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martes, 13 de noviembre de 2012

Avianca le amargó la segunda luna de miel a mi amigo Trillos


Por John Acosta

Juan José Trillos no se cambiaba por nadie. Su esposa, Lucero Arias, le había dado en el clavo: como regalo del vigésimo aniversario de su matrimonio, se irían de viaje para Cuba, la isla de los sueños de Trillos.  Sería el plan perfecto para festejar felices semejante logro, en una sociedad contemporánea, donde nada dura mucho tiempo, ni siquiera el amor.  Sería una segunda luna de miel en el paraíso socialista que ambos querían conocer. No obstante, Avianca se encargaría de convertírselas en una luna de hiel: le cambiaría la dulce y tierna “m” por la áspera y amarga “h”.

En los 10 años que llevo de conocerlo, jamás había visto a Trillos tan contento. Entraba y salía de la oficina con su inusual sonrisa de satisfacción y hacía planes para el viaje como cualquier primíparo llegado de sopetón a las lides turísticas.  Sacaba pecho como cualquier jovenzuelo que hace cuentas regresivas hasta que llegue la hora feliz de su primer encuentro amoroso. Y sí, llegó el ansiado 7 de septiembre y a las 3:00 de la tarde se encontró en pleno Aeropuerto Internacional José Martí, ubicado en el municipio Boyeros, La Habana, Cuba.

Ya se había erizado cuando vio, desde el aire, la majestuosidad de la bahía y le había transmitido su emoción a Lucero a través de un apretón de mano: no se cambiaba por nadie en este mundo, ni en el otro. Por eso, cuando se vio de pie frente a la cinta transportadora de equipajes del aeropuerto, en espera de su maleta, no tenía por qué presagiar que esas serían las peores vacaciones de su vida, gracias a Avianca.

Después de que la cinta terminó de dar la primera vuelta, Trillos ni siquiera se inmutó cuando vio que su maleta no apareció. Esperó tranquilo a que la banda transportadora reiniciara su ciclo: vio unos cuantos equipajes de los últimos compañeros casuales del viaje, que cada quien fue tomando. Hasta que Trillos quedó solo con su mujer en aquel lugar, en extremos opuestos. Lucero no pensó todavía en los dos vestidos que mandó a confeccionar a su medida en Colombia para lucírselos a su esposo en las noches habaneras. Ella solo atinó a bañar a su marido con una mirada de tranquilidad.

Cuando los últimos pasajeros del tercer vuelo que llegó recogieron sus equipajes, Juan José y Lucero supieron que su maleta no aparecería. Ahí empezó el calvario de aquella pareja colombiana que había decidido ir en Avianca a Cuba a celebrar un aniversario más de su boda. No hubo poder humano ni sobrenatural que les dieran razón de su maleta. Los funcionarios del aeropuerto les prometieron que harían lo posible para rescatársela y enviárselas al hotel.

En el hotel, Trillos se topó de frente con la primera realidad de una sociedad no consumista: los únicos cepillos de diente que encontraron eran para niños. De manera que les tocó usar cepillos con mango de muñequito. Esperaron hasta las ocho de la noche en el lobby a que les llevaran la maleta, pero les tocó subir a la habitación, bañarse y ponerse la misma muda de ropa que llevaban puesta. Ambos supieron, entonces, lo que era usar ropa interior al revés.
No se amilanaron. Guardaron la esperanza de que su equipaje aparecería pronto y salieron a lo que vinieron: a disfrutar, aunque con la vestimenta sudorosa y sin perfume.  Al regresar al hotel, tuvieron el cuidado de lavar la única ropa interior que tenían para ponérsela limpia al día siguiente.

En la mañana, Trillos bajó al lobby, preguntó por la maleta. Nada.  Fue al almacén del hotel y le compró dos mudas a Lucero para que, por lo menos, ella saliera a pasear limpia. Subieron al bus que el hotel disponía para que sus huéspedes hicieran el tour correspondiente. Regresaron agotados después de una jornada maratónica. Preguntaron por la maleta: nada. Trillos tuvo que permanecer con la misma ropa, pero Lucero tuvo que colocarse la segunda y última pinta, de las dos que le había comprado su marido.

A esa hora, Juan José Trillos tenía una entrevista con un profesor de la Universidad de La Habana, que tenía un doctorado en el tema que Trillos venía trabajando para su próximo libro.  Le dio vergüenza presentarse en ese estado: incumplió la cita que le había costado concretar por internet. Para sopesar un poco la pesadumbre que le causaba esa triste decisión, Lucero lo invitó a dar una vuelta por los alrededores del hotel. Al pasar por el lobby, nuevamente preguntaron por la maleta: nada.

