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viernes, 21 de septiembre de 2007

Las primeras punzadas de la muerte

Al viejo Tone,
allá donde esté,
si es que se encuentra en alguna parte.

I

Estoy muerto. Desde el interior oscuro de mi ataúd oigo las risotadas de los asistentes a mi velorio. Siento el ardor consecutivo de las múltiples miradas de curiosos que se disputan a empujones disimulados el privilegio de ver mi rostro a través del pedazo de cristal que tiene la caja en la tapa. "El pobre: quedó igualito", escucho. Y trato de imaginarme la rigidez de este cuerpo inerte. Los ojos cerrados, claro. La clásica tira de trapo negro amarrada desde la barbilla hasta la cabeza, como el cordón que sujeta el sombrero de los vaqueros, para cerrar mi boca, abierta por el estupor de la muerte. Los cuatro topitos de algodón, untados de formol, tapándome los orificios de la nariz y los oídos. La misma indumentaria de los muertos de este pueblo.

Son las diez de la mañana. Lo sé por el ambiente de bochorno que circunda en la atmósfera. El calor se hace más espeso a medida que entra la gente a la sala. Los gritos de Elisa, mi mujer, exaltando cada una de mis cualidades de marido ejemplar, en medio de su llanto desconsolado, ahogan el alboroto de las mujeres voluntarias que llegaron a preparar el tinto y la bebida de hierbas medicinales en el fogón de leña roja que está en la mitad del patio. El intenso olor a formol que quedó impregnado en el ambiente, después de que prepararon mi cuerpo, se disipó en el aire, a donde ascendió tal vez en busca de mi alma para impedirle que llegara al cielo.


Los hombres, sentados en las bancas traídas en la camioneta azul del profesor Martínez desde el salón comunal donde el pueblo realiza sus verbenas bailables, empiezan a organizarse en grupos debajo de la sombra de los palos frutales sembrados por mí en el patio de la casa. Otros se sientan en la calle destapada y polvorienta. Todos con la misma intención: reír con las ocurrencias espontáneas de quienes se disputan en el pueblo el honor de ser los mejores cuentachistes de velorio. Desde la soledad apacible de este féretro escucho sus carcajadas. Y el consiguiente regaño de sus mujeres, que tienen que abandonar su indeclinable labor de acompañamiento de viudas y de huérfanos en la sala fúnebre para salir a callar a sus maridos que "no les da pena, carajo, mortificar la tranquilidad del difunto, sabiendo que en vida fue amigo de ustedes".

Es el ajetreo normal de mi propio velorio. Yo lo asumo así, con la serenidad de quien le tocó el turno, después de haber hecho y vivido durante tanto tiempo lo mismo que mis amigos hacen y viven en estos momentos.

La verdad hay que decirla: qué rara circunstancias esta de estar recién muerto. Uno va aprendiendo a meterse en todo, hasta en la conciencia de la gente para ver qué y cómo piensa y uno termina compartiendo con la persona esos recuerdos de tiempos, marchitos ya por el transcurrir de la vida. Descubre uno cómo lo primero que hacen los amigos contemporáneos es recordar la niñez compartida en estos parajes del alma. Cuando el pueblo apenas se estaba erigiendo así mismo, con la partipación de todos y los muchachos éramos felices con ayudarle a los adultos en la construcción de nuestro mundo. La vida era tan nueva y avanzaba con tanta rapidez, que nadie se acordaba de inventar cosas para entretener a los niños. Es que no había para qué: los menores vivíamos muy concentrados en nuestras labores cotidianas como para pensar en recrear fantasías con juegos infantiles. Todos teníamos que ocupar el tiempo en concluir el mundo que apenas iniciaba. Y los pequeños manteníamos atareados en ayudar a los adultos para darle forma entre todos a los detalles de la vida porque la existencia para nosotros era muy nueva. Hacíamos ollas de barro para el arroz o cazuelas para cuajar las arepas; jarros de arcilla para el café, cucharas de totumo para tomar la sopa y paletas de palo para menear el sancocho. Todavía no se conocía el dinero porque no lo necesitábamos: todo lo proporcionaba la naturaleza. Los ricos lo eran porque tenían más tierras y ganados, pero no porque tuvieran dinero en efectivo, ni aparatos raros.

En la mañana nos levantábamos temprano y veíamos a la mamá prender el fogón para todo el día, después de barrerle la ceniza con la escoba que los muchachos fabricábamos con matas silvestres recogidas en los potreros. La madre cogía la mecha de algodón que encendía con las chispas de la piedra negra o piedra de candela que se raspaba con un pedazo de hierro. Entonces prendía las astillas resecas que nosotros amontonábamos mientras cortábamos la leña y, cuando la llama empezaba a crepitar de alegría en medio del frío de las cuatro, la madre metía al fogón los trozos de leña roja, que era como le gustaba a ella para que echara mucho humo. El fogón debía permanecer con sus brasas rojas hasta el anochecer para poder prender con ellas las velas de cebo con que nos iluminábamos la existencia. Íbamos al corral a ayudarle al papá a ordeñar las vacas, bajábamos al río a traer agua en barriles para el uso doméstico. Eran oficios de muchachos. Y lo hacíamos todo con la inocencia natural de las personas montunas: recuerdo que si algún adulto nos preguntaba por dónde nacíamos los humanos, nosotros, ya adolescentes, alzábamos un brazo y respondíamos “por aquí”, señalando las axilas.

Ahora estoy muerto. Arrugado y con canas: gracias a Dios morí de viejo, como se moría siempre en este pueblo, antes de que la plaga actual que nos cayó revertiera ese proceso y nuestros muchachos de ahora sucumbieran bajo las balas asesinas. Hoy presencio mi propio velorio, con la tranquilidad de quien falleció cuando tenía que hacerlo y no obligado por las circunstancias. Y soy feliz de participar con los vivos los recuerdos de ellos en torno a lo que compartimos juntos, aunque ni siquiera se imaginan que es así.

Una de las evocaciones más frecuentes fue cuando fuimos al primer día de clases. Acabábamos de construir la escuela de barro y techo de paja y el día anterior había llegado la profesora, a caballo desde San Juan del César, que aún sigue siendo la cabecera municipal, a dictarnos clases a sus alumnos. Ninguno de nosotros fue al salón en la fecha prevista, ni a la siguiente. De manera que le tocó a la maestra ir de casa en casa y preguntaba “¿aquí no hay muchachos que estudien?”, “sí, hay tantos”, “bueno, vamos a matricularlos”, “ay, pero yo no tengo plata para los libros”, “no se preocupe, lo importante es que estudien”. Y cargaba con todos. Cuando faltábamos dos, tres días se iba de nuevo a nuestros hogares, “¿por qué no vas?”, “no tengo lápiz”, “yo te doy el lápiz”. Nos daba confites, nos premiaba para que fuéramos a estudiar. Se iba los viernes en la tarde para su tierra y regresaba los lunes en la mañana. El viaje era a caballo, por supuesto. Aún así, ella no fallaba nunca: “si me faltan viniendo yo siempre, ¡cómo será el día que yo les falle!”, nos decía. Ni siquiera dejó de venir estando embarazada. La gente se quedaba aterrada de verla tan barrigona y montando más de dos horas a caballo con semejante sol encima, dos veces por semana. “Seño, ¿por qué vino?”, “seño no se vaya, mire que lo va a echar en el camino y después qué vamos a hacer sin usted”. Le decíamos que no fuera loca, que cómo andaba por esa trocha en ese estado, que primero estaba su vida y la de su hijo, que todos en el pueblo la queríamos buena. Pero no nos hacía caso; incluso, dio a luz en las vacaciones de final de año.

Elisa y yo, junto con la romería de primos, estudiamos en la misma época con esa profesora, Ada Luz recuerdo que se llamaba. Hicimos hasta cuarto año de primaria.

II

Morí en la madrugada. A las cuatro y media, creo. En esos momentos uno pierde la noción del tiempo. No sé cómo sucedió. Recuerdo que en medio de la confusión terrible de los males acrecentados por la vejez, sentía la ternura de los callos que Elisa, mi mujer, tiene en sus manos. Ella me untaba no sé qué cosa en todo el cuerpo. Experimentaba un esporádico y ligero alivio en fracciones de segundos, no tanto por la efectividad y el cariño de los remedios caseros como por la certeza de sentirme amado en medio de los confines misteriosos de la muerte.

De pronto, hubo un instante de quietud absoluta. Un momento fugaz. Dejé de sentir para siempre el contacto cariñoso de mi mujer. Desaparecieron todas las dolencias. Me sentí liviano, feliz, despojado, lúcido. Ya no sentía la pesadez de mi cuerpo. Ni frío ni calor: sólo veía que hacía frío o calor. Empecé a escuchar los llantos de Elisa. Y me sentí llenando todo el cuarto; después, toda la casa y el patio y la calle y todo. Dejé de ver lo físico: sólo percibo su presencia a través del ruido y de su olor. En cambio, miro el tamaño y la forma de lo intangible.

Fue una muerte natural, repito. A esa hora, empezó el ajetreo de mi propio velorio. Elisa le subió la mecha encendida a la lámpara de petróleo, que ella solía bajar al acostarnos para no apagarla del todo y poder utilizarla en una emergencia: nunca perdió esa costumbre, ni siquiera después de que pusieron la interconexión eléctrica. En medio de su llanto, le daba órdenes a Manuela, la mujer del único hijo de ambos que no salió del pueblo a buscar una mejor vida en otras tierras.

La gente del pueblo, que a esa hora iba al matadero a comprar la carne, escuchaba los gritos de dolor de Elisa, mi mujer. Manuela debía interrumpir sus quehaceres mortuorios para atender, desde la puerta semiabierta, las curiosidades de mis paisanos pueblerinos. Así, dejaba de buscar las sábanas blancas y almidonadas que mi mujer había guardado bajo llave y con tanto recelo en el único baúl de madera que tenía la cerradura buena, y abría la puerta de la sala para responder siempre la misma pregunta: "¿Qué pasa?". Con la misma frase: "Nada. Que el señor Antonio se murió". O dejaba de limpiar mis zapatos de charol, de rebuscar entre los baúles viejos el traje de lino blanco que hacía mucho tiempo dejé de usar. Era el disfraz con que debían enterrarme. Y todo lo hacía envuelta en la luz amarillenta y débil de la lámpara de petróleo. Y con el deber de la nuera servil que debía hacer la última caridad por su suegro.

Tres golpes en la puerta del patio interrumpieron de nuevo el quehacer mortuorio de Manuela. Mi nuera, abrumada por los lamentos de mi mujer, fue a ver quién tocaba. Y ahí, de pie, envuelta en la penumbra de la luna de las cuatro y media, estaba Grimalda, la hermana mayor de Manuela. "¿Qué es lo que pasa aquí, ¿cuál es el alboroto?", preguntó la recién llegada. Menuela no esperó a que su hermana terminara su interrogatorio: se le abalanzó enseguida dando los alaridos comunes en estos casos de muerte. "Ay, Grimalda, se murió el pobre don Antonio y tan bueno que era", gritaba.

