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martes, 29 de octubre de 2013

Carta póstuma del actual rector de Uniautónoma al fundador de esta universidad

Por considerarla de interés y por los interesantes planteamientos consignados allí, Comarca Literaria publica la carta póstuma que Ramsés Jonás Vargas Lamadrid, rector de la Universidad Autónoma del Caribe, les escribió a Mario Ceballos Araújo, quien lideró el proceso fundacional de esta Alma Máter, y que fue leída por el propio Ramsés durante la misa de conmemoración del décimo aniversario de la muerte de Ceballos Araújo

Ramsés  Jonás Vargas Lamadrid
Mario Ceballos Araújo



Octubre 25 de 2013

Recordado doctor Ceballos,

Jamás hubiera pensado aquel 25 de octubre del año 2003, que diez años después iba a estar aquí leyendo estas palabras, envestido con la dignidad de ser rector de la universidad que usted, Julio Salgado Vásquez, Benjamín Sarta y Oswaldo Consuegra entregaron a la sociedad.

El haber crecido escuchándolo conversar con mi padre sobre el modelo de sociedad que ustedes soñaban construir, impactó, desde mi temprana infancia, mi visión del mundo y la aproximación sobre los medios legítimos con que podemos impactarlo. 

Disciplina, conocimiento, criterio y magnanimidad fueron siempre las columnas en las que ustedes soportaban el derecho a ofrecerle a la sociedad una institución académica que facilitara oportunidades de educación de calidad a sectores no privilegiados y tradicionalmente marginados de los espacios de decisión pública y privada. A fe que lo lograron.

No me canso de repetir que nuestros egresados engalanan los despachos, las plantas de producción, las salas de prensa, los talleres de diseño, los laboratorios de toda Colombia. No hay quien haya podido contradecir mi afirmación de que no existe un hogar en la Costa Atlántica en la que no esté colgado, al menos, un diploma de la Universidad Autónoma del Caribe.

Doctor Mario, recuerdo,  como si fuera ayer, sus reuniones colmadas de anécdotas y reminiscencias de lo que fueron los primeros años de la Autónoma, cuando, junto con mi padre, el doctor Saavedra y otros prohombres de la ciudad, trabajaban ad  honorem, únicamente inspirados por el loable interés de ofrecer una opción competitiva de educación a los sectores medios de nuestra sociedad. Aunque por mi corta edad no era mucho lo que entendía, recuerdo bien que, con frecuencia, se hacían referencia en las charlas a los muchos catedráticos y funcionarios administrativos para los cuales la universidad era prácticamente su segundo hogar, ya que sus jornadas eran interminables, como también recuerdo sus menciones de aquellos que usted decía iban solamente a “pelechar sin producir”, con el único interés de sacar provecho y servirse de la institución.

Bueno, pasados tantos años, y ya completando cuatro meses en la rectoría, tengo que decirle, doctor Ceballos, que, en el fondo, el modelo se repite. Hay un grupo mayoritario, y yo me atrevería a denominar heroico, de hombres y mujeres que le entregan su vida a esta institución, que, a pesar de los vientos huracanados de la coyuntura, cumplen y exceden su deber con el único interés de cumplir su responsabilidad y llevar a la institución al sitial que le corresponde. Pero, igual que en sus épocas, también existen reductos para quienes la universidad, en realidad, no significa nada diferente a una fuente de poder e ingreso.

A usted, que no se perdió ningún acontecimiento importante de mi crecimiento cronológico y profesional, no le voy a mentir. Estos años en la Autónoma no han sido los mejores. Tengo que reconocer que aquella institución altiva, pujante e innovadora que usted ayudó a construir ha sido víctima de uno de los mayores ‘pillajes’ de la historia reciente. Abusando de su memoria y de la buena fe de los gregarios que lo acompañaron en la construcción de este sueño, un puñado de sociópatas saquearon y usufructuaron ilegítimamente este patrimonio de la sociedad. Y no solo eso, aún subsisten parásitos soterrados en burocracias creadas por artificios legales que se apoltronan en su poquedad y apelan a prácticas panfletarias para graznar reclamos inocuos, tiempos ociosos, primas de calor y cualquier cantidad de tonterías, solamente para arropar su inutilidad y tratar de obtener en la anarquía lo que jamás podrían aspirar a conquistar en un espacio de orden o normalidad.

Pero esté tranquilo,  doctor Ceballos, que ahora, como antes, las personas de bien y que únicamente nos interesa trabajar y sacar esta institución adelante, somos más.

De su boca escuché mil veces que si usted moría, a la tumba no se llevaría ni un tornillo de la universidad. Pues, doctor Mario, le cuento que, muy a su pesar, ha habido sectores que se han abrogado derechos y legados en torno a esta institución que ni la ley, ni los estatutos, ni mucho menos su voluntad les ha adjudicado. La Autónoma nos fue cooptada,  Dr. Ceballos, cínicamente se le hizo creer a sectores despistados de la sociedad que esto era un bien particular heredable, lo cual sabe usted, la justicia, la comunidad y la inteligencia, que no es cierto. La Autónoma que usted fundó y en la que Vargas Osorio, Saavedra y Turbay crecieron, es una institución universitaria que no le pertenece a ningún particular ni conglomerado familiar; POR LO TANTO, NO TIENE HEREDEROS, sino, como usted bien lo determinó, esta es una corporación sin fines de lucro que le pertenece a toda la sociedad.