Tuvieron la fortuna de encontrarse con unos paisas, como se les conoce en Colombia a los habitantes de una próspera región del país, que se solidarizaron con su tragedia.  Los aviaron de ropa usada, pero en excelente estado.  Al regresar, los empleados del hotel no esperaron a que la pareja colombiana les hiciera la pregunta habitual: “Nada, señor Juan José, no ha llegado la maleta”, se anticiparon a responder.

Al día siguiente, Trillos pudo, al fin, cambiarse de ropa.  Se puso una de las mudas de segunda que le regalaron sus amigos recientes. Bajaron al lobby y los empleados les dijeron, con la mirada, que no había ni señas de la maleta. En las afueras, se sorprendieron cuando llegaron a uno de los coco taxi, que es una especie de tricimoto, y el conductor conocía ya del peso que llevaban encima: “Ustedes son los de la maleta perdida. No se preocupen, que nosotros nos encargamos de hacerlos olvidar de esa pesadilla”, les dijo.  Los llevó a la Plaza de la Revolución. Allá, Trillos tomó la cámara, que se había salvado porque viajó con ella colgada de su cuello, y fue a tomarle una foto a Lucero. No pudo: se había acabado la batería y el cargador se quedó en la maleta.

Ahí fue Troya. A Lucero se le salió el Arias, que había reprimido durante tres angustiosos días, y estalló de la ira.  Trillos la dejó llorando en plena plaza y se fue a esperarla en el coco taxi. Cuando Lucero llegó, ni siquiera se miraron. El cocotaxista se percató de la situación y trató de hacerlos reconciliar, llevándolos a los diferentes sitios históricos de La Habana y contándoles los cuentos de cada lugar. Todo, por los mismos 10 pesos cubanos que costaba el recorrido del hotel a la Plaza de la revolución. Vano intento.

La pareja subió a la habitación con el diablo a cuestas. Se dijeron de todo. Hasta las más remotas diferencias, que se creían superadas ya por el polvo del tiempo, salieron a relucir aquella tarde habanera. “Hasta aquí llegamos: nos separamos”, sentenció Trillos y bajó encolerizado. Caminó mucho. Se sentó. Volvió a caminar bastante.  Y se dijo que Avianca no tenía por qué acabar con sus 20 años de matrimonio.

Rebuscó en sus bolsillos los restos de billetes que le quedaban de aquel viaje, obligadamente austero. Apartó lo del regreso y se compró una botella del mejor Cuba Libre. Al entrar al hotel, se encontró con que habían organizado una verbena con músicos cubanos en vivo. Entró a la habitación y halló a su mujer como levitando en la tina. Parecía sonámbula. Trató de convencerla para que bajara con él a la fiesta, pero ella no se pertenecía. Llenó un vaso de ron y bajó. Le hizo creer a un mesero que se le había acabado el hielo y le pidió que le renovaran el servicio.  Subió con el vaso sudando. Tuvo que rebuscar las palabras más hermosas de su parlamento de enamorado para convencer a Lucero que se tomara unos sorbos.

Entonces, bajaron ambos, con sus pintas prestadas y cada uno con un  vaso lleno, que Trillos debía subir a llenarlos nuevamente cada cierto tiempo.

Ya hace más de dos meses que regresaron.  Trillos le pasó una carta a Avianca, solicitando una cierta suma de dinero como indemnización. Era lo menos que podían reconocerle, después de semejante odisea, pero no les dio la gana de concedérselo. A los 20 días, lo llamaron para decirle que la maleta había aparecido. Por supuesto, revuelta, con un mazacote de champú, crema dental y colonia mezclada con la ropa: ¡novecientos mil pesos fue lo que le ofrecieron para reparar todo el daño! ¡Miserables! Una empresa de aviación seria y responsable, lo mínimo que les brindara es el viaje de nuevo, con todos los gastos pagos, para resarcir en algo toda esa desventura que les causaron. Así, Trillos podría concretar, incluso, una nueva cita (y cumplirla) con el doctor de la Universidad de La Habana. ¿Sería capaz Avianca de hacerlo? Me gustaría contar la segunda parte (con final feliz) de esta historia.

Yo tengo planes de ir a Cuba con mi señora y mis dos hijas menores ¿Será que nos vamos en Avianca?

En vista de que Avianca no se ha pronunciado sobre este caso, Comarca Literaria insistió con otro artículo: http://comarcaliteraria.blogspot.com/2013/01/avianca-permanece-ciega-sorda-y-muda.html