Buscar este blog

lunes, 18 de agosto de 2014

Las víctimas de las masacres de las Farc en Casacará, Cesar, no se sienten representadas en La Habana

Parque actual de Casacará. Foto de Luis López
Por John Acosta

Jorge Luis Aguilera sintió los toques violentos de la puerta y supuso que su amigo Martín Buelvas había llegado otra vez borracho a la casa. Le pareció extraño, sin embargo, que el hombre tomara alcohol iniciando la semana apenas, pues era martes en la noche. Al escuchar la insistencia de los golpes en la casa del frente, Jorge Luis interrumpió su novela favorita y fue a asomarse por el vidrio que tenía la entrada de su casa. Un enorme escalofrío le recorrió por varios segundos su espina dorsal: no era su amigo, sino varios hombres uniformados y armados los que tocaban impertinentemente en la vivienda de Martín. Su miedo inicial se le convirtió en pesadilla cuando vio que dos mujeres armadas con fusiles cruzaban la carretera corriendo rumbo a su morada. Pensó que lo habían pillado husmeando, a pesar de tener la luz de la sala apagada,  e iban por él: se quedó en posición de firme, de espaladas a la pared y con los ojos cerrados, orándole a su Dios para que lo salvara de lo que viniera. Sintió la respiración agitada de las dos mujeres en la terraza, que se mezclaba con el silbido del aerosol con que ellas pintaban la pared. No supo cuánto duró petrificado ahí, pero solo pudo salir de su estupor cuando los tiros de fusil vulneraron con horror la virginidad de esa noche. Esperó unos minutos hasta que sintió voces conocidas afuera y salió a la calle. Entonces, pudo cuantificar el saldo de aquella incursión de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) en la población de Casacará, en el departamento del Cesar.

Colegio de Bachillerato Luis Giraldo, de Casacará
Los tres cadáveres estaban a una cuadra de su casa, por los lados de la subestación eléctrica. Apenas los vio, Jorge Luis pudo conocer a su amigo Martín Buelvas y a su hijo Carlos, a quienes los guerrilleros habían sacado a la fuerza minutos antes de la vivienda de El Caporo, como era conocido, por cariño, Martín en el pueblo. Caporo es como se le dice en la zona al macho de la iguana, cuyo caminado altivo y gran tamaño llama siempre la atención. Martín Buelvas era el único llantero de Casacará y les había enseñado ese oficio a sus hijos, desde que ellos eran niños. Yolanda, cuñada de El Caporo, también había sido sacada esa noche, pero la dejaron viva, sin dispararle ni un solo tiro. Jorge Luis creyó que el colmo de su tristeza llegaría hasta ahí, pero cuando reconoció el otro cadáver, sintió un vacío tan enorme en las profundidades de su alma que estuvo a punto de desvanecerse. Era Jairo Fernández, su primo hermano.


Jairo Fernández
Jairo Fernández, en plena campaña
al Concejo
A Jairo Fernández muy pocos lo conocían por su nombre en Casacará. Era un hombre descomplicado, a quien los formalismos le rebotaban, siempre vistió con franelas, con pantalones cortos, andaba en chanclas y pasaba a toda velocidad en los carros viejos de Monche Fernández, su papá. Una vez fabricó su propia moto con una motobomba y andaba en ella por todo el pueblo, con la jauría de perros ladrando  atrás, pues el ruido descomunal de su creación causaba desconcierto entre los animales. A nadie más pudo caerle mejor el remoquete con que los casacareños solíamos bautizar a los hijos de la tierra, de acuerdo a su físico y actitud ante la vida: Pájaro Loco, le decíamos. Nadie supo de dónde sacó tantas agallas para construir su candidatura al Concejo de Codazzi, la cabecera municipal. Lo cierto es que consiguió el apoyo de los evangélicos del pastor Aquimín Amaya, a quien puso en segundo renglón. Debo confesar que yo no lo apoyé en aquella aventura, que lo llevó a sacar la más alta votación; incluso, superior a la de los otros candidatos, oriundos de la propia cabecera municipal, Codazzi. Solo hasta entonces pudimos verlo vestir con camisa, pantalón largo y zapatos. La noche en que las Farc lo asesinaron estaba a punto  de ser elegido como Presidente del Concejo del municipio de Codazzi, al que pertenece el corregimiento de Casacará.