Pero la buena noticia,  doctor Mario, es que con el apoyo del gobierno nacional, de las autoridades locales, de los egresados, de los estudiantes, los catedráticos, de las secretarias, las asistentes, los investigadores, los oficios varios, y, en fin, de toda la comunidad universitaria, la estamos recuperando. Hoy, doctor Ceballos, le doy la buena nueva de que la Universidad no la hemos dejado morir en manos innobles que la usaban para pordebajear de forma indigna al colega, y, lo que es peor, para saquearla.

Si le dijera que esto ha sido fácil y que no nos ha costado angustias y esfuerzos insospechados, le mentiría. Por el contrario, ha sido durísimo, no se imagina usted la calidad de personajes que, en algún momento, osaron llegar a la institución y detentar dignidades en otrora reservadas para la alcurnia moral y humana de nuestra ciudad. Individuos de la más baja ralea vieron en la Autónoma un botín para saciar sus carencias materiales, pero ante todo de espíritu. Aun hoy, algunos desnudan a los medios - sin sonroja ni pudor- sus apetitos y voracidad por cobrar nuestra sagrada institución como un botín de guerra.

Si bien esta ha sido una lucha terriblemente difícil que en buena hora hoy nos permite luces de esperanza, somos conscientes de que las fuerzas del mal que están fuera y dentro de la universidad, no descansarán jamás en su interés por que la Autónoma vuelva a ser una mera fuente de satisfacción de intereses personales. El cambio y la depuración de nuestra institución no puede ser, simplemente, un asunto de cambiar caras, de “quítate tú, para ponerme yo”, privilegiando sectores que pretenden hacer, precisamente, lo que queremos corregir. La coherencia de nuestra gestión exige no ceder a las presiones, los titulares, la desinformación, al chisme o a la intriga.

Igual que cuando era niño y lo veía a usted junto con los demás directivos capotear épocas de crisis ante embestidas de sectores que pretendieron instrumentalizar la institución, hoy, junto con nuestros decanos, directores y directivos, padecemos a diario las andanadas de aquellos que no se resisten a aceptar que la Autónoma, Barranquilla, el Atlántico y el Gobierno Nacional, dijeron, NO MÁS, acá no vuelven, de ahora en adelante la Autónoma solo andará el camino de la academia, la moral y las buenas costumbres.

Los efectos ya se ven. Dr Ceballos, a diferencia de lo que eran las cosas en meses recientes, hoy la Autónoma ya ha vuelto al escenario nacional de las universidades; hoy nuestras instituciones colegas ya quieren hacer proyectos con nosotros; los empresarios quieren que asesoremos sus proyectos; ahora sí, los bancos quieren hacer negocios con nosotros; los gremios y agencias de cooperación desean hacer equipo con nuestros investigadores; y, lo que es mejor, no se imagina usted el volumen de llamadas y correos electrónicos que recibimos a diario de personas de valía y trayectoria que nos dicen: “cuenten conmigo, yo quiero participar de este nuevo proceso que vive la Autónoma”.

Estamos avanzando, dr Ceballos. Sabemos que vamos por el buen camino porque obramos de buena fe en la reconstrucción de la reputación y el prestigio de la universidad. Pero, de igual manera, sabemos que avanzamos por tener la absoluta certeza de cómo responder a las expectativas de las más de 12 mil familias que creen en nosotros y nos confían la educación de sus hijos, los cuales han de ser los beneficiarios de toda nuestra atención.

No se imagina, doctor Ceballos, lo emotivo y satisfactorio que ha sido ver profesores y asistentes corriendo para que la universidad no quede mal en un evento porque, en algún u otro momento, carecían de los fondos requeridos para hacer las cosas. Hombre y mujeres con pundonor, que sin pena ni mezquindad, se le miden a todo para que la institución cumpla y el estudiante quede satisfecho.

Pero si bien estamos apenas arreglando el relajo que encontramos, el compromiso de todos ha permitido que poco a poco vayamos ordenando las cosas, al tiempo que pagamos la deuda social que existía con muchos de nuestros funcionarios. Ya empezamos. Al mismo tiempo, en la Autónoma de hoy tenemos claro que la prioridad es que haya reactivos e instrumentos en los laboratorios, no así, carrozas de carnaval o fiestas de lentejuelas.

Vamos bien, y lo sabemos por una razón muy sencilla, porque estamos tratando de honrar el espíritu de los fundadores. Es por eso que, ante cualquier duda, conflicto o contradicción, la estrategia primordial es acudir a dicho ideario de honradez, laboriosidad y transparencia que ha de enmarcar nuestras acciones.

Le prometo, doctor Ceballos, que cumpliendo su voluntad, no permitiré jamás que nadie pretenda abrogarse derechos ilegítimos sobre esta institución. No hay cargo, posición o dignidad en la universidad Autónoma del Caribe, a la que puedan aspirar sus hijos, los míos, o los de cualquier otra persona, a los que no puedan acceder en igualdad de condiciones los hijos o nietos de cualquier egresado o del más humilde de nuestros funcionarios de mantenimiento u oficios varios. Tal como lo aprendimos de ustedes los fundadores, acá no le cabrán privilegios a nadie, la Autónoma es un patrimonio de la costa Caribe, de toda la comunidad.  

Así lo honramos a usted, así le cumplimos a la sociedad.


Ramsés