Grimalda la paró en seco. Se quitó de encima los brazos de ella y la apartó de su lado. "Ve, Manuela, yo no he venido a llorar. Yo vine a buscar unos huevos para Rafael Teodoro que se va ahorita para la finca", le dijo con su sinceridad habitual. "Si quieres me esperas y vengo más tarde para que echemos una lloradita. O sino, te jodes", le remató y partió refunfuñante. Apenas alcanzó a dar tres pasos, cuando se acordó de algo. Dio media vuelta y se encontró de nuevo con el rostro desencajado de Manuela. “Además, tengo que ir más tarde a La Peña a comprar unas tinajas. Así es que me sirve el tiempo”, dijo y salió por el portón trasero: se fue sin los huevos para su marido.

Los perros ladraban a los caminantes del matadero. Los gallos empezaron a interpretar su sinfonía mañanera. Conocí el tamaño del bramido de las vacas que ordeñaban en los corrales del pueblo. Hubiera sido una mañana común y corriente si no hubiese ocurrido lo de mi muerte. Los que no pasaron por la calle de mi casa, se enteraron de mi fallecimiento en medio del olor de la carne recién cortada del matadero. Y llegaban a sus hogares con el dejo angustioso de quienes portan la mala noticia del día. O de la madrugada. Entonces, la mujer que asaba las arepas de queso en las brasas enrojecidas, o el marido que limaba su machete, preguntaba: "¿Qué es lo que pasa, carajo?, ¿qué es ese alboroto?". "Nada. Que por fin se murió el viejo Antonio", respondía el recién llegado, mientras ponía la mochila de fique con la libra de costilla y la libra y media de lomo fino sobre el mesón de barro de la cocina. “Bueno, Rogelio debe estar feliz”, decía sonriente el que estaba en casa, con la manía afortunada de la gente de este pueblo de untarle humor hasta la más grande de las desgracias.

Al poco rato de mi muerte, vinieron las primeras voluntarias a colaborar con los oficios de mi velorio. Lo primero que hicieron fue armar mi tumba. Cubrieron con una sábana blanca la mesa del comedor de cuatro puestos que yo le había comprado a Elisa, mi mujer, cincuenta y dos años atrás. La pusieron frente a la pared de la sala que habían adornado con otra sábana almidonada, a la que le cosieron, con hilo blanco, una cruz de tela negra en el centro. Sobre la mesa colocaron el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, que decoró la sala por muchos años, dos veladoras, un frasco de cristal con flores naturales cortadas de urgencia en los jardines del pueblo y un vaso de agua para que yo saciara mi sed en el viaje de ascensión al cielo. El mismo que debe durar los nueve días de velorio y que, sin ninguna explicación, debe ir mermando hasta quedar vacío la noche en que levantarán mi tumba.

Ya las voluntarias prepararon la primera olla de café del día. Y la de bebida de hierbas medicinales. Mandaron a sus hijos a traer los asientos de cuero de los vecinos para que se sentaran los asistentes, mientras llegaban las bancas del salón comunal. Cada asiento prestado tenía en la parte trasera de su espaldar las iniciales con el nombre y apellido de su dueño para evitar confusión al momento de devolverlos. Compraron los primeros paquetes de cigarrillos que se debían de repartir junto con las bebidas calientes. Mientras Elisa, mi mujer, contemplaba mi cuerpo como quien ve correr para siempre las aguas del río; de vez en cuando dejaba rodar una lágrima larga de desesperanza y resignación al tiempo que se le escapaba una pregunta desde los confines más recónditos de su alma: "¿Por qué no me llevaste contigo?".

Su memoria se trasladó a la mañana aquella en que ambos nos prometimos vivir el uno para el otro, ser fieles en la miseria y en la riqueza, precisamente hasta que la muerte nos separara. Tuvo que verse petrificada frente al obispo, cuando le correspondió el turno a ella de hacer la promesa de amor eterno, en aquella ceremonia inusual para un pueblo de unas cien casas, partido en dos por el serpenteante hilo de agua transparente que lo atravesaba. Era la primera vez que se realizaban matrimonios en el pueblo, pues el caserío había sido levantado allí sin iglesia, y las parejas urgidas tenían que verse obligadas a vivir en concubinato.

Lo que pasaba era que los españoles aventureros que se arriesgaron a llegar por esos parajes selváticos, a mediados del siglo XVIII, no lo hicieron con el propósito de establecer una villa, sino que iban en busca de tierras para convertirlas en sabanas de pastoreo. Eran cuatro hermanos que formaron unos tres o cuatro hatos tan inmensos, que el ganado debía clasificarse según el color de las reses. La población más cercana era la muy señorial San Juan del César y quedaba a más de dos horas y media a caballo. De modo que a los hijos de esos ricos hacendados no les quedaba más remedio que emparentarse entre ellos, si no querían correr el riesgo de echar a perder la raza, pues, de lo contrario, tenían que mezclarse con indígenas, que los había a montones, o con sus propios esclavos.

Elisa, mi mujer, y yo somos descendientes de ellos. Mis dos apellidos y el segundo de Elisa son iguales, pero ya para esta época lo único que nos quedó fue eso, pues la fortuna se diluyó con los años. Viéndome ahí, con mi cuerpo aún caliente por mi partida acabada de ocurrir, Elisa se remontó a la mañana en que hubo de vencer su timidez para lograr hablar frente al obispo.

Cuando Álvaro, mi hijo, el marido de Manuela, llegó de Creación, la finquita que me dio para levantar a mis once retoños, cinco mujeres y seis hombres, y lo único que pude heredar de mis antepasados ricos, ya él sabía de mi muerte. Lo supo allá, en el corral, cuando ordeñaba las vacas envuelto en el olor de la boñiga fresca. Se lo dijo Mallejo, que iba del pueblo a robar yuca en el cultivo de don Rafael. "A mí no me lo creas. Eso es lo que dice la gente en el matadero", concluyó Mallejo. "Sea verdad o mentira, yo te doy el sentido pésame de una vez para salir de ese compromiso", agregó mientras le daba el abrazo de rigor.

Más que en mí, Álvaro tuvo que pensar en Elisa, su mamá. Al fin y al cabo yo ya estaba muerto; en cambio, ella tenía que soportar el dolor de la separación definitiva. Él sabía que su madre era una valiente para todo, menos para la soledad de la muerte. Y un golpe de ese tipo, la desmoronaría por completo. Menos mal que allá en el pueblo estaba Manuela, pensó. Era cierto, Elisa era una mujer de carácter fuerte y decidido. Cuando mi tía Rosa Elvira, que era su mamá, decidió enviarla a un internado que estaba cerca de San Juan del César para que hiciera allí su quinto de primaria y pudiera, después, si las circunstancias monetarias lo permitían, continuar con su bachillerato, ella aceptó a regañadientes, pero la fuerza de su ánimo natural e indómito tuvo que cerrar, con broche de oro, ese capítulo de su vida.

Resulta que Elisa no recibió ni sola visita durante su año académico. Sus compañeras, por el contrario, eran visitadas por sus padres y les llevaban queso y suero. Elisa y tres compañeras más, que tampoco podían esperar a nadie por la lejanía en que se encontraban, perdían el tiempo tratando de consolarse la una con la otra porque ninguna estaba con ánimo: terminaban llorando las cuatro. “nunca, como en ese entonces, me hizo tanta falta mi mamá”, me confesaría después. Como si fuera poco, la comida del internado la tenía aburrida. En el desayuno comía bollo con chicha; en el almuerzo, maíz sancochado; y en la cena, bollo con agua de panela. “Uno medio respiraba los jueves porque nos daban un arroz boludo con carne asada”. Los directivos del plantel habían dividido el grupo de interna en dos. Las que atendían las cosechas de maíz, fríjol y yuca y las que tejían mochila de fique. Es decir, las agricultoras y las artesanas. Elisa y sus tres compañeras esperaban con ansias las vacaciones de noviembre para poder regresar al mundo mágico de sus pueblos. La hermana superiora les dañó el encanto con una noticia desalentadora: ninguna podía salir sino hasta finales de enero.

Las de los cultivos no podían irse hasta que no recogieran la cosecha que sembraron en agosto y las demás debían tejer las mochilas con la cabuya que habían hilado durante el año. Elisa se arriesgó a pedir un permiso para ir a visitar a su familia. “Les juro que a la semana estoy de regreso”, les dijo. De nada sirvió su palabra: le negaron el permiso con el argumento de que nadie garantizaba que no se quedara en el pueblo para siempre. Fue entonces cuando empezó a planear su fuga en las noches de desasosiego. Se entristeció más cuando descubrió que en una huída así debía salir sin nada. La idea de dejar la maleta con todos los chécheres que había comprado en San Juan del César, cuando el padre Antonio las llevaba a vender las mochilas de fique que habían tejido, la sobrecogió y no pudo pensar más. Al día siguiente, les contó a sus tres compañeras de soledad con la certeza absoluta que podía contar con la lealtad de cada una de ellas. Nunca olvidó sus nombres: Rosario, “yo me voy contigo”; Dionisia, “yo también”, y Rosinia, “y yo”.

El día señalado para la escapada fue el sábado, que era cuando tendían la ropa en los alambres de la cerca. Las cuatro sacaron sus trapos a la seis de la mañana. Y la colocaron en el sitio más apartado, cerca al rancho del viejo Moscote, un indígena ermitaño que tenían de vecino. Fueron al comedor a desayunar bien para soportar la dura jornada que les esperaba. Elisa entró a la despensa y cogió dos panelas. “Lo único que no puedo dejar es la vieja hamaca que fue de mi abuela”, le había dicho a sus compañeras. La envolvió en una manta indígena y salió al patio, pateó la pelota con que jugaban las internas pequeñas y se encontró con sus tres amigas en la casa del viejo Moscote. Le contaron el plan al anciano, y Elisa le entregó una panela: “tome para que no le diga a las hermanas por dónde cogimos y borre las huellas para que nadie nos siga”. El hombre soltó la lengua para decir que era mejor que se fueran porque esas monjas las tenían como esclavas y a leguas se veía que ellas no merecían ese trato dizque porque se notaba que eran de buenas familias, que él no diría nada, así no le dieran la panela y que perdieran cuidado porque él no dejaría ni un solo rastro de la huída.

Elisa llamó aparte a sus tres amigas: “ese tipo nos sapea apenas demos la espalda”. Hicieron que el viejo Moscote las acompañara un buen trecho, ellas adelante, corriendo como cabras y él atrás, trotando como chivato viejo: tenía la panela de su pago en la mochila de fique que llevaba terciada en su hombro derecho. A la media hora de camino se desgajó un tremendo aguacero que las cuatro mujeres recibieron felices porque el agua borró las huellas de su fuga.

Llegaron a una ranchería indígena envueltas por los últimos vestigios de la claridad del día agonizante. Una adolescente de 15 años calló con autoridad de adulta a la jauría que ladraban a las recién llegadas. La joven hizo resucitar a sus visitantes imprevistas a su mundo pueblerino con la comida que les brindó: queso fresco de leche de cabra con fríjol verde sancochado. Fue la primera noche de felicidad que pasó Elisa, desde el día que partió de su casa, once meses atrás: se durmieron tarde contándole a la anfitriona los pormenores de su vida de internas. Arrancaron de nuevo bien temprano, al día siguiente, y llegaron a la parcela de Rosario, con la luz de la luna que se colaba entre las nubes del invierno. A esas alturas del camino, Elisa había empezado a preocuparse por la cantaleta que le pondría su mamá cuando llegara a su casa.

