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lunes, 1 de agosto de 2011

No tengo lápiz

Por John Acosta

Son las seis y media de la mañana. El sol fonsequero se ha levantado a cubrir el municipio con su brillo intenso. Ni una sola nube en el cielo: otro día más de calor. Ada Luz espera un carro parada ahí, en la avenida principal del municipio de Fonseca, en el departamento de La Guajira. Viene un taxi de los que viajan a San Juan del Cesar. Le extiende la mano. Nada. No se detuvo: iba con el cupo lleno. Cinco minutos más. Y pasa un bus. El ayudante se para en la puerta. «¿Para dónde va?», le pregunta. Ella teme que no la recojan. «Para adelante», responde. Y se sube.


Va para la Escuela Rural Mixta de La Ceiba. Veinticinco niños la esperan para recibir sus conocimientos. Es la Directora General y Maestra Seccional. Fue profesora en Riohacha, la capital del departamento, durante diez años. Pero «mi hogar está en Fonseca. No conseguí traslado para la zona urbana. Y me fui para la zona rural. La Ceiba es un caserío que pertenece al municipio de Fonseca. Está compuesto por una comunidad de unos cincuenta hogares, la mayoría indígenas. Las casas son retiradas entre sí».

El bus pasa por Distracción. Y se interna de nuevo, carretera arriba, entre potreros áridos.
Ada Luz pide la parada. Se baja allí, justo frente a la trocha que se desprende del pavimento.

Mira el reloj. Faltan cinco minutos para la siete. Empieza a caminar: le esperan dos horas en ese ajetreo. Ni una sombra en el camino donde descansar. Ni una casa donde pedir agua. Un señor se acerca en su bicicleta con un cerdo en la parrilla: lo va sacrificar para vender la carne en Fonseca. «Buenos días, seño», dice. «Buenos días», responde ella. Y sigue. El sol se vuelve más sofocante. Dos lagartijas cruzan el sendero polvoriento. Ada Luz empieza a sudar copiosamente.

Hacía un año que estaba trabajando en La Ceiba. Su esposo, un arquitecto fonsequero, la va a llevar en su carro cuando el trajín de su oficio se lo permite. Ese día, él estaba inspeccionando una obra en otro pueblo de La Guajira. Sin embargo, a ella no es la primera vez que le toca caminar para ir a cumplir su deber de orientadora escolar. Ni será la última: «Uno no puede faltar. La ausencia del profesor hace que los niños se retiren. Se van para sus casas. 'No, la maestra ya no viene', dicen. Entonces, no puedo dejar de venir, ni siquiera dos días, porque me toca ir a sus hogares a convencerlos de nuevo para que regresen a la escuela».

Ya son las ocho y cuarto: más de una hora de camino. La profesora Ada Luz Fernández Suárez llega al criadero de iguanas que el Inderena, junto con otras instituciones, instaló a un lado de aquella vía. Calma la sed con un vaso de agua que le dan. Y prosigue.

Adelante se encuentra con un charco inmenso en la mitad de la carretera: anoche cayó uno de esos raros aguaceros que visitan a La Guajira de vez en cuando. Hace pininos para pasar por una orilla, agarrada de los alambres de púas de la cerca. Un zapato se le queda atascado entre el barro. Lo saca y lo limpia en el tronco de un «trupío» seco. El sol quema más que nunca, a pesar de la lluvia nocturna. Un vaquero viene a caballo: había terminado de ordeñar y lleva los animales al potrero. Ada Luz da la espalda muerta del susto ante el desfile de inmensos cachos que se le acerca. Con los ojos cerrados por el miedo, espera la fatídica corneada. «¿Cómo amaneció, profesora?», escucha el saludo del vaquero. La profesora deja vislumbrar una sonrisa en su rostro sudoroso. «Bien, gracias», responde. Y otra vez la soledad del camino. Las aves de la especie «turcutú», que sólo se encuentran en La Guajira, la acompañan con el canto sonoro que hace honor a su nombre popular.

Los estudiantes de La Ceiba son, en su mayoría, niños wayúu. «Los alumnos acá estudian porque uno va de casa en casa, como si vendiera un producto, y los recoge. Llego y les digo: '¿Aquí no hay muchachos que estudien?' 'Sí, hay tantos'. 'Bueno, vamos a matricularlos'. ' Ay, pero yo no tengo plata para los libros'. 'No se preocupe: lo importante es que estudien'. Y uno carga con todos. Y cuando faltan dos, tres días, me voy a sus hogares. '¿Por qué no vas?' 'No tengo lápiz'. 'Yo te doy el lápiz'. Les doy confite. Los premio para que vayan a la escuela. Y los viernes, cada quince días, hacemos una fiesta. Ellos se entusiasman mucho. Cocinamos, caminamos, nos tiramos al suelo, subimos lomas, cogemos animalitos, los soltamos. Hacemos deporte».

La escuela, al fin. Faltan diez minutos para las nueve. Ada Luz se sienta sobre una de las llantas que semienterraron al frente para que los niños jugaran en recreo. La brisa la envuelve para refrescarla. Saca una toalla de mano de la cartera. Y se seca el sudor. Ese día viajó sola. Otra compañera, que también vive en Fonseca, la acompaña en su andar de maestra responsable. Y una tercera que vive en El Paraíso, un pueblo cerca a La Ceiba, ya estaba en su curso. Cuando vio llegar a Ada Luz, se asomó a la puerta. «Ajo, mija, ¿y el niño?», le grita a la recién llegada en forma de saludo. «Ahí, en la casa. Está bien», le responde Ada Luz con la voz trémula por el cansancio.

El niño tiene tres meses. No lo lleva a la escuela «porque va a ser un problema: me dedicaría a atender a mi hijo y no a mis alumnos». Bastante la había acompañado en sus correrías cuando aún estaba en su vientre hinchado. Muchas veces le tocó hacer el mismo recorrido de ese día en los últimos meses de su embarazo. «La gente se quedaba aterrada de verme tan barrigona y caminando con semejante sol. Entonces me gritaban: '¡Seño, no se vaya, que lo va a echar en el camino y después qué vamos a hacer sin usted'. Sí, me decían que no fuera loca, que cómo andaba por esa trocha en ese estado, que primero mi vida, que ellos me querían buena».

La profesora Ada Luz Fernández Suárez empieza a transmitir su clase. Sus alumnos le prestan atención. A las doce termina. Y emprenderá el viaje de regreso con el ardiente sol del medio día a cuestas. Y la esperanza, casi siempre trunca, de que pase un «chance» y la recoja.

Pero con la satisfacción infinita del deber cumplido.

Crónica publicada en el boletín informativo Zona Norte, número 28, agosto de 1991.