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jueves, 21 de junio de 2012

Sí hay una Guajira solidaria, afortunadamente


Por John Acosta

La Guajira era sólo un pedazo de tierra que se adentraba al mar como escudriñando, en el vaivén de las olas, los misteriosos mensajes de otros mundos lejanos. Y habitada por gente estupefacta que no lograba responderse todavía qué se había hecho el pasado inmediato de una riqueza efímera, pero ruidosa, que la mantuvo en un estado de éxtasis esquizofrénico. La producción y comercialización de marihuana había pasado como una ráfaga de viento que los mantuvo a todos en el vilo de la opulencia desbordada. Fue una especie de máscara carnavalesca que representó la comedia real de una felicidad sin límites: los envolvió en un limbo de fantasías alcanzables en donde creyeron permanecer hasta más allá de la eternidad.

Pero el ventarrón pasó y los devolvió a su mundo real de personas comunes y corrientes, enfrentadas ahora a los estragos causados por el vendaval de la bonanza maldita. Como si fuera poco ese duro reencuentro con su vida cotidiana, los guajiros tuvieron que vérselas cara a cara con la tremenda crisis del mercado entre Colombia y Venezuela. Era, sin duda, una dura prueba que el destino les atravesaba como castigo, quizás, a los desmanes gloriosos de ese pasado reciente.

Así era el triste panorama a principios de los años 80. Quedaban los inmensos peladeros en los cerros, en donde antes lucían sonrientes los bosques, que fueron devastados para darle paso a la locura desbordada de la mala hierba. Las calles de los pueblos lucían sus locales comerciales con estantes, atiborrados de productos que nadie compraba y con el dueño dormitando sobre el asiento de cuero, en el centro del negocio, cansado de esperar el anhelado cliente que no llegaba. La gente permanecía a toda hora sentada en los parques o debajo de las sombras de los almendros y trupillos que estaban al frente de las casas, tratando de ahogar sus penas en las profundidades de los recuerdos crueles del tiempo de la bonanza.
 
Sólo quedaba eso. Y, gracias a Dios, la poesía. La misma que se metía por las soleras y por las rendijas de las casas con la brisa fresca y suave del amanecer para avisarle a los durmientes que empezaba un nuevo día, se descolgaba por los rojizos atardeceres en la lejanía del horizonte para deleitar las miradas turbias de la gente triste, se manifestaba en las figuras ensoñadoras que formaban las nubes en su deambular por el cielo: aparecía en todas partes hasta llenar a La Guajira entera con el esplendor de su encanto.

La misma poesía que inspiró a los hombres emprendedores a buscar la solución a la crisis que se vivía.

La esperanzadora realidad de los grandes proyectos mineros y energéticos los sorprendió a todos en el marasmo del desconcierto. La escasa capacidad productiva y de oferta de servicios en la región no podía responder a las repentinas y nuevas demandas que generaba la magnitud del inicio de la producción de los grandes yacimientos minerales de la península.

Se necesitaban organismos eficientes que contribuyera a aumentar la producción de la micro y pequeña empresa mediante el fomento y a orientar hacia las nuevas demandas de la economía regional a través de capacitación, asesoría integral y financiación con bajos intereses. Es decir, se necesitaban organizaciones no gubernamentales que llegaran a la gente desfavorecida con planes concretos de financiación para pequeñas unidades productivas, que no podían tener acceso a los bancos y quedaban expuestos a los agiotistas.

Un Comité integrado por la empresa estatal (y ya desaparecida) Carbones de Colombia -Carbocol, la Cámara de Comercio de Riohacha, la Universidad de La Guajira y Planeación Departamental, impulsó la creación de una fundación como  alternativa de solución a los problemas de la época. En esas circunstancias, nació, en 1984, Fundación para el Apoyo Artesanal, Micro empresarial y Comercial de La Guajira, que recibió inmediato apoyo y respaldo de las empresas carboníferas y gasíferas del departamento.

Fue un primer grano de arena que se convirtió en el organismo no gubernamental de mayor proyección social en el departamento. Desde que inició labores en la sede administrativa del Sena, se encaminó a desarrollar su labor encomiable en favor del progreso.

Han nacido otra, que hoy cuentan con un historial de servicio que las han convertido en uno de los pilares del desarrollo de La Guajira. Han logrado realizar convenios con entidades internacionales y estatales para incrementar los programas de beneficios a la comunidad guajira.

Se han dedicado a estimular y apoyar la conformación de Grupos Solidarios de producción entre los sectores de más bajos ingresos, promover la generación de empleos mediante la financiación y diversifi­cación de la pequeña empresa.

La Guajira ya no es sólo un trozo de tierra que penetra al océano. Es también un cúmulo de gente con empuje, que, como la península, mira siempre hacia al norte, buscando los nuevos rumbos de progreso y bienestar que les espera. Falta mucho por hacer, por supuesto. Aún hay mucha pobreza y miseria en La guajira, pero hay que abonarle a estas fundaciones el que sigan contribuyendo a que mucha gente alcance los sueños esperados.