Los familiares de Rosario mandaron a las tres jovencitas en burro, acompañadas de un mancebo que no volvió a crecer desde ese día: se quedó enano para siempre. “Ahí esta todavía, lleno de canas y de arrugas y del tamaño de un niño”, me decía Elisa, cada vez que recordábamos la aventura de su niñez. De nada le sirvió a Elisa la estrategia de soltar el llanto apenas llegó a su casa. Rosa Elvira la reprendió como nunca y, después, la mandó hasta donde estaba su padre, convencida de que él iba a continuar la retahíla de un regaño eterno. No fue así. El papá se llenó de felicidad cuando vio a su hija: “hubieras esperado dos días más porque yo ya estaba preparando las bestias para ir a buscarte”, le dijo mientras la abrazaba.

Creo que ese viaje de un año fuera del pueblo le hizo un gran favor a su aspecto físico: llegó casi hecha una mujer. A mediados de ese año, creo que fue cuando decidí proponerle que fuera la madre de mis hijos.

No obstante conocer esa historia que habla perfectamente del carácter de su madre, Álvaro pensó más en ella que en mí, cuando supo la noticia de mi muerte. Sabía de sobra que Elisa se convertía en el más débil ser humano de la tierra cuando perdía para siempre a un ser de sus entrañas. Y más si se trataba del hombre que había compartido con ella las desdichas y felicidades en más de cincuenta años de vida en común. Por eso Álvaro mandó a su ayudante a coger el burro en el potrero para irse de inmediato al pueblo a ponerse al frente de la logística de mi velorio.

III

Mi cajón permanece estático en la mitad de la sala. El humo de las cuatro veladoras ha invadido por completo el interior de mi ataúd. Su olor pelea a patadas con el de flor de muerto que hay en el ambiente. Se terminó el desfile de la gente para curiosearme a través del cristal de mi cajón. Ocasionalmente, entra alguien atrasado, no por haberse enterado tarde de mi muerte (lo cual sería inaudito en este pueblo pequeño), sino porque prefirió terminar el oficio que realizaba en el momento de la noticia para llegar bañado y sin afanes a dar el pésame como corresponde: si es hombre, con el sombrero entre las manos; y si es mujer, con la cartera negra debajo de su brazo izquierdo. Localiza a Elisa, mi mujer, sentada allá, en el rincón de siempre, donde permanece callada cogiendo fuerzas para responder con alaridos de viuda el pésame de turno. Y el recién llegado se le acerca, se agacha y le echa los brazos. Entonces Elisa arranca de nuevo con su retahíla de halagos hacia mí. Hasta que comprende que la persona desea darle las condolencias a Álvaro, mi hijo, el marido de Manuela. Álvaro lo recibe callado, sin llorar, rápido, como reciben los hombres el pésame. La persona se acerca después hasta mi ataúd, calmada, serena, mira mi cadáver por un minuto y se hace en uno de los asientos de cuero que rodean la sala.

Veo a Elisa sentada en su asiento, lela, con la mirada perdida en sus desvaríos luctuosos y el trapo blanco con que se seca las lágrimas puesto sobre su hombro derecho. Trato de internarme en los vericuetos de su mente y me veo a su lado, la mañana en que nos casamos. Ese día hubo trece matrimonios al tiempo en el pueblo. Era todo un acontecimiento. Se estaba inaugurando la iglesia que nuestros propios hijos ayudaron a construir, y que no habíamos terminado del todo para el día señalado, pues una fatalidad nos atrasó: por mucho tiempo mantuvimos intacto el recuerdo de la noche en que Rudecindo, el joven de 20 años, hijo de mi comadre Esther y mi compadre Fernando, cayó fulminado por un ataque cardíaco, en el momento en que alzaba una parihuela repleta de barro para la construcción de la iglesia. Los trabajos se paralizaron durante las nueve noches de velorio y aunque se renovaron con los ánimos del descanso y el afán de terminar en la fecha prevista, no se pudo: faltaron las paredes de los costados.

Por eso, esa mañana hubo que cubrir con sábanas blancas los lados de la iglesia para evitar que el sol nos demoliera a todos. Era fascinante ver el espectáculo de los mantos colgantes ondular con la brisa helada que bajaba de la Sierra Nevada de Santa Marta. No hubo poder humano ni sobrenatural que convencieran a Esther y a Fernando de que no se casaran vestidos de negro, como finalmente lo hicieron por el luto que le guardaban a su hijo. Ahí veo a Elisa, venciendo a su miedo visceral de ser el centro de todas las miradas para proclamar en público la sentencia que selló nuestra unión hasta el día de mi muerte.

Van a ser las doce del día. En el patio de mi casa se han formado grupos de hombres sentados debajo de la sombra del primer árbol frutal que encontraron. A esta hora, tuvieron tiempo suficiente para hablar de mí. De lo que hice y dejé de hacer en vida. Ahora se dedican a hablar de otras cosas y de otras personas. Cuando sienten la risotada del grupo que festeja un chiste bueno, miran con deseos mal disimulados de estar allá y reír también. Las gallinas que Elisa crió picotean la tierra árida. De vez en cuando corre una brisa caliente que tumba los vasos de plástico, ya vacíos, que llevan en sus bandejas las mujeres que salen a repartir el tinto y la bebida de hierbas medicinales a los grupos del patio. Entonces los hombres se levantan de sus sillas, ayudan a recoger los vasos y regresan a sus sitios de alegría en medio de la tristeza.

No demoran en venir los primeros familiares. El aviso de mi muerte ya salió por la emisora de la capital de esta provincia. Sé que algunas de las personas que están aquí esperan eso, no sólo por la altanería de ver la cara que ponen mis parientes al ver mi cadáver, sino también para evitarse la molestia de dejar el almuerzo por la mitad y arreglarse de nuevo a toda carrera para salir corriendo de sus casas y dar el pésame a los recién llegados.

Álvaro, más calmado y sin la mortificación del pésame uno detrás del otro, se acerca a un grupo de hombres que festeja un chiste. “¡Ajá! Y Rogelio, ¿no ha llegado?”, pregunta sonriente. Los demás sueltan la carcajada. “¡Auuff, hace rato. Fue el primero. Él es quien se ha encargado de todo”, responde uno, después de reponerse de su risotada. Y vuelven a reír.

Hoy no han prendido un solo radio en el pueblo. Ni siquiera para escuchar noticias. La información sobre el aviso radial de mi muerte llegó de otro lado, como llegan todos los mensajes a este pueblo: nunca se sabe cómo ni de dónde. Y no pondrán música hasta que pasen las nueve noches de mi velorio. Estoy completamente seguro de que en alguna casa, algún niño desprevenido prendió el transistor sin otra intención distinta que la de la ociosidad y tuvo que haber recibido, en forma inmediata y precisa, la reprimenda de su abuela para que "respete, carajo, porque a los muertos hay que sentirlos. Y más cuando son mayores". Siempre es así cuando hay un muerto en este pueblo.

A veces baja una brisa helada de Cerro Pintao, una de las montañas que rodean a este terruño del alma. Su nombre obedece a la coloración especial que toman las rocas sedimentarias que lo conforman. Tal vez esa es una de las situaciones que más nostalgia me producirán en mis años de muerto: tener el privilegio de sentarse extasiado por la extraña felicidad que irradia el espíritu, al ser testigo de un nuevo amanecer, mientras uno se toma una humeante totuma de café, desde el patio de su casa, sin camisa y calzado con guaireñas, y poder ser testigo de lo que sucede allá, a casi 3.500 metros de altura: el amarillo intenso se cierne sobre el último páramo de la cordillera Oriental, del lado de Colombia, a medida que los rayos solares van apareciendo.

Esa fascinación no se queda sólo en la mañana. Al medio día, cuando el sol está colgado en la mitad del cielo, uno, bañado en sudor y desesperado por un calor agravado con el plato de sopa hirviente que se acabó de tomar, tiene que salir al patio en busca de auxilio bajo la sombra de los palos porque, dentro de sus casas, el ventilador de techo sopla un aire caliente. Entonces es cuando uno ve allá arriba, en la Serranía del Perijá, un azul grisáceo que resplandece en el páramo más septentrional de Sudamérica. Y ya en la tarde, cuando la tierra parece tomar un segundo aire y el pueblo ha resucitado de la caldera de las doce, justo en el momento en que las señoras comienzan a quemar hojas verdes en los aposentos para alejar a los zancudos con el humo de las ramas vírgenes, alguien, con suficiente lucidez que se asome al patio trasero, podrá ver el anaranjado rojizo que cubre esa parte de la serranía.

La verdad es que no podía el acerbo popular llamar a esa montaña de otra manera: Cerro Pintao. Aunque, hoy día es un gigante herido, es un enfermo en estado de agonía. Desde hace más de medio siglo, cuando se inició su colonización, se talan y se queman sus bosques. Algunas de las muchas especies de pájaros exóticos y algunos de los tantos ríos que nacen allí han ido desapareciendo. Y la fiebre de la bonanza marimbera, como se llamó por estas tierras a la época de opulencia por el cultivo de marihuana, fue devastadora para el Pintao, pues su suelo era propicio para el cultivo de la hierba letal. No sé si las generaciones futuras podrán disfrutar de la belleza que yo palpé en vida. Pero agradezco a Dios que yo sí tenga el placer de mitigar la quietud eterna de la muerte, con los recuerdos del Pintao.

IV

Álvaro, mi hijo, llegó de Creación a las seis de la mañana, dos horas y media después de mi muerte. Entró por el portón de atrás, el que va hacia el río. Montado en el pollino negro que compró con la plata de su última cosecha de maíz, vio cuando las primeras personas que habían llegado con la prisa de la muerte se arremolinaron cerca de él, esperando a que bajara del burro para darle el pésame. Estaba recién bañado: aún tenía el cabello mojado. Todos supimos entonces, tanto los vivos como yo, que Álvaro aprovechó su cruce por las aguas frías del río para bañarse desnudo en el camino. Y estoy seguro de que más de uno de los que llevaban las vacas recién ordeñadas al potrero, aprovechó aquel momento para salir de ese compromiso: imagino a mi hijo desnudo, chorreando agua por todo el cuerpo, recibiendo las sentidas condolencias, mientras los animales se orinaban extasiados en la playa.

Las personas que estaban en la casa, no sólo esperaron a que Álvaro se desmontara, sino que además lo siguieron con la mirada mientras él bajaba las mochilas de fique cargadas de yuca y los cántaros de leche que venían colgados de los cachos de la angarilla y las llevara a la cocina. Las mujeres, que voluntariamente preparaban el café y la bebida medicinal, tampoco aprovecharon la oportunidad que les brindó mi muchacho al acercarse: también prefirieron esperar a que él se desocupara del todo.

Álvaro le quitó la angarilla al burro y cargó con ella hasta el cuarto donde duermen mis nietos, cuando mis otros hijos vienen al pueblo. Cogió el animal por el bozal y lo llevó hasta el palo de tamarindo. Entonces ocurrió; al terminar de amarrarlo, se le abalanzó la gente para darle el pésame.

En ese momento lo compadecí. Álvaro fue el único de mis once hijos que no abandonó el pueblo en busca de mejor suerte en otros lugares porque siempre ha sido un hombre de monte. Y los formalismos del resto de los humanos le incomodan. Por eso recibió cada uno de los pésames sin inmutarse, respondiendo sólo con el abrazo de rigor. Yo, que lo conozco perfectamente, sé que en esos instantes, al sentirse el centro de atención de todos los asistentes, deseaba que el muerto fuera él para no tener que pasar por la vergüenza pública de no saber qué hacer ni qué responder en medio de tantas manifestaciones de condolencias. Nunca en su vida ha dado un pésame porque es un montuno de pura cepa. Eso sí: asiste a los velorios, acompaña a los dolientes e, incluso, ayuda a cargar el muerto hasta el cementerio, pero no da el pésame. Afortunadamente, ya la gente de aquí lo conoce y le pasan por alto eso.

