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viernes, 31 de enero de 2014

Cómo es posible que Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, tenga cimentada su fortuna en la ineficiente Claro

Por John Acosta

Uno podría afirmar, para expeler toda esa ira acumulada en un año de sucesivas impotencias ante las notorias deficiencias del servicio, que la profundidad de la crisis del capitalismo actual se ve reflejada en el hecho de que el hombre más rico del mundo sustente su fortuna en la empresa más ineficiente del orbe. Uno, que ha padecido en carne propia las constantes fallas de la inservible Claro, no puede creer que el dueño de ese monumento a la inutilidad lleve tanto tiempo apareciendo en los medios de información económica como la persona más acaudalada del planeta.

O los clientes de Claro somos unos idiotas o el mexicano Carlos Slim, el flamante propietario de esta organización (¿o desorganización?), es un vivazo de primera categoría.
Los twittes a Claro por el corte del servicio el sábado 11 de enero de 2013
En mi caso, por ejemplo, llevo ya un año soportando el mal servicio de esta empresa y es la primera vez que me quejo públicamente. Al menos, de forma tan contundente,  ya que la suspensión del servicio el pasado sábado 11 de enero, me hizo trinar varios twitter a la cuenta de @ClaroColombia, en donde les suplicaba que restablecieran el servicio. Obviamente, como era de esperarse en una empresa en donde la actitud de servicio al cliente se la pasan por la faja, no me contestaron ni uno. Un primo mío, al sentir mi frustración por pasar un sábado en casa sin televisión, ni internet, ni telefonía fija, hizo la obra de caridad de contestarme por whatsapp para decirme que Claro le estaba echando la culpa a ya no me acuerdo qué fenómeno solar ¡Así de mal está esta empresa que es a la única que afectó ese día el tal fenómeno, pues mis vecinos, para envidia mía, sí tenían los tres servicios porque eran clientes de la competencia! Es decir, el bendito fenómeno no afectó ni Direct tv, ni a Movistar, ni a Une.

Ese sábado, como hoy, me tocó recurrir a mi viejo BlackBerry para darle internet a mi computador, a través de Tigo, y poder trinarle a Claro. No hay derecho. No es posible que uno no pueda llegar a su casa, en un día laboral, cansado, con la esperanza firme de ponerse el pijama, acostarse a disfrutar feliz de la serie de televisión que ve, pues el capítulo de ese día está buenísimo,  no puede hacerlo, como me pasó a mí hoy, porque lo único que sale en la pantalla es un lacónico “sin señal”. Entonces, desesperado, se levanta, desenchufa el aparato de Claro, le saca la tarjeta, la limpia, sopla el orificio donde va introducida, con la ilusión de que sea un sucio impertinente que no la deja coger señal, la mete, enchufa y enciende el televisor nuevamente, nada: el mismo bendito mensaje. Con la seguridad de no darse por vencido, oprime “Menú” en el control, escoge “Configuración”, introduce la contraseña, le da “Enter”, espera ilusionado: nada, el mismo corto, contundente, grosero e insolente mensaje de dos palabras. Derrotado por ese “sin señal” que le carcome la conciencia, se levanta de la cama a ver la serie por internet, enciende el computador y Claro lo remata ahora con un nuevo mensaje, esta vez de cuatro palabras “sin acceso a internet”.

Carlos Slim, el hombre más rico del mundo
En cuatro ocasiones anteriores, como debe tenerlo Claro registrado en su sistema, llegué al medio día a la casa, dispuesto a dormitar acostado frente al televisor, mientras disfrutaba una siesta ambientada por el diálogo de los personajes, aprovechando esas dos horas inmarcesibles de descanso que otorgan algunas organizaciones a sus empleados, y me salía un mensaje de tres letras: “error de tarjeta”. Realizaba el procedimiento descrito en el párrafo anterior con los mismos resultados: nada. Y, como el problema ahora no era de señal sino de la tarjeta, tenía acceso al teléfono fijo: llamaba a Claro, me contestaba la dama, me pedía el nombre, el número de cédula, la dirección de la casa, en fin, y en cada respuesta mía a sus requerimientos, me decía ese odioso “no me vaya a colgar, espere un momento, por favor, en la línea, mientras validamos sus datos”. Después de esa interminable solicitud de referencias, venía ahora el misil de cabeza atómica: “Me dice, por favor, de qué se tata el problema” ¡Por Dios, si fue lo primero que le dije cuando me contestó! “Señor, si no me dice cuál es el asunto, no lo puedo ayudar”. Obviamente, tocaba repetir la retahíla que ya había dicho uno al principio. “Un momento, por favor, y le comunico con el técnico que pueda ayudarlo”. Al rato de escuchar la musiquita de espera, pasa el famoso técnico: “Me dice, por favor, de qué se tata el problema” ¡Que qué! ¡¿Acaso la niña que me contestó no le dijo nada?! Tranquilo, paciencia, a repetir se dijo. Me pone a realizar exactamente el procedimiento que ya yo había hecho antes de la llamada. Resultado: por supuesto, nada. Me devuelve a la niña que me contestó. “En su ciudad, tenemos un técnico a domicilio que solo está disponible en tres días, ¿le sirve?” Qué puedo contestarle, señorita, por Dios: ¡Sí, qué más puedo hacer! “Entonces, espere un momento y confirmamos sus datos” Nombre, cédula, dirección ¡otra vez! “Señor, si no me lo confirma, no podemos garantizarle que el técnico vaya en tres días”.


Uno esperaría en la cuarta ocasión que el técnico llevara, por lo menos, un nuevo aparato de recepción de señal: nada. La factura, obvio, llega cumplida. Uno la mira esperanzado, busca bien, como esperando una última oportunidad de sensatez en Claro, a ver si le descontaron los tres días en que le interrumpieron el servicio: nada. ¿Por qué no se retira de ese operador y busca otro? Porque le sacan a relucir la cláusula de permanencia que, supuestamente, tienen prohibida las autoridades colombianas ¿Y la Superintendencia de Servicios Públicos qué? La misma pregunta me hago yo, sin respuesta, claro.

La crisis mundial del capitalismo no solo se ve reflejada en las hambrunas del África, o en la miseria de Haití, o en las diferencias abismales que se ven en las flamantes ciudades de occidente, como los cordones de indigencia de los barrios Mequejo, Evaristo Sourdis o Las Malvinas frente a las mansiones de urbanizaciones como Lagos de Caujaral, Villa Campestre, Villa Santos o Paseo de La Castellana, solo para mencionar a la caribeña y acogedora Barranquilla. También se ve reflejada en que el mexicano Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, tenga cimentada su fortuna en la ineficiente Claro.

Cuando suceden casos, como el de hoy, uno no deja de imaginarse al magnate Carlos Slim, acostado en su lujosa cama, disfrutando de un buen programa de televisión, en un operador diferente a Claro porque él no confía en el buen servicio de su propia empresa.