio del previsto en la resolución de la ONU. A partir de ahí, todos los primeros ministros israelíes se han convertido, por sí mismos, en los nuevos Hitler y han convertido a los árabes palestinos en los judíos de la Segunda Guerra Mundial; es decir, los otrora perseguidos por Hitler, persiguen ahora a los palestinos, con la misma demencia de exterminio. No obstante, la justa lucha del pueblo sometido por Israel, se ve opacada por lo que hacen los extremistas islámicos: "Creo que la mayoría entiende - o al menos empieza a entender- que el terrorismo cometido por el islam extremista representa una amenaza clara y real para la paz en el mundo en el que vivimos", dijo el actual primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en Jerusalén, durante el funeral de los cuatro judíos muertos en un ataque en París a un supermercado kósher.


La segunda guerra árabe-israelí se desarrolló entre octubre y noviembre de 1956, en la que Francia, Gran Bretaña e Israel atacaron a Egipto, cuyo presidente de la época, el coronel Gamal Abdel Nasser, que había sido prisionero de Israel en el conflicto bélico de 1948-1949, había emprendido unas acciones en el Canal de Suez que molestaban a Francia, Gran Bretaña e Israel. Por presión de la ONU, cuyo Consejo de Seguridad se reunió de emergencia, los países invasores se retiraron y el área de canal quedó bajo vigilancia de Naciones Unidas. Obviamente, el odio hacia occidente por parte de los árabes y musulmanes radicales se acrecentó. No es gratuito, entonces, que sea, precisamente, la capital de Francia la que sea objeto de ataques por parte de fundamentalistas islámicos, en días recientes: solo que, como toda acción terrorista, los civiles inermes son las víctimas.

La tercera guerra árabe-israelí se conoce como la Guerra de los Seis Días, por su duración. En ella, los judíos ocuparon El Sinaí egipcio, la franja de Gaza, Cisjordania, la ciudad vieja de Jerusalén y los Altos del Golán sirios. El territorio ocupado por el estado hebreo pasó de poco más de 20.000 kilómetros cuadrados a 102.400. El ataque sorpresa de Israel se inició el 5 de junio de 1967. Estos nuevos territorios anexados constituyen el elemento esencial del problema israelo-palestino. No es descabellado sugerir que la imposibilidad de confrontar la contundencia del ejército judío es lo que ha hecho que los fundamentalistas islámicos de Palestina acudan al terrorismo como única forma de golpear a Israel. El pasado miércoles 7 de enero ocurrió el repudiable ataque de dos hermanos extremistas, vestidos de negro y armados con fusiles Kalashnikov, contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo, que en 2006 publicó las caricaturas del profeta Mahoma. Dos días después, el viernes 9 de enero, en el mismo París se llevó a cabo una embestida a un supermercado judío, perpetrada por Amedy Coulibaly, que dejó cuatro víctimas judías. El ataque al semanario había dejado 12 muertos, de los cuales ocho eran periodistas; dos, policías; uno, visitante de la sede de la publicación semanal y uno más que cayó en las afueras del edificio.

Shuja Shafi, secretario general del Consejo Musulmán de Gran Bretaña, dijo que nada justifica la privación de la vida: “Los que han muerto en el nombre de nuestra religión pretenden vengar los insultos hechos contra el profeta Mahoma, y su nombre solo significa paz”, señaló.

Definitivamente, Palestina, sí; musulmanes, sí; árabes, sí; islam, sí; fundamentalismo, no; radicalismo, no; extremismo, no; terrorismo, no. Por eso, el semanario satírico francés Charlie Hebdo, que la semana antes del ataque vendía 60 mil ejemplares, vendió cinco millones en la edición que publicó después del asalto terrorista.