Después de que terminó la romería de gente hacia él, Álvaro caminó hasta la sala. Se detuvo en la puerta. Estaba pálido de estupor, no tanto por el dolor de mi muerte, sino porque sabía que aún faltaba lo peor: enfrentar en silencio los alaridos de su madre. Los curiosos que no habían alcanzado a entrar por la puerta de enfrente permanecían detrás de Álvaro, ansiosos de ver el momento culminante en que Elisa, mi mujer, se abalanzara como loca en los brazos de su hijo.

Álvaro lo sabía. Y esa certeza lo atormentaba más todavía. Elisa, que se había percatado de la presencia de su hijo por el tumulto de gente que ingresó de nuevo al cuarto en donde todavía permanecía mi cuerpo sobre la cama matrimonial, se puso de pie.

Y como si de repente hubiera sentido el sostén de apoyo en medio de su desgracia por la viudez reciente, ella empezó a dar gritos mientras corría hacia su hijo. Álvaro permaneció petrificado en la mitad del aposento, sintiendo los latidos acelerados de su corazón mientras abrazaba a su madre desconsolada.

- Abran la ventana -fue lo único que se le ocurrió decir.

Hasta ese momento nadie había caído en cuenta que el cuarto aún seguía iluminado apenas por la luz amarillenta de la lámpara de petróleo. Alguien le quitó el cerrojo a las dos hojas de madera que componían la ventana, y las abrió. Los rayos débiles del sol de las seis de la mañana inundaron la habitación.

La gente pudo ver entonces los dos lagrimones que rodaron por las mejillas de Álvaro, las dos venas que se inflaron en sus sienes, la frente que se le enrojecía cada vez que apretaba sus ojos para evacuar su dolor y sus manos temblorosas que acunaban el cuerpo frágil de Elisa, mi mujer.

Manuela, la mujer de Álvaro, permanecía callada, pero en un llanto silencioso y profundo que la bañaba con sus propias lágrimas. Estaba sentada al lado de mi cadáver. Era la primera vez, en ocho años de vida en común, que veía llorar a su marido. Y ese descubrimiento le partió el alma.

Nadie supo cómo pasó. Ni siquiera yo, desde estos laberintos de la muerte todavía desconocidos para mí, que soy un principiante. Lo cierto fue que Elisa dejó de llorar y Álvaro supo por fin cuál era el verdadero peso de su madre. Ella quedó suspendida en sus brazos, desvanecida por el dolor de su soledad.

-Quítense de encima, carajo, que la van a acabar de asfixiar- se escuchó en el aposento.

Manuela se puso de pie enseguida. Abrió uno de los baúles de madera que Elisa mantenía en fila india al lado de la pared. Y rebuscó, entre una cantidad de frascos con remedios vencidos, la botella de alcohol ligado con hierbas medicinales. Alguien se la arrebató de las manos y cuando menos lo pensó vio acostada a su suegra en la hamaca de siempre, volviendo en sí, mientras tres comadres le ungían el líquido salvador.

-No la dejen apretar los dedos- se escuchó otra voz.

Acostada en su hamaca, Elisa, mi mujer, exhaló un suspiro largo y triste. La veo pensativa y de nuevo me inmerso en sus propios recuerdos. Qué extraño. Una niña de cinco años está agarrada de la falda de Mamá Niña, como era conocida en la comarca doña Alejandrina, bisabuela de la madre de Elisa. Son como las siete y media de la mañana, hace un sol radiante. Mamá Niña se acerca hasta la entrada de su hato, alarmada por el bullicio de esclavos que murmuraban en su lengua africana. En ese momento, Francisco Antonio, bisabuelo de mi padre, frena su caballo ante la mirada expectante de todos. “Te pago lo que sea por ese esclavo”, desahogó su furia mientras señalaba con desprecio al negro que había entrado a caballo tres minutos antes. Mamá Niña miró a su hermano con la crudeza que la caracterizaba. “¿Y para qué lo quieres con tanta urgencia?”, le preguntó. Francisco Antonio, pálido por la ira, tragó en seco. “Para partirlo en dos de un solo sablazo”, respondió.

Resulta que ese día, Francisco Antonio había salido de su hato con rumbo al lejano San Juan del César. Pasó por donde su hermana doña Alejandrina a pedirle un esclavo prestado que lo acompañara durante el viaje. Los dos hombres partieron en sus respectivos caballos como a las seis de la mañana. Al poco tiempo de camino, la brisa le tumbó el sombrero a Francisco Antonio. El esclavo se bajó de su bestia, recogió el sombrero y se lo entregó a su dueño. Tuvo que repetir esa misma operación durante cuatro veces consecutivas. A la quinta, ni se inmutó si quiera.

Francisco Antonio, contrariado por la actitud del esclavo, sacó su sable afilado. “O me recoges el sombrero o te parto en dos ahora mismo”, advirtió. El negro apretó fuerte las riendas de su caballo, clavó con ira de locos las espuelas sobre el vientre del animal y emprendió, a todo galope, el camino de regreso. Francisco Antonio lo siguió, blandiendo el arma cortante en su mano derecha. Mamá Niña dio por terminado aquel acto cotidiano en el pueblo de entonces con una frase redentora: “Entonces te fregaste porque ese negro no está en venta”.

Cada vez que yo desahogaba mis iras fugaces con actos violentos, Elisa, mi mujer, me echaba en cara aquella historia contada de generación en generación, como la vez aquella en que el ternero que yo había enrejado, empezó a corcovear. Estaba yo ordeñando tranquilo, cuando sentí sobre mi espalda las dos pezuñas traseras del ternero. Atosigado por el dolor, tiré el balde de leche a un lado, salí del corral, llegué a la cocina, adonde estaba Elisa moliendo el maíz para las arepas, cogí el trozo de palo más grande que estaba en la pila de leña, cortada por mí la tarde anterior, regresé corriendo al corral y le di un garrotazo en la nuca al animal que me pisó. “¡Claro, tenía que ser tataranieto de su tatarabuelo!”, me gritó Elisa desde la cerca, hasta donde me había seguido cuando me vio partir iracundo de la cocina.

v

Ya llegaron casi todos mis hijos. Sólo falta uno, el que está más lejos, en el otro extremo del país. Supongo que no me enterrarán todavía: la costumbre es esperar a que lleguen todos los familiares del muerto para que asistan al sepelio. Lo más probable es que Miguel Ángel, el único de mis retoños que se atrevió a desafiar al mundo dándose la oportunidad de estudiar una carrera universitaria contra viento y marea, llegue en la noche; o mañana por la mañana. Ojalá alcance ver mi cadáver porque, de lo contrario, él mismo no se lo perdonaría. En todo caso, ya Rogelio está ahí, dispuesto a averiguar la hora de mi entierro. No se la pregunta a nadie en concreto, pero está pendiente que alguien diga lo entierran a tal hora.

Mis muchachos llegaron en una caravana de tres carros. Y desde que bajaron la loma que está a la entrada del pueblo, se volvió a alborotar la gente del caserío, que ya había vuelto a la calma después de la tribulación inicial, cuando en la madrugada se supo la noticia de mi muerte.

Acá, en mi velorio, alguien alcanzó ver los vehículos que venían calle arriba y puso en alerta a los demás asistentes. "¡Llegaron!", gritó. Entonces se volvió a armar el desorden. Los que estaban en el patio trasero festejando los chistes de los humoristas ocasionales, corrieron hacia la calle. Los del patio del frente, se pusieron de pie. Las mujeres que colaboraban en la cocina, dejaron los cucharones tirado sobre el mesón de barro y salieron también para no perderse las caras de tristezas que pondrían mis hijos al bajarse de los carros. Las personas que estaban sentadas en la sala, acompañando a mi ataúd, se quedaron en sus puestos con la determinación unánime y tácita de esperar ahí a que mis muchachos entraran para darles el pésame ante el frío de mi cadáver.

Mis hijos se bajaron de los carros. Y el tumulto de gente no esperó a que terminaran de poner los pies sobre la tierra para abalanzarse enseguida a dar el pésame. Las cuatro mujeres daban gritos por su orfandad reciente y los dos varones sólo sollozaban a cada nuevo apretón que le daba el asistente de turno. Así, entre abrazos de consuelo, gritos y llantos, abriéndose paso entre la multitud que aprovechaba la cercanía para ver a quién de los dolientes recién llegados no le había dado todavía el sentido pésame, mis seis muchachos pudieron llegar hasta la sala.

Elisa, mi mujer, que había permanecido callada durante el alboroto que se armó afuera, empezó a dar sus alaridos de viuda. Con la voz ronca ya por sus permanentes llantos desconsoladores, nombró a gritos a cada uno de los hijos que entraba a la sala. Y los seis retoños fueron desfilando uno por uno frente a la madre para darle el abrazo de dolor. Ella tuvo que haber recordado en cada apretón de entrega, los pormenores de la crianza que le dimos los dos, hombro a hombro, a nuestros hijos, durante más de medio siglo de vida en común.

Mientras mi mujer recibía el apoyo moral del hijo de turno, los cinco restantes aprovechaban el momento para consolar, uno por uno, a su cuñada Manuela y buscar en la soledad de su hermano Álvaro, la compañía que todos necesitaban en esos momentos de tristeza. Las personas que se quedaron en la sala, cuando se armó el trajín afuera con la llegada de mis muchachos, esperaron con paciencia a que los recién llegados se desocuparan de sus familiares para darles el pésame de rigor.

Sólo hasta entonces, mis hijos tuvieron la oportunidad de acercarse al ataúd a ver mi imagen de muerto feliz. Afuera, tanto en el patio trasero como en el del enfrente, los chistes no habían podido ser reanudados por respeto a los llantos de dolientes que se perdían en la atmósfera calurosa de la una de la tarde.

Elisa gritaba desde su asiento los trozos de recuerdos que le llegaban a la cabeza. Como la vez que nos vimos por primera vez en forma diferente a los dos primitos que jugaban al papá y a la mamá en las visitas esporádicas que nuestros padres se hacían entre sí. A principios del siglo XX, doña Zoila Rosa, la abuela de Elisa, trajo a su casa un San Antonio de Padua, pues el pueblo había crecido tanto que se hacía necesario buscarle un santo patrono. En realidad, eran unas veinte casas de barro y techo de paja, desperdigadas entre lomas y sabanas, intercomunicadas por caminos zigzagueantes. Como todavía no había iglesia, las mujeres debían conformarse con hacerle al santo de yeso hermosos altares de frutas en la casa de su dueña, todos los 11 de junio. Y en la tarde de ese día, lo sacaban a pasear por las calles sin formas del naciente caserío.

