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jueves, 23 de mayo de 2013

Mingo Martínez: la jugadé del francé está en la E


Por John Acosta

La voz salió nítida, potente: quebró de un tajo el silencio de la noche, ahogando, incluso, el molesto zumbido de los zancudos. Era la primera vez que mis oídos de adolescente escuchaban la fulguración que emanaba aquella garganta. La dicción, por supuesto, aunque caribeña como la mía, era un poco más golpeada, muy digna del sector geográfico donde se había desarrollado: la mía tenía la tonalidad musical de la tierra de Francisco El Hombre; la de él, el impacto avallasador de los habitantes ribereños del gran Magdalena. En todo caso, ahí estaba el destello de sus palabras.  Jairo lo escuchaba con la sonrisa de quien sabe lo que viene porque siempre se hacía acompañar de esas ocurrencias chistosas. Yo, en cambio, estaba a la expectativa. Hasta que terminó el primer corte. Entonces, solté, intempestivamente,  mi carcajada. Es que ese final me estremeció.

Ya había caído la noche. Las oleadas de viento que pasaban no solo mitigaban el calor sino que, además, aliviaban, por momentos, la angustia de los insistentes zancudos: por esos instantes gloriosos, dejábamos de darnos palmadas en nuestros cuerpos tratando de aniquilar el mosquito impertinente. Jairo sacó el casete de uno de los bolsillos de su pantalón y me lo entregó. Miré la carátula: un señor de piel negra mostraba su dentadura perfecta a través de una sonrisa; tenía un sombrero negro y un bigote blanco. Esa imagen fija la vi, después, muchas veces en movimiento por el canal regional Telecaribe.

-¿Qué, lo ponemos?- me dijo Jairo, mientras se daba una palmada en la espalda.

-Bueno- asentí, no muy convencido todavía.

Jairo sacó su grabadora de la mochila de fique que aún colgaba de su hombro derecho y le puso las tres baterías nuevas que yo había comprado en la tienda de tío Néstor.  Metió el casete y lo puso a sonar. Nunca he olvidado aquel primer corte.

El chiste era de un tipo que llegó a comer a un restaurante en París, sin tener la menor idea del idioma francés. El hombre escuchaba lo que decían los comensales de las mesas vecinas y le pareció que todas las palabras hacían énfasis en la letra E. Entonces, llamó al mesero y le hizo el pedido en español, pero  cuidando que cada palabra pronunciada terminara en una “e” tildada. Para su sorpresa, el mesero le trajo exactamente lo que había pedido en su recién inventado francés. Feliz por haber inventado la forma más sencilla de aprender la lengua del poeta, dramaturgo y escritor Víctor Hugo, el comensal no tuvo otra forma de expresar su emoción que contarle su hallazgo al camarero que lo atendió. “¿Cierté que la jugadé del francé está en la E?”, le dijo. “Pa’ fregate, gran pendejo: agradecé que yo también soy barranquillero o si no te hubieras muerto de hambre”, le respondió el camarero.

Después de mi sonora carcajada, escuché los otros chistes. Todos me parecieron buenos, pero en mi memoria quedó para siempre el de “la jugadé del francé está en la E”. Yo estaba cursando mi bachillerato en mi Casacará (Cesar) natal y Jairo era el celador de las dos bodegas donde se almacenaban los bultos de semillas de algodón que debían enviarse a fabricar aceite vegetal en Bogotá. Yo me iba para allá, a mamar gallo con él (Haga click aquí para leer lo que significa la expresión "mamar gallo")|.

Después, me fui a continuar estudios universitarios en la capital del país y, entre mi mamadera de gallo allá, aparecía con mucha constancia la frase esa. Lo mismo en mi estancia en Pereira, en La Guajira, en Codazzi, hasta que el destino tuvo la misericordia conmigo de llevarme a vivir a Barranquilla. Me topé con la gente de “Cheverísimo” en la programación de Telecaribe. Y ahí vi de nuevo al mismo señor de sombrero y de bigote blanco. No volvió a echar el chiste ese, pero yo sigo repitiendo “la jugadé del francé está en la E” cada vez que puedo.

Hoy me enteré de que Mingo Martínez, el señor del sombrero negro y del bigote blanco, murió. Nunca tuve la fortuna de tropezarme con él en alguno de los eventos que animaba con sus chistes; mejor dicho, jamás lo vi personalmente. Pero, al saber la fatal noticia, no pude evitar recordar la noche en que escuché, por primera vez, un chiste suyo.