Buscar este blog

jueves, 20 de octubre de 2011

La alegría provinciana en la mina a cielo abierto más grande del mundo

Por John Acosta
Eran las tres de la tarde. Los junter0s no se reponían aún del sopor de esa hora del día. Había caído en aguacero a las once de la mañana. Pero el calor era superior a cualquier artificio de la naturaleza. Algunos burros trataban de pastar en las sabanas del pueblo. Las jovencitas, recién levantadas de la siesta obligatoria, se asomaban por las ventanas de sus casas. Miraban la soledad de la calle de arriba a abajo. Y se volvían a acostar esperando un rato más propicio para sentarse, arregladas, en el sardinel de sus viviendas. La última camioneta que llevaba pasajeros a San Juan del Cesar empezó a pitar por las calles. Tres visitantes casuales se subieron. La gente salía a las puertas a ver quién iba a viajar. Al pasar frente a su casa, José Jaime Daza Hinojosa chifló al chofer. La camioneta se detuvo. "¿Ya vas saliendo?", preguntó José Jaime. "Claro. Súbete", respondió el conductor. José Jaime vio a los tres pasajeros. Sabía que el carro no salía hasta que no estuviera con el cupo completo. "No, yo no me voy a emborrachar dando vueltas contigo. Cuando vuelvas a pasar me subo", dijo. "Entonces te vas a quedar", sentenció el chofer. José Jaime Daza Hinojosa se subió. La camioneta siguió levantando polvo por las calles. Recogió dos pasajeros más. Cruzó el río que divide al pueblo. Llegó a la casa de Chave Torres, la curandera que hace volver maridos escapados. Había una mujer de aspecto sombrío. Una de las hijas de Chave Torres salió a la puerta. "Todavía no han terminado de hacerle el trabajo a la señora. Date otra vueltica", dijo. La camioneta arrancó.



Unos niños jugaban fútbol en la mitad de la calle. Hicieron a un lado las cuatro ramas secas que servían de arco para que el carro pasara. Las volvieron a enterrar en la arena humedecida y reiniciaron el partido. La camioneta iba despacio. Pitaba. Las gallinas que picoteaban en los lotes sin dueño se espantaban. José Jaime miró el reloj. Las tres y cuarto. Llegaron a donde Toya, la señora que echa la suerte. Tres pasajeros se embarcaron. Cruzaron de nuevo el río. Pasaron otra vez por frente a la casa de José Jaime. Desde allá, Yiya saludó angustiada a su hijo. Lo compadeció. El carro perdió esa vuelta: no recogió nada. Regresó a la casa de Chave Torres. La señora sombría lo esperaba. José Jaime sacó la mano para despedirse de los visitantes pueblerinos que empezaron a llegar a su casa a pasar el resto de la tarde hablando cuanta cosas se les ocurriera. En la salida del pueblo, se subió un último pasajero. La camioneta subió la loma que estaba en la entrada de La Junta. Y se internó en la carretera polvorienta.

Antes de llegar al corregimiento de La Peña, se tropezaron con un vaquero que llevaba sus reses del potrero al corral de su casa para ordeñarlas en la madrugada. El carro tuvo que andar despacio hasta que los animales pasaran. José Jaime Daza se rascaba la cabeza. Tenía que llegar a San Juan del Cesar, tomar la ruta urbana que lo llevaba hasta el parqueadero, de donde salían los buses que lo transportaban a la mina carbonífera de El Cerrejón. No tenía que trabajar esa noche. Pero debía salir un día antes de La Junta si quería estar a las seis de la mañana montado en su camión. Siempre era así, desde el 14 de abril aquel en que llegó por primera vez a la empresa. Tenía turno 4x4 y apenas pasaba dos días en su casa. Sus compañeros de trabajo lo molestaban porque no sabían que si se quedaba en el campamento el día en que salía a descanso era porque a las ocho de la noche no encontraría en San Juan un carro que lo llevara a su pueblo. Y si llegaba a la mina antes de que se le cumpliera el turno era porque no había en La Junta un vehículo que lo llevara a las tres de la mañana a San Juan.

