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miércoles, 13 de junio de 2012

Historia cotidiana de una cena desafortunada


Por John Acosta

Los perros miraban con ansia el trozo de carne que Aura tenía en sus manos. La mujer estaba sentada en un asiento de cuero, recostado en la pared de barro rústico de la cocina, abriendo la carne que había comprado esa mañana en el matadero del pueblo. El cuchillo perdía el filo por momentos y Aura lo rastrillaba en la piedra de amolar que tenía a su lado para esos casos de emergencia, y continuaba con su labor feliz de cocinera sin sueldo.

Cortaba un pellejo indeseado y lo tiraba al suelo para que los perros se lo disputaran con las gallinas. De pronto, se acordó de la olla que había dejado en la llave de la mitad del patio para que se llenara. Se colocó sus chancletas de plástico, puso la carne en la ponchera de aluminio y entró a la cocina para colocar el producto sobre el mesón.

La olla estaba rebosante. Aura cerró la llave y regresó a continuar su oficio de mujer hacendosa. Espantó con el trapo de cocina que siempre cargaba en el hombro, a las dos gallinas que se habían subido sobre el mesón a tratar de picotear la carne. "¡SO!", les gritó. Regresó al asiento para terminar de abrir la libra y media de lomo.

Ya había terminado de salar el último pedazo, cuando descubrió una posta olvidada debajo de las porciones que estaban listas. Empezó a abrirla con la destreza adquirida en sus 30 años de matrimonio, pero el dolor en su pulgar izquierdo le puso en evidencia la cortada reciente. "Bendito sea Dios, este porquería de cuchillo para lo único que sirve es para cortar carne humana", dijo. Se llevó el dedo a la boca y chupó su sangre. Buscó entre los utensilios del mesón la lámpara de petróleo que conservaba para las emergencias nocturnas en caso de que se fuera la luz eléctrica. Destapó el tanquecito donde iba el petróleo y metió el dedo herido para que el com­bustible le parara la sangre.

Fue hasta la máquina de coser y rebuscó una tira entre los trapos de la gaveta. Se amarró el cuero seco que había arrancado de la parte de atrás del espaldar del asiento. "Perros, que nada más sirven para vivir atravesados", gritó y se sentó de nuevo a terminar de abrir el último trozo de carne.

LA CENA PARA EL HIJO

El hijo de Aura es celador en una empresa minera. Ella le prepara la cena todos los días para que él se la lleve. Pela las yucas, sentada en el pilón que está tirado al lado de la cocina. Mientras fríe la carne, recoge la ropa que tendió en la mañana en los alambres colgantes del patio. Cuando prepara el arroz, va probando si está bueno de sal con la misma cuchara con que lo revuelve. Lo mismo hace con la sopa. También riega las matas, mientras la llama azul de la estufa de gas hierve los alimentos.

Aura no sabía que los microorganismos (seres vivos no visibles por el ojo humano) se hallan por todas partes: en las paredes, en la manguera con que riega las matas, en el ambiente, en los utensilios que ella guarda a la intemperie en la mesa del patio, en fin. Estos microorganismos también se llaman gérmenes o bacterias y uno solo de ellos se divide en dos cada 20 minutos, de modo que en 10 horas puede haber más de 1.000 millones de gérmenes producidos por uno solo de ellos.

Los gérmenes producen venenos que hacen enfermar a la gente y, a veces, pueden causar la muerte. Si los alimentos no se cuidan adecuadamente, la gente puede ingerirlos contaminados. Aura no sabía eso: desde la carne que saló hasta la ensalada que preparó pudo haber contraído gérmenes.

A las cinco y media de la tarde, el hijo de Aura se fue con su portacomida repleto de alimentos, y a las 3:00 de la mañana se comió el último bocado que había guardado toda la noche. Quince minutos más tarde, despertaron a la madre con la noticia desalentadora: el hijo estaba en el hospital con tremendos dolores de estómago. Afortunadamente, el supervisor pasó por ahí en una de sus rondas habituales y pudo auxiliarlo a tiempo.

COMER BIEN, NO ES COMER DEMASIADO

Al hijo de Aura, el hambre lo hacer sentir impotente ante cualquier actividad que lo desafíe, por más liviana que sea. Y el primer impulso que siente es llenar su estómago vacío con lo primero que se le atraviese. Entonces, va a la tienda más cercana y le da rienda suelta a sus deseos incontrolables o abre desesperado la nevera y busca entre los recipientes tapados el alimento que sacie el hambre de limosnero que lo devora.

Pero no conforme con lo que pudo encontrar en esa búsqueda de locos, destapa cuanto caldero y olla encuentra sobre la estufa. Porque para su mentalidad de comelón insaciable, el único fin es echarle al estómago lo que halla, como quien llena un costal de cachivaches.

Sólo hasta entonces siente que ha comido bien. Pero lo único que ha hecho es llenar el estómago con todo lo que encontró a su paso, sin detenerse a pensar un instante si lo que le dio al organismo fue una comida balanceada o un torrente tóxico.

Ignora que mucho de lo que come puede afectar su estado de ánimo y su estado físico. Su cultura lo ha hecho creer en el error de que estar robustos es sinónimo de buena salud. Le enorgullece cuando alguien, maravillado por su robusta figura dice algo sobre su buena comida.

Pero esa "buena comida" le puede acarrear problemas de colesterol, triglicéridos, diabetes, etc. que afectarán enormemente la salud. Comer bien, no es comer en exceso.