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viernes, 4 de julio de 2014

La tarde en que murió la ilusión: ¡gracias, Selección Colombia!

Por John Acosta

El pecho se hincha de orgullo, en las venas corren turbulentos caudales, el cerebro es inundado por fuertes ráfagas de pensamientos emotivos, los pulmones están a reventar por ese aire que atraganta en la boca el grito mezclado de impotencia y felicidad. Hasta que, por fin, explota todo y se escucha con nitidez y potencia la expresión que fabricó cada uno de los órganos del cuerpo: “¡Gracias, muchachos; gracias, Selección Colombia!”. Todavía la imagen de Jame Rodríguez, con su rostro desencajado por el llanto, está fresca en la mente. Todavía hay quienes siguen viendo lo que los periodistas colombianos de televisión improvisan desde Brasil. Todavía la tristeza campea hasta por los lugares más recónditos del alma colombiana.

El partido Colombia-Uruguay, en una bomba de gasolina de La Gran Vía
Hace apenas una semana, todo era felicidad, jolgorio, fiesta, esperanza. Recuerdo el trancón inesperado en la vía Barranquilla-Ciénaga, en la población de Palermo. La enorme fila de carros que no se movía, la gente que se bajaba desesperada: tenían la camiseta amarilla puesta. Ya iban a ser las dos de la tarde y si seguía el asunto así, ninguno de los que estábamos allí nos podíamos ver el partido que la Selección Colombia jugaría contra la Selección de Uruguay. Escuchábamos, a través de los equipos de sonido de los carros, la narración que hacían los periodistas deportivos de los tiros penales con los que brasileros y chilenos se disputaban la clasificación a los octavos de finales.

En La Gran Vía, celebraron el triunfo de Colombia sobre Uruguay
Casi a la hora, empezaron a moverse los carros; lentamente, hasta llegar al peaje, que estaba a menos de un kilómetro. Ya sabíamos que el rival del que ganara el partido entre Colombia y Uruguay sería Brasil. Todo el río de vehículos aceleró el paso para llegar rápido al destino y ver el juego. Cuando llegamos al otro peaje, el de la población de Tasajera, ya había iniciado el encuentro futbolístico de nuestro equipo colombiano. Algunos viajantes parquearon sus carros en los restaurantes de la orilla de la carretera para ver el partido. Yo preferí llegar al municipio de Ciénaga y entré a un restaurante. Ya había ahí muchos viajeros. Por supuesto, a la mayoría se nos salió restos de comida del bocado que disfrutábamos por cantar, literalmente, a boca llena el gol que metió James en el primer tiempo. Aproveché el intermedio para avanzar más en el viaje.

El partido de Colombia, en un restaurante de Ciénaga, Magdalena
Cuando iba pasando por las poblaciones de la zona bananera del departamento del Magdalena, ya había iniciado el segundo tiempo. Me detuve en el pueblo La Gran Vía, cuando escuché que el locutor deportivo cantaba, a todo pulmón, el segundo gol. Un bombero de gasolina miraba el partido en un televisor que había instalado al aire libre cerca a los surtidores y vi allí la repetición del segundo gol. Los lugareños estaban enloquecidos. Quemaban voladores de pólvora, salían en romería de un sitio donde un grupo miraba el partido a otro lugar donde también hacían lo mismo. Y así. Hasta que terminó el encuentro y clasificó Colombia. “Con lo mal que jugó Brasil hoy, será pan comido para Colombia”, dijo el bombero.

Avenida 20 de Julio, en Barranquilla:
vacía el día del partido Brasil-Colombia
Fue una locura. La gente se volcó hacia la carretera nacional a no dejar circular los carros. Gritaban, pitaban, saltaban. Era una masa amarilla sin pies ni cabeza. El chofer de una tractomula empezó a sonar las cornetas al son de los pitos de la gente y todos, agradecidos, le abrieron paso. Yo hice lo mismo: arranqué desde la estación de servicio sonando la bocina del carro al compás y todos me aplaudían y también me abrieron paso. El transcurso del viaje fue una sola línea amarilla de motos con pilotos y copilotos de camisetas amarillas, de vehículos con la bandera de Colombia ondeante, de pitos que iban y venían, de enormes y lentas caravanas en cada pueblo que pasaba.

El partido de hoy me lo vi con unos compañeros de trabajo en La Cueva, el mítico bar-restaurante donde el joven Gabriel García Márquez y su grupo de amigos disfrutaron sus jornadas cerveceras. Por supuesto, nos cayó un chorro de agua helada con el primer gol de Brasil, a los escasos ocho minutos del primer tiempo. Lo marcó Thiago Silva, mediante un tiro de esquina que cobró Neymar.  Sin embargo, la esperanza se mantenía intacta para los colombianos. A los 24 minutos del segundo tiempo, David Luiz marcó el segundo gol en un tiro libre espectacular, a 25 metros del arco colombiano. No aguanté más: la impotencia, la tristeza, la rabia me nublaron la mente y decidí retirarme de aquel lugar.

El partido, en La Cueva
Salí y fue impresionante ver la soledad de Barranquilla. La Avenida 20 de Julio, que es un trancón constante y eterno, estaba vacía. Me fui en silencio, sin encender siquiera la radio del carro. Treinta cuadras más allá, en un conocido restaurante de la ciudad, vi a un vigilante que agitaba las manos de felicidad. Me dije que debía ser un gol de Colombia, pero proseguí mi camino en silencio. Llegué a mi casa en el minuto 88 y comprobé que Colombia había marcado el descuento. La esperanza con que mis hijas y su madre veían el final del partido, me infundieron el valor necesario para acompañarlas frente al televisor. La emoción creció más cuando anunciaron que habría cinco minutos más de reposición, pero nuestros guerreros muchachos no pudieron marcar el empate.


Gracias, muchachos; gracias, señor Pekerman: fue usted un director técnico extraordinario; gracias, Selección Colombia, por toda esa alegría que nos brindaron en este mundial. “¿Y ya nos jugamos más? ¿Cómo así que nos eliminaron si apenas hemos perdido un solo partido?”, preguntaba llorando mi hija Isabella, de nueve años. Me tocó explicarle el procedimiento de la muerte súbita.

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