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domingo, 9 de marzo de 2014

Confesiones de un ex izquierdista redimido

Álvaro Gómez Hurtado, asesinado
Por John Acosta

Alfonso López Michelsen
Los recuerdos brumosos que tengo de ese momento, me muestran un día claro, brillante, por lo que, supongo, fue en un medio día. Lo cierto es que entré a la sala de repente: venía del patio de hacer no sé qué cosa. Ahí estaban Aba, mi vieja del alma, la abuela gigante (a pesar de su pequeño tamaño), junto a otras personas, entre las que recuerdo a mi tío Néstor (Click aquí para leer un cuento sobre tío Néstor). Lo retengo a él, entre los cachivaches sin forma que pululan en mi mente de ese preciso instante, porque fue quien me lanzó la pregunta a quemarropa: “¿Usted qué es, sobrino: liberal o conservador”? Confieso, sin la más mínima pizca de vergüenza, que era la primera vez que escuchaba esas dos palabras políticas. Era La Junta, mi pueblo, de principios de 1974, donde hacía, apenas, una docena de años que había llegado la planta eléctrica, la que únicamente duraba encendida la hora exacta durante la cual emitían la novela de la televisión venezolana: de ocho a nueve de la noche; es decir, no tenía posibilidad de ver noticieros de tv, no llegaba ningún periódico y la única emisora que salía en los transistores de la población era una de Valledupar, capital mundial del vallenato, y, por supuesto, solo colocaban música vallenata (Click aquí para leer crónica sobre La Junta).


De manera que tenía razones suficientes para quedar perplejo ante aquella pregunta repentina. Yo estaba iniciando el segundo año de primaria en la Escuela Rural de Varones y vivía envuelto en un torbellino de popularidad en el pueblo por mi facilidad para el estudio. Por eso, lo que se me ocurrió pensar en un santiamén era que tío Néstor quería retarme a una prueba de conocimiento. Estaba a punto de cumplir los nueve años de edad y no estaba dispuesto a dejarme amilanar frente a mi abuela, que se hinchaba de orgullo cada vez que alguien la felicitaba por los avances de su nieto en la escuela. Me miré mis pies descalzos, empolvados por la arena seca del patio; mis rodillas, cicatrizadas por los cascajos de las calles junteras en las interminables caídas de jugador de fútbol;  mi pantaloncito corto, cargado de remiendos que le hacía la abuela, abnegada  en ocultar los rotos de la tela marchita; mi barriguita lombricienta, expuesta siempre al aire (click aquí para leer crónica sobre la abuela). Y los miré a todos en la sala, descubrí sus rostros, ansiosos de mi respuesta.

-Soy liberal- les respondí por salir del paso.

Jaime Pardo Leal, asesinado
Entonces, me encontré con la mirada de reproche de mi abuela, que me abrió los ojos en señal de que me había equivocado en la respuesta. No era la primera vez que ella acudía a aquel recurso de disuasión: lo hacía siempre que lo ameritaba su impotencia de regañar en público, para que nadie notara que mi rectificación fue inducida. Si había una visita, y yo me disponía a pasar por el medio, ella me abría los ojos y yo sabía que tenía que devolverme. Y así. Por supuesto, apenas vi el signo inconfundible en la mirada de mi vieja, cambié para siempre mi posición política.

-No, no: soy conservador-dije.

Desde ese día, me fijé en los pocos carros que habían en el pueblo: la mayoría tenían banderas azules. Claro, eran las elecciones presidenciales de 1974. Le pedí a mi abuela, aprovechándome de su condición de modista, que me hiciera dos banderitas azules para colocarlas en el carrito de palo que me servía de juguete. Conseguí un almanaque de cartera con la figura del candidato conservador, Álvaro Gómez Hurtado, y la pegué a un costado de mi carro, como si fuera un afiche. Fue mi primera campaña política.