Ese día de calor, la camioneta se pinchó en la mitad del camino. Los pasajeros se bajaron angustiados. Las mujeres se protegieron del sol bajo la sombra de un palo de higuerón que el destino había plantado justo allí para aliviar las amarguras de aquel viaje penoso. Los hombres trataron de colaborar todos al mismo tiempo. Daban órdenes acá y allá. Lo que consiguieron fue enredar más el asunto. Hasta que el dueño del carro se exasperó. "Váyanse para donde están las mujeres que yo arreglo solo mi problema", dijo. José Jaime Daza Hinojosa estaba acostumbrado a aquellos trotes. Cuando no era un pinchazo, era alguna varada imprevista o una apagada del motor por falta de gasolina. Entonces, debían esperar a que pasara un carro conocido que prestara el combustible o cualquier llave para arreglar la pieza averiada. Ese día habían estado de buenas: el chofer tenía llanta de repuesto. Sin embargo, las cosas no quedarían ahí. Cuando llegaron a San Juan del Cesar, la camioneta no pudo entrar a la cabecera municipal. El río Cesar estaba crecido. El conductor se bajó. Caminó hasta la orilla. Miró por unos minutos el agua revuelta que corría desaforada. Volvió hasta su vehículo. Se paró en la parte de atrás de la carrocería. Y cubrió a los pasajeros con el manto cristalino de su mirada. "El que quiera llegar al otro lado, bien pueda comenzar a nadar porque mi carro no lo meto ahí ni de vainas", dijo. De modo que a José Jaime le tocó fletar un carro, a las dos y media de la madrugada del día siguiente, desde La Junta a San Juan del Cesar.

La otra cara

Siempre había soñado con comprar un carro. Desde mucho antes de la vez aquella en que viajó a Riohacha en la camioneta de cuatro puertas de su cuñado. Había terminado su bachillerato en el antiguo colegio departamental El Carmelo, de San Juan del Cesar. En su época de estudiante, se hablaba ya de un megaproyecto que se construiría en la Zona Norte de El Cerrejón. Pero eso no le sonaba. José Jaime quería seguir estudiando. Habló con un tío que era dueño de un colegio de bachillerato en Valledupar. Claro, tío Pello lo ayudaría. Le consiguió un trabajo en la Olímpica de esa ciudad. Debería laborar durante el día para estudiar por la noche en la Universidad Popular del Cesar. Ese mundo frío de verduras de supermercado no le gustó. Regresó a La Junta, su pueblo añorado.

Todas las mañanas cruzaba medio pueblo, en pantaloneta, sin camisa, con chanclas de plástico y una toalla colgada al cuello, rumbo al salto a enamorar las jovencitas del pueblo que bajaban a bañarse al río. En la tarde, caminaba de casa en casa, se recostaba en un asiento de cuero a hablar diabluras con los que llegaban detrás de él. Terminaba en las noches, sentado en una silla del parque, lanzando al aire las canciones vallenatas de moda, en coro con sus amigos de pandilla. Resultó el viaje casual a Riohacha. Al pasar por Barrancas vio una fila de jóvenes frente a una oficina. Le causó curiosidad. Pararon. Alguien les dijo que estaban entregando los formularios de solicitud de empleo para ingresar a El Cerrejón Zona Norte. José Jaime Daza Hinojosa pidió el suyo. Lo llenó en Riohacha, mientras el cuñado hacía sus diligencias. Y lo entregó al regreso, en la tarde, cuando volvía a su pueblo. Ese acto imprevisto le daría el carro soñado.

Lo compró con el bono que le dio la Compañía en el programa de retorno al hogar. Era una camioneta con carrocería de madera que adquirió con la intención de llevar leche desde La Junta hasta San Juan del Cesar. El negocio no dio resultado. Sabía de sobra que no podía darse el lujo de tener un carro únicamente para transportarse: el vehículo debía dejar alguna utilidad económica. Vendió la camioneta. Negoció una "Ford 100" que su antiguo dueño tenía para transportar pasajeros de Fonseca a San Juan del Cesar. Fue uno de los grandes aciertos de su vida. Ya para entonces, vivía en el pueblo otro operador de camiones que también poseía un carro. Los dos amigos tenían la misma jornada de trabajo. Y empezaron a viajar a la cabecera municipal, a coger el bus de la Empresa, el uno en el carro del otro, de acuerdo al turno salomónico que ellos establecieron. José Jaime Daza Hinojosa puso su "Ford" a llevar pasajeros de La Junta a San Juan.