La parte de atrás del Colegio Luis Giraldo
Apenas reconoció su cadáver, su primo Jorge Luis arrancó para la casa del difunto para avisarle a la viuda reciente el asesinato de su marido. Ana Ramírez, la viuda, me contó, 17 años después, cómo llegaron los guerrilleros por el padre de sus dos pequeños hijos de entonces. “Eso fue el martes 10 de febrero de 1997, a las diez y cuarenta de la noche”, me dijo.  Ese era el último día del Festival de La Paletilla en la vecina población de Becerril. Un amigo de la pareja, que iba para las fiestas, había pasado en la tarde por la casa y dijo que lo esperaran en la noche, que él regresaba a dormir con ellos. Por eso, cuando Ana, Jairo y sus dos pequeños hijos miraban el programa de televisión Panorama y sintieron que golpearon la casa de la calle, creyeron que era el amigo que venía de regreso de Becerril. El segundo toque fue más fuerte. “Creo que fue con la culata de un fusil”, me dijo Ana. “¡Abran, que somos los paras!”, dijeron los guerrilleros desde afuera. “Errrda, me van a matar”, le dijo Jairo a su mujer. “¡Abran o tumbamos la puerta!”, amenazaron, otra vez, los de las Farc. Ana abrió y dice que vio como a cien guerrilleros en la calle. “Tranquila, no va a pasar nada”, le decían a ella. “Solo queremos hablar con él”, decían mientras señalaban a Jairo. Le pidieron la cartera, verificaron su cédula y lo obligaron a que los acompañara. “Pero ustedes pueden hablar con él aquí en la casa”, rogaba Ana. “Ya le dijimos, no va a pasar nada, quédese aquí con sus hijos, es que tenemos una reunión con otros del pueblo. No se preocupe: éntrese que él vuelve”, le dijeron y se lo llevaron.

Otro aspecto del parque actual. Foto: Luis López
Dos noches antes de que las Farc lo asesinaran, yo había estado en su casa hablando con él. Esa vez discutimos de religión. Nos acompañó Leocadio Fuentes, un amigo evangélico de ambos, que también era de Casacará, como todos nosotros. Esa noche, Jairo fue mi contradictor, como lo era siempre que hablábamos de cualquier tema. Eso fue el domingo 8 de febrero. El lunes 9 viajé a la mina del Cerrejón, en el departamento de La Guajira, en cuyo canal radial yo hacía un programa de madrugada para ayudar a mantener despiertos a los operadores de equipo pesado. De manera que me despertaba al medio día. El miércoles 11 no supe nada de la incursión guerrillera en mi pueblo: me enteré el jueves al medio día, cuando me di de golpe con la noticia en el periódico que estaba leyendo. No podía creerlo. “Hace apenas dos noches, discutí con él”, le dije a quien tenía a mi lado.

Estas son las colmenas de El Cruce, en Casacará
Esa noche que las Farc se llevaron a su marido, Ana se quedó orando con sus dos pequeños hijos. Cuando sintió los disparos de fusil, supo que lo peor había sucedido. Al salir a la calle, se topó con Jorge Luis que venía a darle la noticia. Las paredes del pueblo estaban pintadas con los letreros del grupo guerrillero. Después de esa incursión, las Farc regresaron al pueblo y mataron al profesor Carlos Torres Mina y a Yolanda Martínez Alfaro, la cuñada de El Caporo que habían dejado viva en la primera irrupción. Luego, regresaron una tercera vez a caballo y asesinaron a Camilo Trujillo.

Las colmenas de El Cruce, en Casacará
A Camilo le decíamos El Mono porque era rubio. Tenía unas hijas hermosas, que eran mis grandes amigas. Había llegado a Casacará muchos años atrás, procedente del interior de su país, de los Andes colombianos y vendía cigarrillos y dulces en un puestecito de El Cruce, como llamamos en el pueblo al sitio de los expendios comerciales, que quedan justo al costado de las cuatro vías que se cruzan en el lugar. Con el pasar de los años y mediante un trabajo duro y constante, El Mono puso un almacén en un local de tablas que compró en el mismo sitio. Ahí llegaron las Farc a caballo a matarlo. El pasado domingo 15 de junio llegué a ese sitio, después de muchos años. Fui a votar a Casacará, en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. En donde era el almacén de El Mono, hay ahora unas mesitas rodeadas de unos fogones de carbón, en donde Rosalba, la viuda de El Mono, cocina para los clientes casuales que llegan. Ella y su hija menor, grande ya, me atendieron ese día de elecciones.

A ninguna de estas familias les ha llegado ningún mensaje de La Habana. Ni de la ONU, que organiza a las víctimas, no solo de las Farc, sino del todo el largo conflicto colombiano. Ellas, por supuesto, no se sienten representadas por nadie en el último punto que negocia el Gobierno colombiano con las Farc, que es el relacionado con las víctimas. “Nadie puede recibir un perdón simbólico por mí”, me dice Ana. Respira profundo y concluye: “Las víctimas no somos una sola persona”.

Enlaces relacionados:

La Junta y Casacará, dos distinciones que me honran

Así se enamora de la Literatura en Casacará

Así conocí a Gabo en Casacará