La perdí, obviamente. Me recuerdo como el único niño, entre un enjambre de adultos, que
Bernardo Jaramillo Ossa, asesinado
escuchaba los resultados en un radio de la casa vecina, donde todos eran liberales, de los pocos de La Junta. Nidia Gutiérrez, la hija mayor de los vecinos, me llevaba varios años,  se burlaba de mí en cada boletín que leían: el liberal Alfonso López Michelsen le ganó, de lejos, a mi candidato. Esa noche me dormí tarde, revolcándome en mi hamaca por el dolor de la derrota.

Después, cuando hube de irme de La Junta porque allá no había colegio de bachillerato, conocí las ideas revolucionarias de mis profesores, aglutinados en el más poderoso sindicato del país, por medio del cual obtenían (y siguen obteniendo) las más onerosas prebendas laborales. En Casacará, el pueblo donde nací, los profesores, la mayoría licenciados pobres recién salidos de la oficial Universidad del Atlántico, nos hablaban de las hazañas de Daniel Ortega y su revolución sandinista en Nicaragua, de Sendero Luminoso y del Tupac Amarú en el Perú, del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional en El Salvador, en fin (click aquí para leer sobre transición entre La Junta y Casacará). Obviamente, que yo recuerde, dos o tres compañeros de clases míos terminaron enrolados en la guerrilla colombiana. Y yo terminaba envuelto en serias discusiones ideológicas con mi papá.(click aquí para leer sobre uno de esos recordados maestros) (click aquí para leer sobre relación con mi padre)

Carlos Pizarro Leongómez, asesinado
Incluso, cuando llegué a la Universidad de La Sabana, perteneciente al ala más conservadora que tiene la Iglesia católica, fundé, junto con dos compañeras del curso, una revista en la que le dábamos duro a la propia universidad: Tinta, se llamó esa aventura cultural. En Bogotá, chupé buen gas lacrimógeno, tiré buena piedra en los sucesivos entierros de líderes de izquierda que iban siendo masacrados por las balas asesinas de Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha, con la anuencia de algunos recalcitrantes altos oficiales de las fuerzas del orden. Me recuerdo en las luchas campales callejeras durante los sepelios de Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro Leongómez, en fin. Me recuerdo en la propia Plaza del Ché Guevara, de la Universidad Nacional, tirándome cipote de discurso, durante una huelga de hambre que protagonizaban unos estudiantes de la Nacho: “Si se llegan a enterar en La Sabana que estoy aquí, me echan de esa universidad”, repetía yo y la turba me contestaba en coro: “¡Si te echan, te vienes para acá!”

Diego Montaña Cuéllar
Gilberto Viera
Conocí la otra cara de la izquierda colombiana. Sus intestinas luchas internas por el poder. Su canibalismo a ultranza. Sus traiciones entre facciones de micropoderes. El tiro de gracia que me desligó por siempre de la izquierda lo recibí en la etapa de deslinde de la Unión Patriótica frente a las Farc, durante el cuestionamiento público que Bernardo Jaramillo, entonces candidato presidencial por la UP y el presidente de este movimiento, el admirado luchador Diego Montaña Cuéllar, le hicieron al dogma y táctica oficial, planteados por el Partido Comunista Colombiano de entonces: “la combinación de todas las formas de lucha”. Recuerdo, particularmente, las elecciones parlamentarias aquellas en que el Partido Comunista Colombiano ordenó a sus activistas (entre los que me encontraba) sacar las papeletas (todavía no existían los tarjetones de ahora) con el nombre del candidato a la Cámara Diego Montaña Cuéllar para remplazarlas por el candidato de los amores de Gilberto Viera, el eterno secretario general del PCC: las mismas tácticas pueriles que le criticábamos a los corruptos del otro lado. Una noche, durante una conferencia que alguien del PCC daba en el Centro Colombo-Soviético, me puse de pie entre los asistentes y grité: "Lo que deseamos las bases del partido es que llegue la apertura al interior del mismo y nos den participación decisoria a los jóvenes. Y que conste que no lo digo por la media botella de Coca-Cola que el conferenciante de hoy tiene en la mesa". Y me retiré para siempre.


Resolví regresar a defender las ideas de mi abuela: tradición, orden, familia. Y en esas estoy.