La procesión la presidía doña Zoila Rosa con su San Antonio en las manos. Las demás mujeres la seguían para acompañarla en los rezos y en los cantos celestiales, en medio de los estruendos de los cañonazos de pólvora. Esa tradición la siguió Rosa Elvira, hija de doña Zoila y madre de Elisa, mi mujer. Una tarde de esas fiestas, fue cuando Elisa y yo nos descubrimos hombre y mujer. Ella ya no usaba los trajecitos de flores y de cinta rodeándole la cintura con el lazo atrás. Ahora tenía un vestido escotado que dejaba vislumbrar sus nacientes senos, resaltaba la esbeltez de sus caderas y mostraba sus piernas torneadas. Le dije sin más rodeos que quería que fuera la madre de mis hijos. Su perturbación fue tal que me quitó el habla por más de quince días, hasta que nos volvimos a encontrar en el río. Rosa Elvira lavaba abajo con las demás mujeres de su edad y nosotros, los jóvenes, nos bañábamos río arriba. Así nos hicimos novios, con la complicidad de los demás primos.

Elisa se calla por un momento. Los hijos recién llegados pasan al patio. Faltaban cuatro. Miguel Ángel, el único universitario, que tal vez llegue mañana; Miguel Luis, el mayor, que murió hace 35 años de un tacazo de billar en la nuca que le dio un hombre al que no se le volvió a ver la cara porque huyó esa misma noche; Carmen Elvira, de los mellizos menores, que el mes entrante cumple 17 años de muerta, a causa de una larga, penosa y desconocida enfermedad, y Alcides de Jesús, el cuarto de nacido, que falleció de un derrame cerebral, mientras hacía cola en un banco, hace cinco años. Nunca me pude explicar en vida cómo había hecho Elisa para soportar tantos muertos en nuestro hogar, una mujer que siempre le ha tenido miedo a la muerte. Los tres hijos murieron fuera del pueblo. Por lo que, a la desolación por la pérdida de un ser querido, hubo que agregarle la angustia de la espera del cadáver. Los choques más difíciles para mi mujer fue la muerte de los dos varones porque fue repentina e inesperada. La de la hija, en cambio, a lo último la deseábamos para que la pobre descansara. En todo caso, desde hace más de treinta años, Elisa no viste de color. “A un hijo se le debe guardar luto toda la vida”, dice cada vez que se le insinúa que deje de usar solo ropa negra. “Además, yo ya estoy muy vieja para andar pensando en bailes”, remata.


VI

Al rato de haber llegado de Creación, Álvaro empezó a preocuparse porque mi cadáver aún permanecía envuelto en una sábana blanca sobre la cama. Mi hijo no quiso el desayuno que le ofrecieron las señoras voluntarias de la cocina, después de que Elisa, mi mujer, volviera en sí de su desmayo. "A mí no me da hambre hasta que no vea al viejo en su puesto", dijo. Al escucharlo, Manuela supo perfectamente a qué se refería su marido. Por eso llamó a los cinco primeros voluntarios que encontró para que trajeran el ataúd que estaba en la casa de enfrente.

Hasta ese momento fue que me enteré de que mis hijos habían traído al pueblo mi cajón de difunto. Lo hicieron cuatro meses atrás, cuando los males de mi vejez empezaron su carrera irreversible hacia la muerte. Y lo guardaron con tal sigilo en la casa del enfrente, que sólo hasta muchos días después, los tres nietecitos que Elisa y yo estamos criando, lo pudieron descubrir sobre los dos tirantes del techo del aposento: el ataúd estaba mal envuelto en periódicos viejos.

Ese primer encuentro de mis tres muchachitos con los predios de la muerte debió impresionarlos mucho. Apenas vieron arriba de sus cabezas la tela de seda morada que se asomaba detrás de los cristales rectangulares de los costados, salieron corriendo del cuarto y llegaron a la cocina, donde la dueña de casa los recibió con una sonrisa de alivio. "Nos salió un muerto", dijeron en coro con sus corazoncitos sobresaltados. Ella les explicó con sus palabras de anciana que ese era el cajón donde enterrarían a su abuelo. Y les advirtió que yo no debería enterarme de que mi ataúd estaba cerca porque eso me produciría la angustia que me arrancaría más rápido de este mundo.

Ellos nunca me comentaron nada. Tampoco volvieron a jugar a las escondidas en la casa de enfrente. Se limitaban a asomarse de vez en cuando por la ventana que da a la calle o por la puerta que une a ese cuarto con la sala, y cuando el terror a la muerte los invadía, salían corriendo despavoridos a refugiarse en el remanso de su abuela. La pobre Elisa los tranquilizaba entonces con palabras de aliento que ella se inventaba para, más que consolarlos a ellos, consolarse a sí misma. Entonces les repetía la advertencia de siempre: yo no podía enterarme nunca de que mi cajón ya estaba esperando el día en que debía morirme.

En alguna parte debieron de haber quedado guardadas todas esas imágenes para que yo las descubriera ahora después de muerto: nítidas, tal y como ocurrieron.

Rogelio estaba entre los cinco hombres que bajaron mi ataúd del techo. Fue él quien tuvo que pasarle un trapo húmedo para quitarle el polvo de encima. Entre todos, lo trajeron hasta el aposento en donde estaba mi cadáver. Colocaron el cajón sobre la cama, al lado de mi cuerpo inerte. Mi mujer miraba todo con sus ojos inundados de lágrimas, abrazada de Manuela. Cuando se disponían meterme en la caja, alguien dio su voz de alarma. "Esperen, carajo. ¿O es que no piensan prepararlo?", se escuchó. Me suspendieron en el aire por unos segundos y me colocaron otra vez sobre mi lecho.

Rogelio fue en su carro hasta el Puesto de Salud a buscar el médico que hacía su año rural en el pueblo y lo encontró con un guayabo del demonio. "Bueno, ¿cuál es el alboroto que se oye por ahí?", preguntó después de abrir la puerta. "Nada, doctor, que el señor Antonio se murió", respondió Rogelio. El galeno, que desde el principio me tomó respeto por mi condición de descendiente directo de los españoles que llegaron a estas tierras con sus inmensos hatos, cambió el semblante. "Ese es un muerto importante", dijo. "Hágame el favor de mandar a la casa de Meme para que le digan que nos encontremos en el velorio en cinco minutos", le pidió a Rogelio. Meme, la enfermera de este caserío, tiene el tiempo suficiente para estar curtida ya de lidiar con médicos recién graduados. "No, si ella está allá desde hace rato", le respondió Rogelio.

La noticia de mi muerte no debió tomarlo por sorpresa porque mi recaída fue desde mucho antes de su venida. El primer día de su arribo, el joven médico tuvo que atenderme de urgencia en mi propia casa. Y debió acostumbrarse a venir casi a diario a tomarme la presión. En cada visita le prohibía a Elisa, mi mujer, que me diera algún alimento. Así, de día en día, me fue quitando el huevo, la carne, el arroz, la yuca, el bollo de harina, la arepa y la leche. Hasta que un día, Elisa, desesperada ya porque no encontraba en el pueblo la comida que se adaptara a mis males, lo paró en seco: "Entonces, doctor, qué quiere que le dé: ¿mierda?".

No, no se sorprendió con mi muerte. En realidad, nadie lo hizo. Cuando llegó al velorio, mi mujer soltó el llanto. “¡Ay, doctor, ya no lo molestaré más a media noche para que venga a reconocerlo!”, gritaba. Y seguía entonces revelando sus recuerdos. La noche que nos volamos a vivir juntos: me la llevé para Creación, después de medio año de amores vigilados y advertencias de uno y otro lado de la familia. Al día siguiente, mi tía Rosa Elvira subió a la finca con su hermano, que era mi papá, y determinaron que a la primera oportunidad teníamos que casarnos. Hubo de pasar ocho años y los primeros seis hijos para que eso se diera.

A mediados de los años 30 del siglo XX, la tía Rosa Elvira inició la campaña para construir la iglesia. En esa época, las escasas parejas que gozaban del privilegio de un matrimonio bendecido habían aprovechado las dos visitas del Obispo de Valledupar, próspera ciudad que, para entonces, quedaba a día y medio de camino en caballo, y que había llegado a San Juan del César para casar en masa. Pero los enamorados recientes vivían en unión libre.

La iglesia fue una obra de todos. En las noches, alumbrados con mechones y lámparas de petróleo, los pueblerinos nos íbamos a escarbar la tierra en busca del barro para las paredes. Las mujeres lo acarreaban en vasijas de peltre cargadas en la cabeza y los hombres, en parihuelas. A los pocos días del matrimonio masivo, el San Antonio que había sido de doña Zoila Rosa desapareció para siempre de su nueva morada. Nada ni nadie pudo dar con su paradero. El padre José Agustín, un sacerdote jesuita que deliraba de amor por el pueblo, supo que una señora en la lejana Barranquilla le había prometido a Dios regalar una imagen al pueblo que más la necesitara, como pago al alivio de una enfermedad que la tenía al borde de la muerte. Así llegó a la población un San Antonio renovado que duró muchas generaciones, hasta que cayó en la entrada de la iglesia, luego de una larga procesión, y se hizo pedazos.

VII

Ya son las cuatro de la tarde. Mi velorio retornó otra vez a la calma. Mis hijas están regadas por toda la casa, revueltas con sus amigas de infancia para enterarse de los últimos chismes del pueblo. Sus maridos, oriundos de los rincones más remotos del planeta, se han integrado a los grupos de hombres nativos, tratando de entender los chistes ajenos a su acerbo cultural.

Mis hijos varones, que heredaron de mí la misma chispa para hacer reír a todo el mundo en cuanto velorio se atravesara por estos parajes, se adueñaron de las sombras del patio para contar sin tapujos sus chistes de adultos. Sus mujeres acompañan a las cuñadas en la aventura apasionante de averiguar hasta los detalles más íntimos de la vida de los pueblerinos. Los tres nietos que Elisa y yo estamos criando, se unieron al enjambre de primos que llegó en los tres carros y que, despojados ya del pánico que les produjo ver a sus padres envueltos en una algarabía de llantos desconsolados, juegan felices en la inmensidad del patio.

Elisa, mi mujer, permanece sentada en el mismo rincón de la sala. Con su trapo blanco sobre el hombro, listo para taparse la cara y secar las lágrimas en caso de un llanto repentino. Conversa calmada con cualquier amiga que se le siente a su lado, en un diálogo interrumpido sólo por las personas que llegan de otros pueblos vecinos y se acercan a dar el pésame.

Manuela entra y sale de la cocina, pendiente de las señoras que voluntariamente colaboran en los oficios de velorio, habla un rato con sus cuñadas recién llegadas y regresa de nuevo a su puesto en la sala, después de un recorrido en el que recibe de pie dos o tres pésames. Álvaro está sentado en una de las sombras del patio, con su pierna derecha cruzada sobre la izquierda y su barbilla apoyada en la mano derecha: celebra en silencio las ocurrencias de sus hermanos. Rogelio está con otro grupo, disimulando no enterarse de que de vez en cuando es objeto de las bromas de los otros grupos que lo miran con burla.

Al lado de mi mujer, se acabó de sentar una amiga de la serranía, que después de un largo viaje en burro, en el que sorteó los obstáculos de una bajada pedregosa, llegó al pueblo a dar el pésame. La noticia de mi muerte se la llevó un hijo suyo que había bajado en la madrugada a traer la leche y se devolvió enseguida a la parcela para avisarle a su madre lo que pasaba en el pueblo.

