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miércoles, 5 de junio de 2013

El gas natural domiciliario llega a La Junta

Por John Acosta

El crepitar de las llamas del fogón recién encendido era un estímulo para el alma, adormitada todavía por la despertada reciente. El resplandor de la leña prendida le daba a la silueta de mi abuela un aire sobrenatural: o no sé ahora si esa aureola se la imprimía más mi amor inocente de nieto mimado. O, tal vez, los dos: la luz del fogón más mi visión infantil. Lo cierto es que ver a mi abuela moliendo el maíz, con su mirada perdida en su propia resignación, es la primera imagen que me llega a la mente ahora, más de 40 años después, cuando supe que el gas natural llegaba, por fin, al pueblo del alma.

Debo decir que el atrevimiento de llamarla “abuela” me lo tomo ahora, que sé que ya mi vieja no va a saber, por lo menos en vida, que uno de sus nietos preferidos tuvo la osadía de contrariar una de sus reglas de más estricto cumplimiento: “No me diga abuela, carajo, que yo no soy vieja: llámeme ‘mamá’”, nos advertía desde un principio, con la cara de palo que ponía cuando quería convencernos de que lo que decía era en serio. Yo sé que ella comprenderá, allá donde se encuentre, que si yo la llamara “mamá” en este texto, le gente no iba a pensar que me refería a mi abuela, quien fue la que me crió, sino que hablo de la mujer que me parió (Haga click aquí para leer un relato sobre la vieja Aba).

Las primeras sospechas sobre la llegada del gas empezaron a rondar la conciencia de los habitantes del terruño con unos enormes rollos de una manguera amarilla que habían colocado a lo largo de la carretera que lleva a La Junta.  Los junteros, desperdigados por todo el globo terráqueo, vieron las fotos en el grupo “Junteros BlackBerry”, subidas allí por Fabián Acosta. Y, enseguida, se prendieron las alarmas. “¡Mierda! Al fin van a colocar sistema de riego en los potreros del pueblo”, escribió alguien desde las tierras álgidas de Alaska. “No, no, esas mangueras parecen para conducir gas”, replicó enseguida una juntera nostálgica, desde los ardientes parajes del Sahara.

El asunto quedó ahí. No se volvió a hablar ni de la manguera ni de la posibilidad de que en La Junta instalen gas. Los junteros, diseminados por el mundo entero, volvimos a saber de la cuestión solo hasta unos dos meses después, cuando Marcial Miguel Mendoza Romero subió, esta vez en el grupo “Junteros en Whatsapp”, unas fotos de operadores instalando la tubería para que la gente del pueblo disfrute de este vital servicio. Entonces, la nostalgia nos embriagó a todos (Haga click aquí para leer un texto sobre el grupo Junteros blackberry y Junteros en Whatsapp)


Desde la muy hermosa Cartagena de Indias, Jako recordaba el cucayo con salsa que secocinaba en el fogón de leña. Komaye añoraba, desde Medellín, la arepa que la señora Elena, su abuela, asaba con el carbón de los palos cortados en el monte.  Rossy López evocaba el guiso de gallina criolla: “¡esos huesitos son sabroooosos! Yo no aprendí a prepararlos. Los hacía mi papá y le quedaban de rechupete”, escribió en el grupo. Su hermana María Judith, que también vive en Valledupar, dijo que iba ir a La Junta a comerse un cucayo de arroz de fideo (“de palito”, llaman en Barranquilla a ese arroz) con queso rallado, “antes de que cambien el fogón natural por la estufa de gas”, concluyó. Carmen Córdoba replicó, desde la propia Junta, que ella acababa de comerse un plato de esos. “Acompañado con un friche”, remató. Mi compadre José Jaime Daza dijo, desde la mina carbonífera del Cerrejón, que no había nada comparable al olor a humo del asado de chinchurria. Hasta Letty Acosta, en Sincelejo, y su hermanas Marleny, en Codazzi; Mariela y Claudia, en Cucúta, y Martha, en Valledupar, recordaban el anochecer con el bollo asado que habían guardado del desayuno.

Yo recordé las madrugadas en que la Vieja Aba, como le decían a mi abuela en La Junta, se levantaba a untar el fogón. Cogía una vieja escoba sin palo para barrerle la ceniza dejada por la cocinada del día anterior y la iba a botar en un rincón del patio. Le acomodaba la leña roja (nunca cocinó con madera de otro color. De hecho, devolvía la carga cuando alguien llegaba con su burro a venderle unos troncos blancos, por ejemplo), le echaba las astillas que recogía de la misma pila de leña, le untaba querosén extraído del mechón con que se alumbraba y le tiraba un fósforo globo (de los de palito de madera: nunca se acomodó a los nuevos y modernos fósforos de espermita porque eran pequeños y cuyos palitos eran de papel encerado).

El maíz que molía había sido cocido en el mismo fogón la tarde anterior, después de pilarlo ella misma. El fogón duraba prendido todo el día en la cocina de barro. Hasta que lo apagaba en la noche, antes de acostarse. Nunca hizo el café de leche en olla porque quedaba más sabroso en caldero. Yo me peleaba el cucayo de la leche con mi primo Álex. Mi abuela intervenía en la disputa con una decisión salomónica: si yo raspaba el de la leche en el desayuno, Álex raspaba el del arroz en el almuerzo.

Definitivamente, la llegada del gas natural domiciliario a La Junta ha servido para revivir los remotos recuerdos vividos al pie del fogón de leña y que la nostalgia se niega a sepultar.