 Locutor del dieciséis

Son las cinco y media de la tarde. El sol se torna débil, rojizo. Va cayendo lentamente detrás de las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Una nube gigante cruza el cielo despacio, interrumpiendo por un instante la agonía del astro rey. La pala eléctrica número 12 hunde su cuchara inmensa en el material estéril, removido en el nivel 55 del pit sur. El "Wabco" número 022- 065 se mueve al sentir el peso de las primeras cincuenta toneladas. José Jaime Daza Hinojosa, el operador del 065, espera paciente las otras dos cucharadas. Mira por la ventanilla izquierda de su cabina. Un "Euclid" pasa a esperar el turno de cargue. El operador le hace una señal a José Jaime, en forma de saludo. El juntero sonríe.

José Jaime Daza sintoniza el canal 16 de su radioteléfono. Es el suyo. Por medio de él, los operadores habilidosos comentan sobre música, política, deporte, literatura, hablan de las festividades patronales de sus pueblos. Desde su escondite con aire acondicionado, un operador lanza un verso de cuatro palabras. Otro le contesta. Se arma entonces la piquería por radioteléfono. Los demás operadores aplauden cada uno desde sus cabinas. El' 'Wabco'' 065 sube el tajo con su carga estéril. Es el viaje número 23 del día. José Jaime opera feliz, mientras escucha la disputa lírica de sus dos compañeros. Los aplaude. Los anima. Los verseaderos terminan su "show" imprevisto. Suena una linda canción vallenata. Una voz conocida interrumpe el tema musical. "Atento, Jota Jota". José Jaime sabe que es con él. "Sigue Javier, sigue", contesta. "Oiga, gerente del canal 16, de quién es esa hermosura que está sonando", dice de nuevo la voz. Entonces, José Jaime empieza a hablar. Dice el título de la canción, el autor, el intérprete. Habla del tema, del pueblo del autor. Llega al botadero. Y sigue hablando. Contesta con señas el saludo del operador de un tractor que empuja el material de los botaderos.

Los inicios

En la soledad de su cabina, Jota Jota -como popularmente lo llaman sus compañeros- recuerda la vez aquella en que le llegó el telegrama. Estaba en Patillal, Cesar, tierra de compositores, haciendo un trabajo oficial. Yiya, su madre, recibió por la noche el mensaje de Intercor, la empresa operadora de la mina de carbón, donde citaban a su hijo para el día siguiente. Esa noche, ella no pudo dormir de la angustia. A la cinco de la mañana se levantó. Buscó a Lucho, el esposo de la Negra Gutiérrez, para que fuera en su moto hasta Patillal a llevarle el telegrama a José Jaime. Lucho cortó la brisa fría de la madrugada por la trocha húmeda con el rocío mañanero. Se echó quince minutos en el recorrido. José Jaime Daza Hinojosa pudo cumplir la cita. Le hicieron el examen psicotécnico. A los ocho días lo llamaron para la entrevista. Para esa época, la magnitud de las obras del Complejo Carbonífero tenían una bien merecida fama regional. Y trabajar en la Zona Norte de El Cerrejón era, desde entonces, un orgullo para cualquier provinciano. El juntero lo logró. Recuerda los dos meses en el campamento de Tabaco. Las barracas compartidas y ventiladas con abanicos del primer campamento en la mina. La mamadera de gallo con su compañero de cuarto. El calor nocturno y las picaduras de zancudos cuando le escondían el abanico. Todo valió la pena. Con su trabajo ha mejorado la vivienda de sus padres, compró algunas cabezas de ganado, acondicionó "El Tamaco", la parcela de su padre. Y ha sido feliz con sus amigos en las parrandas gloriosas de su pueblo.

Publicada en el número 6 de la revista especial Intercor en su manos, agosto de 1992