Elisa, que había caído en uno de sus habituales instantes de quietud, soltó el llanto al ver entrar a la sala a su amiga de siempre: a estas alturas del velorio, sólo se llora con frenesí si la persona que da el pésame es cercana a sus afectos. Mi enjambre de nietos que jugaba en el patio, corrió otra vez hacia el recinto fúnebre al escuchar de nuevo los lamentos de la abuela. Y estuvieron de pie en la puerta hasta que Elisa se calló.

Mis hijos detuvieron por un momento sus risotadas en el patio con la certeza de que había llegado alguien muy querido, a juzgar por los gritos de su madre. Esperaron a que ese alguien apareciera en la puerta del patio y cuando vieron a la serrana, no pudieron evitar que los ojos se les aguara al recordar la niñez feliz entre los potreros de la que acababa de llegar. Ella lloró también mientras los abrazaba a uno por uno. Y regresó a la sala. "La pobre: se ve vieja", le comentó una de mis hijas a Manuela y reiniciaron el diálogo de siempre, el mismo de cada visita al pueblo, que consistía en recordar con los amigos pueblerinos lo que habían vivido juntos. Para ellos, ningún júbilo había sido más duradero como el día en que llegó al caserío la planta eléctrica.

Cinco años atrás, estando el general Gustavo Rojas Pinilla en el poder, el pueblo pudo ascender a la categoría de corregimiento. Tal vez eso facilitó la llegada de la planta eléctrica. Ese jueves 23 de marzo de comienzos de los años 60, la gente salió de la población a subir hasta los cerros cercanos para saborear la felicidad de sentir por fin cómo se veía desde arriba el terruño iluminado. El espectáculo no podía ser más fantástico para unos pobladores que siempre habían soñado con el progreso de su tierra: toda clases de avechuchos nocturnos revoleteaban extrañados alrededor de los bombillos amarillentos que colgaban de los postes de madera.

Esa felicidad no pudo durar mucho: mis hijos menores se recuerdan todavía garabateando las primeras letras amparados apenas por la luz tenue de la lámpara de petróleo. Era una dificultad enorme conseguir cualquier repuesto de alguna pieza averiada. Y el plantero, un hombre taciturno que el destino quiso que naciera bizco, había cogido por costumbre encender el aparato a las ocho y apagarlo a las nueve, los 60 minutos exactos que duraba la novela de la televisión venezolana, que era la única señal sintonizada en los dos televisores en blanco y negro que había en el pueblo. Por eso, bautizábamos la planta con el nombre del dramatizado de moda. Afortunadamente, la interconexión eléctrica llegó a principios de la década de los ochenta.

VIII

Álvaro, mi hijo, tuvo que desayunar en el fondo del patio porque el olor a formol que invadió a la sala y sus alrededores no lo podía soportar nadie. "Carajo, lo prepararon como si lo fueran a velar cuatro días", dijo alguien después de que el joven médico hiciera su trabajo. Hasta Elisa debió salir, con su trapo de llorar sobre el hombro derecho, a disipar sus penas de viuda reciente en un lugar apartado.

Lucho, el cuñado del profesor Martínez, llegó con las sillas del salón comunal. A los hombres del pueblo les había tocado tumbar los asientos para poder sentarse de a tres en cada uno. Y ya habían comenzado a formarse los grupos alrededor de los cuentachistes para disfrutar del velorio. Hubo necesidad de posponer por un momento la anhelada sesión de humor para ayudar a bajar las sillas de la camioneta. Elisa, mi mujer, atravesó el patio y llegó hasta el portón de palo que lleva al río. La pobre: era la protagonista central del momento. Apenas apareció en el umbral de la puerta, todas las miradas se volcaron hacia ella. El más mínimo movimiento de su cuerpo era percibido como una exteriorización del dolor que debía sentir su alma de esposa solitaria. Su presencia repentina en el patio, generó un silencio inmediato. Y si algún descuidado seguía con su retahíla de payaso imprevisto o festejando con su risotada abierta la última ocurrencia de un humorista casual, recibía enseguida el codazo de advertencia en las costillas y la señal desesperada del agresor avisándole con los ojos que se callara porque ahí apareció la doliente principal. Elisa lo sabía. Ese protocolo mortuorio la hizo caminar con la solemnidad del caso, sin prisa y cabizbaja.

Ahí, en el portón, miró por el anjeo el camino que serpenteaba loma abajo hasta perderse entre los árboles que bordean al río. Y se vio ella caminando, con la ponchera de ropa casi vacía sobre la cabeza: faltaban mis camisas, mis pantalones, mis calzoncillos, mis calcetines y hasta mis sábanas orinadas. Ya no había quién los ensuciara. Recostó su cabeza en uno de los horcones y lloró desconsolada. Miró los peladeros de los cerros que rodean al pueblo y no pudo evitar sumergirse de nuevo en las profundidades de su memoria. Vio mi tristeza y mi decepción cuando mis paisanos cayeron en el frenesí de una riqueza efímera, pero ruidosa, que los mantuvo en un estado de éxtasis esquizofrénico.

Nunca pude explicarme cómo llegó. La producción y comercialización de marihuana pasó como una ráfaga de viento que nos mantuvo a todos en el vilo de la opulencia desbordada. Fue una especie de máscara carnavalesca que representó la comedia real de una felicidad sin límites: nos envolvió en un limbo de fantasías alcanzables, en donde creímos permanecer hasta más allá de la eternidad. Me incluyo porque es mi pueblo, pero jamás participé en esa locura. Lo cierto es que el ventarrón pasó y nos devolvió a todos a nuestro mundo real de personas comunes y corrientes, enfrentados por mucho tiempo a los estragos causados por el vendaval de esa bonanza maldita. Debimos enfrentar a la dura prueba que el destino nos atravesaba, quizás como castigo a los desmanes gloriosos de ese pasado triste.

Era tanto el dinero que nadie sabía en qué gastárselo. Se hacían parrandas interminables con músicos traídos de todas partes y con fino licor importado. Las casas de barro y techo de paja fueron reemplazadas por hermosas quintas, que hacían parecer al pueblo un barrio de estrato seis de cualquier ciudad del país. Muchos iban a comprar sus muebles a ciudades del interior del país porque los que vendían en Valledupar les parecía poca cosa: terminaban pagando mucho más por lo mismo. Pero lo importante era sentirse feliz al decir que fueron comprados en Medellín o en Bucaramanga. La gente de San Juan del César había tomado por costumbre el sentarse al frente de sus casa y mirar con envidia cómo pasaban los camiones con las cocinas integrales, con las neveras, con las estufas, con los televisores de 24 pulgadas, con los equipos de sonido y todo lo que la locura colectiva podía concebir para darle gusto a la voracidad del dinero fácil. “Ahora ellos le dan a los marranos hielo envuelto en afrecho para hacerles creer a los animales que están comiendo yuca”, inventaban los sanjuaneros. Hasta que los gringos aprendieron a cultivar la marihuana allá en su país y entonces dejó de ser ilegal y ya no siguió siendo buen negocio.

Ahí quedaban los inmensos peladeros en los cerros, en donde antes lucían sonrientes los bosques, que fueron desbastados para darle paso a la locura desbordada de la mala hierba. Las tres o cuatro tiendas del pueblo lucían sus estantes atiborrados de productos que ya nadie compraba y con el dueño dormitando sobre el asiento de cuero, en el centro del negocio, arrullado por el ventilador eléctrico que daba vueltas en el techo, cansado de esperar el anhelado cliente que no llegaba. Ni llegaría nunca. Ya había pasado la bonanza del dinero fácil y ahora nadie quería volver a sembrar la yuca, el plátano y el arroz del sustento, ni ordeñar las vacas. La gente permanecía a toda hora sentada en el parque o debajo de las sombras de los mangos y trupillos que estaban al frente de sus casas, tratando de ahogar sus penas en las zanjas de los recuerdos crueles del tiempo de la bonanza.

Sólo quedaba eso. Y, gracias a Dios, la poesía. La misma que se metía por las soleras y por las rendijas de las casas con la brisa fresca y suave del amanecer para avisarle a los durmientes que empezaba un nuevo día; se descolgaba por los rojizos atardeceres en la lejanía del horizonte para deleitar las miradas turbias de la gente triste, se manifestaba en las figuras ensoñadoras que formaban las nubes en su deambular por el cielo: la poesía aparecía en todas partes para llenar al pueblo entero con el esplendor de su encanto. Nos inspiró a todos a buscar la solución de la crisis que vivíamos. Así, la claridad del día que despuntaba permitía distinguir a las primeras mujeres que madrugaban a barrer por costumbre el frente de sus casas, todavía limpio por el aseo del día anterior; los jóvenes que estudiaban su bachillerato en San Juan del César alborotaban al mundo con sus energías de adolescentes en potencia, mientras esperaban el carro que los llevaría a la cabecera municipal. Y el día comenzaba a declinar en mi casa, adonde acudía la gente al encuentro casual con las mismas personas de siempre para hablar de lo que se nos ocurriera, recostados en asientos de cuero, y dispuestos a devolverles el saludo a todo el que se atreviera a pasar por la calle.

“Ya está listo”, escuchó Elisa, mi mujer, la voz de Rogelio. Entonces emergió de sus pensamientos y regresó a la sala. La gente ya se había arremolinado para ver la reacción de Elisa cuando me viera en el ataúd. De nuevo, los gritos a todo pulmón. Que ya se lo habían levantado para siempre de su cama, que qué iba a ser de su vida en las noches eternas en que debía revolcarse sin poder dormir por la soledad de su lecho. Las mujeres se miraban entre sí, con sus ojos enrojecidos por el llanto silencioso.

Allá, en un rincón del patio, Álvaro terminó de comerse los huevos revueltos y el bollo limpio. Lo que más le inquietaba del primer día de velorio no era tanto el frenesí y la intensidad del tumulto para dar el pésame, ni siquiera los gritos desconsolados de los dolientes, si no el intenso olor de formol, mezclado con el aroma de muerto que exhalaban las flores puestas alrededor de la tumba. Por eso, mi hijo siempre dejaba para el día siguiente el ir a acompañar dolientes en los velorios. Cuando llegó a la cocina a dejar los platos, una de las mujeres voluntarias que colaboraban en los oficios de la casa, le sonrió fraternalmente. “¿Cómo a qué hora llegarán los demás muchachos?”. A Álvaro siempre le había molestado esa tendencia de nosotros, los viejos, de seguir llamando muchachos a nuestros hijos, aunque ya tengan más de cuarenta años y hayan formado sus hogares aparte. “Los pobres, llegarán después de almuerzo”, respondió Elisa desde la sala. Ni siquiera los momentos de mayor tribulación, le menguaban esa capacidad auditiva que le permitía escuchar, sin proponérselo, lo que se hablaba al otro lado de una pared. “Es que siempre son más de cuatro horas de viaje por esas carreteras malas”, agregó ella.

Una de las tres gallinas que acababan de ingresar a la sala expulsó su excremento transparente que mancilló la pulcritud del piso, limpiado momentos antes por las manos diligentes de Manuela. “¡Soo!”, espantó un coro. Elisa aprovechó esa pausa de su llanto para impartir una orden sin aparente destinatario específico: “Alguien que se conduela de esos pobres animales y les dé algo de comer, carajo”. Manuela no pudo perdonarse aquel olvido involuntario. Apenas se bajaban de las ramas del palo de almendro, donde pasaban la noche, Elisa dejaba de barrer el patio, poco antes de que empezara a aclarar el día, para echarles el maíz que ella desgranaba la tarde anterior, de las mazorcas que le traía Álvaro de su cultivo en Creación. Manuela cogió la ponchera de lavar los chismes y se metió al cuarto donde su marido había guardado la angarilla, seguida por el enjambre de gallinas; vació el maíz que Elisa guardaba en una mochila de fique y las gallinas por fin pudieron comer felices en la mitad del patio.

