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lunes, 7 de octubre de 2013

En pie de lucha, para defender a la Universidad Autónoma del Caribe

Por John Acosta

Yo regresaba de almorzar y una estudiante me abordó en el pasillo. “Ay, profe, me dio una tristeza con el profesor de inglés: ¡se puso a llorar en plena clases!”, me dijo. Y me contó el resto: que le parece injusto que saquen a los docentes del Instituto de Idiomas del Caribe, que les apagaron el aire acondicionado, en fin. No necesité mayores argumentos para intuir de inmediato que algo se estaba fraguando, desde los bajos mundos, como una reacción tardía para tratar de frenar los avances que se han logrado para devolverle la dignidad a nuestra querida Universidad Autónoma del Caribe. Y lo estaban haciendo por el flanco que ellos consideraron más vulnerable: por el de los estudiantes, jóvenes inquietos que están entre los 16 y 24 años.


Es fácil manipular la conciencia de adolescentes, quienes, por excelencia, son rebeldes. Y más, si se hace con un discurso contestatario, que desinforma, con la mala intención de lograr unos objetivos perversos. Comprobé el complot que se urdía, cuando, dos horas después, entré al curso con el que tenía clases esa tarde y propuse el tema. Varios estudiantes me salieron con los mismos argumentos de la alumna que me había encontrado en el pasillo. Solo unos pocos estuvieron de acuerdo con las decisiones tomadas por los nuevos directivos de la universidad, especialmente con la de prescindir de los servicios del mencionado instituto.

Era obvio que se había gestado una infame cruzada contra la sana determinación de recuperar a la Universidad, sobre todo en dos de sus aspectos más golpeados:   el moral y el financiero.  La bajeza de quienes desfalcaron las arcas de esta prestigiosa institución es tal, que se aprovechan de la sensibilidad de los estudiantes para posar como víctimas y lograr, con sus mentiras y lágrimas de cocodrilos, el apoyo de estos jóvenes por quienes los profesores honestos de la Universidad Autónoma del Caribe, que somos la mayoría, logramos mantener inmune la Academia, a pesar de las duras embestidas propinadas por los personajes sucios que aún se resisten aceptar la pérdida de los privilegios que obtuvieron, a punta de jugadas truculentas.

Por eso, decido romper mi silencio hoy, después de más de dos años de mudez autoimpuesta. Cuando nos negaban los servicios médicos porque la Universidad Autónoma del Caribe no le había pagado a la EPS correspondiente, los profesores callamos por nuestros alumnos: ellos habían puesto su confianza en nosotros y no podíamos defraudarlos.  Cuando, durante tres años consecutivos, nuestro poder adquisitivo se vino abajo porque no nos aumentaron el salario, los profesores no desfallecimos en nuestra labor docente: ahí estábamos en nuestros cursos, brindándoles lo mejor de nosotros a los estudiantes. Cuando nos pagaban el sueldo con hasta un mes de retraso, escondíamos nuestras angustias de las neveras vacías en nuestros hogares para que los educandos recibieran el conocimiento sin preocupaciones. Rebuscábamos de donde fuera para comprar, de nuestros bolsillos, los marcadores y los borradores que la Universidad ya no nos suministraba.

Claro, fuimos engañados también, como ahora pretenden engañar a nuestros muchachos.  Los directivos nos decían, literalmente llorando, que no había dinero dizque porque los dos edificios nuevos se habían llevado todo el presupuesto: los edificios nunca los terminaron y los dejaron embargados. Resulta que ahora descubrimos para dónde se iban, realmente,  los recursos.

Ramsés Jonás Vargas Lamadrid
Conocí a Ramsés Jonás Vargas Lamadrid en mi época de estudiante, en Bogotá. Coincidimos en la misma universidad: él estudiaba Derecho y yo, Comunicación Social- Periodismo. A mí se me había dado por fundar una revista cultural universitaria, que se sacaba con las uñas, pero se vendía como pan caliente entre la comunidad académica de la Universidad de La Sabana, donde Ramsés y yo estudiábamos. La revista se llamaba Tinta. Y entre los compañeros que publicaban sus artículos ahí, estaba Ramsés.

Debo confesar que, cuando lo nombraron rector encargado de la Universidad Autónoma del Caribe, yo desconfié de él en un principio. La razón que yo esgrimía era que había sido puesto en ese cargo por los mismos que tenían a la universidad en ese estado de postración. ¡Cuán equivocado estaba yo, gracias a Dios! Ramsés ha logrado recuperar a la institución. Le ha devuelto la altura y dignidad que unos malosos le habían arrebatado. Obviamente, ese noble proceso ha sido apoyado por los profesores honestos, que somos mayoría.

No hay un solo rincón del país en donde no se hable de la recuperación de la Universidad Autónoma del Caribe. La gente seria y honorable de Colombia quiere volver a esta institución, recorrer sus pasillos, participar de los actos académicos que se desarrollan.

Sin embargo, esos malosos que la habían secuestrado, siguen agazapados, esperando el momento de dar un nuevo zarpazo para regresar a la Autónoma al lodazal maloliente, donde ellos se mueven a sus anchas.  Y han aprovechado la conexión que aún tienen a través de los docentes del Instituto de Idiomas para, posando de víctimas, granjearse el apoyo de los estudiantes desprevenidos.


Hay que estar alertas.  No podemos permitir que se pierda lo mucho que se ha ganado. Hago un llamado a mis alumnos para que, entre todos,  defendamos este patrimonio ¡No permitamos recular hacia el oscurantismo que nos enlodó!