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martes, 28 de enero de 2014

De cómo los clientes de almacenes Olímpica vieron el triunfo de Uniautónoma en los televisores de este supermercado

Por John Acosta

Lo confieso: al entrar al Súper Almacén Olímpica (Sao) de la calle 93, ya no nos acordábamos del partido: mi señora tenía que realizar unas compras urgentes para resolver el asunto alimentario de la noche que se acercaba y mi amigo Jorge debía adquirir el equipo electrónico de moda que le ayudara a sobrellevar su soltería renuente. De modo que cuando Jorge y yo subimos al segundo piso, nos encontramos con la agradable sorpresa de que los clientes, amontonados frente al televisor, festejaban alegres el gol del empate que Uniautónoma FC acababa de meterle al Deportes Tolima. Para nosotros, era doble alegría: por un lado, igualaba el combinado nuestro y, por el otro, lo disfrutaban los compradores de un hipermercado, cuyo máximo accionista, no solo era dueño del otro equipo de la ciudad, sino que, además, había puesto en serio riesgo la sede local del conjunto universitario. (Haga click aquí para leer una crítica por la demora en otorgar el aval)


Era el primer partido del nuevo equipo barranquillero en la primera categoría del fútbol colombiano. A los cinco minutos de iniciado el primer tiempo, César Amaya había marcado el primer gol a favor del Tolima. Nosotros veníamos de realizar unas actividades académicas en Santa Marta, con la ilusión de bajarnos en la Murillo con Circunvalar para entrar al estadio, pero la lentitud del bus intermunicipal en el que viajábamos, nos hizo desistir de la idea y resolvimos seguir por toda la Circunvalar hasta llegar a Sao de la 93.

Todo ese primer tiempo del juego culminó con varios intentos de Uniautónoma para el gol del empate, pero no llegó. Cuando subimos por las escaleras eléctricas del Súper Almacén Olímpica, nos topamos de frente con la alegría desbordante de los clientes casuales de la familia Char: el equipo local, nuestro equipo, acababa de meter el gol con que igualaba el encuentro. En la pantalla del televisor, el reloj electrónico marcaba el minuto 54; es decir, Cristian Fernández infló la red tolimense a los nueve minutos del segundo tiempo.

Unos cinco o 10 clientes se retiraron del lugar a otros sitios del hipermercado a continuar con sus compras sabatinas, satisfechos por el empate. Tres minutos después, tuvieron que regresar a toda prisa, en compañía de nuevos clientes-espectadores a ver la repetición del gol que Charles Monsalvo, del Tolima, le acababa de meter a nuestro Uniautónoma y que había generado un sonoro coro entre los 15 o 20 clientes que se habían quedado frente al televisor: “¡Errrrdaaaa!”, se escuchó. Los espectadores intermitentes regresaron a los estantes de su interés, con el rostro compungido por la derrota parcial del nuevo equipo barranquillero.

Cristian Fernández festeja uno de sus goles
Cinco minutos más tarde, los pasillos del segundo piso de Sao se vieron otra vez atiborrados de gente que corría de nuevo al mismo sitio: Cristian Fernández devolvió otra vez la tranquilidad de todos en el almacén al meter el segundo gol del empate. Y, de nuevo, cinco o diez clientes volvían a sus quehaceres con los tres pantalones nuevos terciados en el antebrazo derecho, el abanico de mesa acunado en el pecho o la bicicleta de niño en el hombro, pero esta vez con la sonrisa de la tranquilidad expuesta con orgullo a la vista de los otros.

En el minuto 64, dos minutos después del empate, un disparo de media distancia puso a ganar a Uniautónoma. El medio campista barranquillero Jhon Méndez había sido certero y festejaba ahora su gol. Un señor de bermuda, que arrastraba un carrito de compras y que había estado perdido entre los laberintos de las neveras, los aires acondicionados y las lavadoras, miró el marcador en la pantalla del televisor y, sorprendido, pero feliz,  le dijo a su mujer. “¡Nojoda, y en qué momento metieron esos cuatro goles! Si nosotros acabamos de pasar por aquí e iba perdiendo Uniautónoma uno a cero”.


Tenía razón. En diez minutos, los espectadores permanentes y los flotantes habían celebrado tres goles y sufrido uno. Un hombre canoso y con la cara surcada por las arrugas del tiempo, que llevaba del brazo a la que parecía ser su esposa, no se sabe si por caballerosidad o por la necesidad de un punto de sostén, se bajó de las escaleras eléctricas y se acercó hasta donde estaba el televisor. “¿Quién va ganando?”, dijo. “Uniautónoma: 3 a 1”, le respondió alguien. Entonces, el anciano pareció olvidarse de su condición, alzó los abrazos emocionado. “¡Carajo, qué bien! “, dijo. “Y eso que no querían dejar jugar aquí”, remató y se quedó para ver el partido hasta el final.

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