IX

Ya llevo muerto más de 24 horas. La gente empezó a llegar bañada y recién emperfumada para acompañar a mi entierro. En un pueblo como este, donde la vida social es muy poca, las mujeres aprovechan estas ocasiones para mostrar sus joyas y sus mejores vestidos. Lástima que para estos casos, la costumbre no permita usar colores diferentes a los de luto: negro, blanco y pasteles. Viéndolas cómo se miran unas con otras, me las imagino desde ayer pensando qué ponerse para el entierro. Les compadezco la preocupación que las invadió en sus casas, mientras intercambiaban faldas con blusas hasta encontrar cuál pegaba con qué. Por eso hoy están tranquilas, recibiendo impávidas el azote de las miradas escrutadoras de sus amigas con la seguridad de quienes escogieron lo apropiado y devolviendo con disimulo la misma curiosidad por lo que llevan puesto las demás.

Acaba de llegar Rogelio. Con el poco cabello, que le deja su calva en crecimiento, bien peinado. Con su camisa blanca manga larga y su pantalón azul oscuro bien planchados. Y sus zapatos negros recién embetunados. Es su admirable pulcritud de todos los velorios. Los demás lo miran con cierta burla mal disimulada. Él sabe que es así y se integra al primer grupo que encuentra. Ya la gente lo había echado de menos. Es el primero en llegar a los entierros. Así no conozca al difunto ni a sus familiares, ahí está él, dispuesto a cargar el muerto hasta la iglesia, primero, y, después, hasta el cementerio. Nadie sabe por qué lo hace. Algunos creen que está pagando alguna promesa a Dios. El caso es que no hay un solo difunto en este pueblo al que Rogelio no le haya cargado la esquina izquierda de su ataúd. Rico, pobre, negro, blanco, liberal, conservador, católico, evangélico, ateo. Tanto es así, que cuando se ve a alguien en malos pasos o enfermo, no falta quién le diga, medio en serio, medio en broma: “¡Abre el ojo, carajo, que como no te pongas las pilas, Rogelio te va a meter el hombro!”.

Claro, que también es cierto que la gente exagera con eso. Ahora dicen que enfermo que visite Rogelio, se muere. Yo no creo en eso. Aunque la tarde antes de mi muerte estuvo aquí, en la casa, preguntando por mi salud. Pero es pura casualidad: ya yo, de todas formas, no tenía remedio. Hubiera venido o no Rogelio, siempre me hubiese muerto en la madrugada de ayer.

Rogelio llegó un poco tarde. Pero hay que tener en cuenta que fue el último en irse esta mañana: el sol ya se insinuaba en la serranía, cuando salió de aquí. Además, él se ha portado muy bien en mi velorio: no es su costumbre colaborar en todo, como lo ha hecho conmigo en esta ocasión; su hábito es solamente el de cargar a los muertos, desde su casa hasta el cementerio. Conmigo, en cambio, ha hecho una excepción. Desde el primer momento estuvo al frente de los requerimientos. Mírenlo, el pobre: busca la sombra del almendro, más que protegerse del sol, lo que quiere con afán es acercársele a cualquier grupo que lo ayudara a guarnecerse de las miradas burlonas.

Ya llegó el cura de la cabecera municipal. Está en la iglesia ultimando los detalles para la ceremonia fúnebre. Todavía no han doblado las campanas, pues están esperando al hijo mío que falta por venir. Elisa ve en la elegancia de la gente la inminencia de mi sepelio y vuelve a romper con su llanto la calma de mi velorio. “¡Ay, ay! ya están listos para írmelo a botar al cementerio”, dice. Aunque parezca cruel, ella no deja de tener razón: el cementerio queda a más de dos kilómetros del pueblo. Para llegar allá se debe subir y bajar a pie tres lomas inmensas por un camino pedregoso y polvoriento. Debido a eso, aquí no se acostumbra a visitar a sus muertos semanalmente, como en otros lugares, sino que se aprovecha la rara vez que se entierra a alguien para pasar por la bóveda donde yacen los restos del familiar y echar la llorada de rigor.

Este año han estado muy visitados los muertos porque la guerrilla y los paramilitares han hecho de las suyas. Esta ha sido la nueva plaga que le cayó al pueblo, quizás peor que la llamada bonanza marimbera. Es increíble cómo la una y los otros se turnan para sacar gente indefensa de sus casas, llevársela a la fuerza y pegarle, sin más allá y sin más acá, dos o tres tiros de fusil en la cabeza. Incluso, la gente ha echado mano de su chispa humorística para solventar en algo la desgracia de la pérdida violenta de un ser querido: “Rogelio debe estar feliz porque últimamente ha tenido bastante trabajo”, es el comentario general que se escucha por ahí. Antes, los únicos y raros muertos jóvenes eran por alguna enfermedad peligrosa y corta. Ahora, morir viejo es un privilegio. Por miedo físico, hace dos años el pueblo quedó solo, todo el mundo salió de aquí por temor a ser la próxima víctima de la guerrilla o de los paramilitares, que nunca los ve uno peleando entre ellos, pero sí se turnan para venir a media noche al pueblo, sacar a cinco o diez personas y acusarlas de colaboradoras del otro bando y ¡zas! mandarlos derechitos a otro universo. Volvimos hace medio año porque el gobierno nos prometió protección: ya pavimentaron la carretera que va hasta San Juan del César (aunque el pavimento lo echaron sólo hasta la entrada del pueblo), pusieron líneas telefónicas, restablecieron el puesto de policías que habían quitado después de la segunda incursión guerrillera, hace más de diez años. Gracias a Dios volvimos porque eso me permitió morirme de muerte natural en mi propio pueblo. Muchos de los de mi generación murieron de nostalgia en otros lugares lejanos y no tuvieron la suerte mía de ser enterrado en su pueblo.

La primera de mis nueve noches de velorio fue bastante concurrida. En algunos pueblos comienzan a contar las noches de velorio a partir del día del entierro. Y si al cadáver lo tienen tres días en la casa porque su último pariente demoró en aparecer, son once reuniones nocturnas que se celebran. Afortunadamente, aquí no es así. Aquí se comienza a contar desde la primera noche de muerto, esté o no enterrado. Decía que anoche vino bastante gente. Siempre sucede lo mismo. Este es uno de los pocos eventos que suceden en el caserío, en donde puedan estar todos juntos. Y es aprovechado al máximo. Aunque ya se ha ido perdiendo un poco la costumbre. Antes se amanecía las nueve noches y en ninguna faltaba nadie. Ahora eso sólo pasa en la primera y en la última noches. Quizás se deba, en parte, en que ahora se tiene más consideración con los dolientes, ya que, en primera medida, no hay que ser tan descarados de no permitirles descansar por más de una semana y, en segunda medida, sería un atentado tremendo contra sus bolsillos, ya que sale muy costoso sostener nueve amanecidas a punta de cigarrillos, café y bebidas aromáticas. En parte se debe, también, a la interconexión eléctrica: la gente no quiere perderse por muchos días sus telenovelas. Eso sí: mientras el muerto permanezca en la sala de su casa, esperando el último familiar para ser sepultado, todos amanecen acompañando a los dolientes.

No pasó nada extraordinario en mi primera noche de velorio. La maestra Fidelina empezó a rezar el primer rosario a las seis de la tarde. Y continuó con uno cada hora, acompañada solo por las mujeres porque ese no es oficio de varones. Ellas estuvieron toda la noche en la sala, con Elisa, mis hijas y mis nueras; los hombres, afuera, en el patio de atrás y en el del frente, se cambiaban de grupo en grupo para no perderse el repertorio de chistes. Los jóvenes implicados en noviazgos prohibidos aprovecharon la complicidad del tumulto para escapar de la actitud inquisidora de padres anticuados: ellas salían de la sala en el descanso entre un rosario y otro para encontrarse en la sombra con ellos. Desde aquí escuché, toda la noche, la sonoridad de las carcajadas de los diferentes grupos que festejaban los chistes a todo pulmón. A cada ráfaga de hilaridad venida de afuera, las señoras de la sala se miraban la cara, a veces presas de la vergüenza porque a todas les parecía que la risa más escuchada era la de su marido; o tras veces sonreían con la complicidad de quien le halaga la osadía de su pareja. De vez en cuando, un alarido lastimero de Elisa, mi mujer, interrumpía, por breves minutos, el ambiente jocoso de los patios y le devolvía a todo el entorno, sólo por un instante, la condición de velorio que nunca perdió en la sala.

Hasta que la claridad del nuevo día, que apenas despuntaba, los hizo marchar a todos a sus casas, precisamente cuando las gallinas habían bajado del almendro. Mis hijos, yernos y nueras fueron a bañarse al río. Elisa esperó a que regresaran y se sentaran en la sala para poder bañarse ella. Siempre había criticado que dejaran una tumba sola, así fuera por un momento. Le parecía más grave aún, si eso sucedía estando el difunto en medio de las cuatro veladoras.

No sé para cuánto tiempo preparó el médico mi cadáver. Pero ya han pasado 30 horas desde que expiré. La verdad es que no me gustaría que me enterraran a las carreras, con la gente tapándose la nariz con pañuelos para mitigar el hedor a mortecina, como ha pasado otras veces en el pueblo. Prefiero que me sepulten de una vez, aunque el hijo que falta no alcance a llegar a tiempo. Pobrecito: tiene que viajar ocho horas en bus hasta la capital del país, 18 horas en tren a vapor hasta la capital de provincia, cinco más en bus hasta San Juan del César, la cabecera municipal, y diez minutos en camión de pasajeros hasta aquí. Gracias a Dios pavimentaron la carretera porque, de no haber sido así, se hubiera echado más de media hora. No creo que mi cuerpo aguante tanto sin empezar a descomponerse. Además, el sol empieza a calentar. Y la gente ya no encuentra sombra en donde esperar a que me saquen de la sala. Rogelio está aquí, al lado de mi ataúd. ¡Por Dios, que me entierren de una buena vez!

¡Epa! ¿Qué pasa? ¿Escuché bien? Sí, ni más, ni menos. “Dejémoslo para la cinco de la tarde, con la fresca”, dice uno de mis yernos, el francés. “Sí, ya a esa hora ha bajado el sol. En todo caso, el médico dice que aguanta hasta mañana por la tarde”, agrega Álvaro. Bueno, qué carajo, lo que ellos decidan, siempre y cuando yo no vaya a pasar por la última vergüenza pública (o la primera, después de muerto) de mortificar a los vivos con el hedor de mis despojos. No sé cómo irán hacer para convencer al cura que espere todo ese tiempo. Porque ese llega al pueblo, da la misa, visita a dos o tres casas y se va. Ojalá no tenga otro entierro o alguna misa patronal en otro caserío, si es así, no acepta quedarse tanto tiempo. “Ya el padre dijo que sí, que él esperaba”. Parece que mi yerno, el francés, me hubiera leído el pensamiento.

