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jueves, 26 de abril de 2012

Un estudiante pobre que no le dio la gana de marcharle a la violencia


Por John Acosta

Todavía recuerda su viaje incierto a Pereira, la capital del remoto departamento de Risaralda, enclavado en el corazón de los Andes colombianos. Había salido de Riohacha, capital del caribeño departamento de La Guajira, con 170 mil pesos en el bolsillo y su alma preñada de sueños. Se fue por Medellín. A sus 17 años, no conocía sino hasta Montería: "Iba a ciegas", diría después. Cuando llegó a la terminal de transporte de la ciudad cafetera, se sintió el hombre más solo del mundo. Al subirse al primer taxi que encontró, el conductor lo vio por el espejo y tuvo que darse cuenta de la cara de angustia porque le preguntó para dónde iba con voz de lástima. No sabía qué responderle, pero debía hablar enseguida. "Para el centro", fue lo único que se le ocurrió decir.

Se bajó en el parque El Lago. Y no había terminado de descargar su maleta recién comprada en Maicao, en su lejano departamento de La Guajira, cuando escuchó el grito salvador: "Nojoda, Rafa, ¿y tú qué haces por aquí?", le dijeron. Y el viejo amigo riohachero le dio el abrazo de rigor al paisano recién llegado.

Rafael Alfonso Solano Magdaniel se había graduado un año antes, en 1988, con todos los honores que pueda recibir un buen estudiante."Pero nada de plata para seguir estudiando", decía. Conoció medio país mediante el programa Bachilleres por Colombia, con el que la estatal Ecopetrol premia al mejor bachiller de cada departamento para conocer todo el proceso del petróleo. Al regresar a su casa, encontró un telegrama en el que la Gobernación de La Guajira le decía que debía presentarse a una ceremonia para condecorar a los mejores bachilleres de cada municipio: le impusieron la Orden "Andrés Bello".
Se había propuesto ser el mejor de su colegio para ganarse los 70 mil pesos que la Junta de Padres de Familia del plantel otorgaba como auxilio para iniciar los estudios universitarios. Sabía que lo lograría porque estaba acostumbrado a ocupar el primer puesto, desde que hizo su kinder en el colegio Mi edad de oro, de Valledupar, la capital del vecino departamento del Cesar, adonde se había ido a vivir porque su padre, que comparte su nombre, consiguió trabajo en esa ciudad.
En 1983, Rafael Alfonso se fue a estudiar a Lorica, en el también caribeño departamento de Córdoba, aunque bastante alejado de su Guajira. A su padre lo trasladaron para esa localidad de Córdoba. Y desde que llegó al Colegio Departamental de Enseñanza Media y Carreras Intermedias Lácides C. Bersal (el mismo que inmortalizara El Flecha, personaje del escritor David Sánchez Juliao, cuando dijo que "Tronco e nombre pa tres salones"), Rafael impuso su norma: se ganó la beca al sacar la máxima nota en el examen de admisión que estaba programado para dos horas y que él hizo en 40 minutos.
Regresó a Valledupar en 1984, pero por poco tiempo: su madre, Reyes Magdaniel, a quien bautizaron con nombre de hombre porque nació el 6 de enero, estaba desesperada por regresar a su natal Riohacha. En 1985, Rafael Alfonso ingresó al Colegio La Divina Pastora, de la capital guajira y desbancó de una al estudiante que venía ocupando, desde el inicio de su bachillerato, el primer puesto en ese plantel.
Después de recibir todos los honores, Rafael Alfonso se impuso la tarea de ser un profesional. Consiguió una beca para el primer semestre en una universidad de Medellín, la capital del departamento de Antioquia, también enclavado en los Andes, pero la perdió porque no le había salido la Libreta Militar. El Icetex, que es el instituto oficial encargado de otorgar créditos para estudios en Colombia,  le gestionó una beca para estudiar en Alemania: tampoco pudo irse porque era menor de edad. Entonces, metió papeles en el mismo instituto para estudiar una carrera de ingeniería en Colombia.
Cansado de esperar respuesta, se fue a Paraguachón, en la frontera con Venezuela, a rebuscar plata cambiando bolívares bajo la canícula del sol peninsular. También le servía de mensajero a su padre, quien había montado una droguería en ese lugar. Allá, envuelto en el calor fantasmal de La Guajira de siempre, Rafael Alfonso recibió la ansiada respuesta del Icetex: un fondo educativo que el instituto administraba fue su salvación.
Se trataba del Fondo Educativo Luis A. Robles, creado en 1985, para ayudar a salir del marasmo a la educación guajira. Uno de los programas del Fondo era, precisamente, la ayuda para que el bachiller guajiro de escasos recursos pudiera realizar sus estudios universitarios.
Rafael Alfonso se aferró a aquella respuesta alentadora. Agarró los 70 mil pesos que recibió de premio el día de su grado y los cien mil más que había ahorrado durante los seis meses de trabajo en la frontera. Llegó a Pereira a estudiar Ingeniería mecánica en la Universidad Tecnológica. En esa ciudad, lo conocí, cuatro años después, detrás de un computador del Concejo Municipal, sistematizando la corporación legislativa local, cuando trabajé como redactor política en diario de esa ciudad. Eso me sirvió de pretexto para ocupar media página de la sección política del periódico pereirano, donde yo trabajaba entonces, y aliviar por ese día la angustia rutinaria de llenar una página diaria de noticias fabricadas.
En diciembre de 1995, su alma dio a luz a su gran sueño realizado: se graduó como estudiante distinguido, gracias a la tranquilidad de contar siempre con los giros oportunos del Fondo Educativo. El primero de mayo del año siguiente, inició su labor como instructor de hidráulica en el Sena Industrial de su Riohacha querida. Y desde ahí no puede evitar los recuerdos del día que se bajó del taxi más solo que nunca en pleno parque El Lago de Pereira.
 Publicado en la revista Rumbo Norte, número 19, agosto de 1996