Eso está muy bien, Rogelio. Le estás echando más hielo a la ponchera que pusieron desde ayer debajo de mi cajón de muerto. ¡Eso!, botas primero el agua del hielo que colocaron anoche y que se descogenló. Esa es una costumbre que se impuso desde que llegó la interconexión eléctrica: poner hielo en una ponchera sobre el piso, debajo del ataúd, dizque para ayudar a conservar el cuerpo. No sé si da resultado o no. Lo cierto es que eso, hoy me tranquiliza.

Gracias a Dios morí después de que el Estado decidiera apoyar a los desplazados de este pueblo. Porque donde hubiera fallecido antes de salir huyendo despavoridos como nos tocó, nadie viene de afuera a mi velorio. Ya aquí nadie quería visitarnos por temor a que lo secuestraran, en el mejor de los casos, o lo asesinaran. Imagínense mi entierro: mis hijos y los pocos que aún no habían podido salir de aquí. En cambio, miren la cantidad de gente, es que no caben los carros en la calle. La gente de afuera es jodida, vienen porque hay seguridad. Pero donde nos quiten la policía y se vayan los soldados, esto se nos vuelve a fregar: regresa la guerrilla y, de la mano con ella, los paramilitares.

X

Miguel Ángel, el hijo que faltaba, llegó al medio día. Ya casi todo el mundo había regresado a su casa a almorzar. La mayoría se marchó desde mucho antes, apenas supieron la aplazada de mi sepelio, a quitarse la pinta para no sudarla y así estuviera dispuesta para la tarde. Afortunadamente para mi hijo recién llegado, ya no había mucha gente. Recibió el pésame de los poco que quedaban, lloró abrazado a sus hermanos y entró a la sala, donde lo esperaba su madre con sus gritos desconsolados. Él los invadió a todos con sus sollozos profundos. “Lo que más me duele es que no alcanzó a tomarse la botella de vino que me prometió para el día de mi grado”, dijo, mientras miraba mis facciones inertes a través del cristal de mi ataúd.

Entró al aposento y vio los mapas que formaban en la pared los pedazos de pintura caídos, los siete baúles de madera puestos en fila india por Elisa, mi mujer, desde hace muchos años y el eterno cuadro de un metro por dos de la virgen del Carmen sentada con el Niño Jesús en su regazo y las almas en pena envueltas en llamas bajo sus pies. Ya había visto en la sala el clavo donde va colgado el Sagrado Corazón que las mujeres del pueblo colocaron en mi tumba. Debajo de uno de los baúles, el par de abarcas que sólo me quitaba de encima en ocasiones especiales, cuando ameritaba usar los zapatos de charol.

Todo seguía igual a todos los regresos de mi hijo. Y, sin embargo, todo era tan distinto este medio día: el regocijo del reencuentro con las añoradas costumbres era reemplazado por el vacío interior en su ser. En un rincón del cuarto, descubrió mi bastón, el que no sólo me servía para apoyarme mientras caminaba, si no también para muchas otras cosas, como castigar a alguno de mis tres nietos cuando la puntería no me permitía dejar impune cualquier acto de irrespeto. También lo usaba para mecerme en mi hamaca y robarle un poco de frescura al sopor del medio día, mientras mi inspiración me hacía inventar los versos con los que les molestaba la paciencia a mis nietos. Así conciliaba una siesta reparadora, pero al dormirme, el bastón caía sobre el piso de cemento y espantaba a las gallinas que ponían huevos debajo de la cama matrimonial. Mi hijo sonrió en medio de su pesar, al recordar que cuando las gallinas salían corriendo a cacarear al patio, su madre, iracunda por las quejas de los tres muchachos porque el abuelo no les dejaba la vida tranquila, gritaba desde la cocina que “mañana irán a desayunar con mierda porque ese hombre ya hasta con las gallinas se mete”.

Miguel Ángel escuchó voces conocidas en la sala. Era la gente del pueblo que empezaba a regresar porque se enteraron de su llegada. Recibió el pésame con el fervor de quien siempre se ha sentido orgulloso de esas tradiciones. “Pobrecito: debes estar muerto, después de semejante viaje”, le dice Manuela. “Acuéstate y te reposas un rato”, agrega. “No, mujer: con un buen baño me repongo”. “¡Muchacho!”, le replica Elisa, mi mujer, desde su asiento de martirio en la sala, “¡cómo se te ocurre bañarte acabando de llegar de una travesía tan larga! ¿O es que acaso consideras que un solo muerto esta semana no es suficiente para mí?” La última frase la dijo con la voz quebrada por el llanto.

Mi hijo sonrió de nuevo, fascinado por un momento con las ocurrencias de su madre. Ahí estaba pintada ella, exagerando las cosas. Miguel Ángel salió al patio por la puerta del aposento, sin pasar por la sala. El sol pegaba duro. Miró las sillas de la caseta comunal, amontonadas debajo de los palos frutales. Una voluntaria le puso al frente la bandeja repleta de vasitos plásticos, él se decidió por un tinto. Fue hasta el rincón del patio en donde yo acostumbraba a defecar y la gente que lo seguía para darle el pésame adivinó su propósito y se detuvo. Mi hijo miró para el cielo por unos instantes, se sacudió la cosa, se cerró la cremallera y se volteó: el palo de tamarindo, el de mango, el de guanábana, el de totumo, el almendro de las gallinas. Si no fuera por el dolor espiritual que sentía, disfrutara de ese entorno, el mismo de su infancia, el que la memoria de su alma le mostraba en su cuarto de estudiante pensionado, allá lejos, para sopesarle la nostalgia por su terruño. Pero la gente que llegaba y pasaba de largo por la sala, no lo dejó continuar con sus evocaciones, lo interrumpió para darle el pésame.

XI

Todo es quietud en mi velorio. Elisa, mi mujer, ahí está, sentada en su asiento de cuero, con su trapo blanco sobre su hombro derecho y con su mirada perdida en la maraña de sus recuerdos. Algunas señoras la acompañan en la sala. Los dos nietecitos menores, de los tres que nosotros criamos, se acercan a la abuela. Ella los recuesta en su regazo y su memoria se remonta a la Navidad aquella en que no tenía los regalos para los niños.

Esa noche, Elisa no pudo dormir. Desde que despidió la última visita rutinaria que le hacían sus vecinos, todos los días después de la cena, para reírse con sus anotaciones chistosas, ella empezó a preguntarse qué iba a hacer si su hijo Alcides de Jesús no aparecía con los juguetes. Después de colocarle la tranca a la puerta de la calle, se detuvo frente al viejo cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que colgaba en una de las paredes de la sala, se llevó las manos a la cabeza en señal de súplica, miró fijamente a la imagen religiosa y desahogó con una sola frase el tormento espiritual que sentía en ese momento: “Dios mío, ayúdame”.

Cogió la lámpara de petróleo que colocaba siempre encima de la mesa, le bajó un poco la mecha, corrió la cortina que tapaba la entrada al único aposento de la casa y fue, con la lámpara en una mano, a cada una de las hamacas donde estaban durmiendo los tres muchachos: mató al zancudo que estaba picando a uno de ellos. Colocó la lámpara en el aguamanil, sin apagarla del todo, como era su costumbre, para poder disponer de ella en caso de una emergencia. Bajó la hamaca que envolvía todas las mañanas, al levantarse, en una de las tirantes del techo de paja para no tener que descolgarla. Sacó de allí un descolorido camisón de dormir. Se quitó el vestido de florecitas negras para ponerlo en el asiento de cuero que estaba en el aposento para ese propósito.

Se acostó, por fin, con el consabido quejido, exhalado siempre que se acostaba, con el fin de poder justificarse las dolencias inexistentes que ella empezó a inventarse desde el día en que descubrió que ya estaba vieja. El dolor que sentía esa noche no estaba en el cuerpo, si no en el alma: eran las nueve de la noche de ese 24 de diciembre y ella no tenía nada para que el Niño Dios le pusiera el regalo a sus tres pequeños nietos. Ella no supo nunca que unos de sus nietos escuchó todos los movimientos de la abuela. Ni yo tampoco lo supe, si no hasta ahora, con el poder de la muerte. Los muchachos se habían acostado temprano porque estaban convencidos de que, con la misma rapidez con que se dormían, llegaba el Niño Dios a ponerles su regalo.

El pequeño Francisco Javier, hijo de Alcides de Jesús, no había podido conciliar el sueño porque estaba casi muerto de miedo. Resulta que esa tarde, al finalizar el partido del fútbol que los muchachos del pueblo acostumbraban a jugar después de encerrar las vacas, se reunieron, como todos los días, debajo del palo de ciruelo que estaba frente a la tienda de la señora Alicia. Entre las descomunales mentiras que se inventaban sobre las hazañas diarias con que enfrentaban al mundo cotidiano, los más grandes recordaron la misma ficción infantil de todas las navidades: al Niño Dios lo le gusta que lo vean en el momento en que pone los regalos debajo de la hamaca y si, algún niño suspicaz saca la cabeza para satisfacer su curiosidad y conocer al Divino, lo que va a encontrar es un perro echando candela por los ojos y por la boca.

De modo que Francisco Javier se acostó con la idea de dormirse rápido, no tanto para que el Niño Dios le pusiera temprano, sino para no encontrarse con la otra horrible criatura infernal. El miedo no lo dejó atrapar el sueño con la rapidez con que él deseaba. Por eso permanecía allí, quietecito, sudando de estupor, boca abajo, con las manos en los ojos cerrados para asegurarse de no ver nada y con el corazoncito que se le quería salir del pecho. Rebuscaba entre los desórdenes de su miedo cualquier resquicio de valentía para tener el valor de hablar y preguntarle a sus dos primitos a cada rato: “¿Alex, Beto se durmieron?”, con la voz entrecortada. Era feliz cuando recibía la respuesta de alguno de ellos: “Cállate, gran pendejo, que va a venir el Niño Dios y no nos va poner nada por encontrarnos despiertos”. Hasta que llegó la abuela a acostarse. Y el nieto asustado pudo dormirse, entonces, al sentir la compañía maternal en la hamaca de al lado.

La angustia de Elisa había empezado al atardecer, después de que llegó al pueblo el último carro de pasajeros, procedente de San Juan del César. Ella estaba echándole los dos baldes de agua de rigor a cada uno de los tres palos que tenía sembrados al frente de su casa. Al ver acercarse la camioneta sonrió esperanzada. Pero el automotor siguió de largo hasta el otro lado del río a repartir a los viajeros que vivían allá y lo único que dejó al pasar fue una nube de polvo. Hacía tres años que teníamos los muchachos bajo nuestra custodia. Y era la primera vez que no teníamos los dos regalos de Niño Dios, por lo menos con una semana de anticipación, guardados en un baúl de alguna casa vecina. Dos de los muchachos andarían por la misma edad: Beto, siete, y Alex y Francisco Javier, tres. Los dos primeros eran hijos de Nuris, la segunda de las mujeres, y el otro, de Alcides de Jesús.

Recuerdo que Elisa era feliz al mamarle gallo a nuestros dos nietos todos los diciembre: “En esta Navidad sí es verdad que el Niño Dios no le va a poner nada: Él no tiene maneras”, les decía, con la satisfacción de saber que los regalos ya estaban en el pueblo, escondidos entre los corotos del aposento de una vecina. Sin embargo, como iban las cosas, la sentencia juguetona de Elisa se convertiría en una realidad triste ese día. Ella lo presagiaba así, revolcándose de angustia en la hamaca. Nunca antes, como esa noche, la brisa decembrina se había escuchado tan nítida al revoletear allá afuera, en medio de la claridad de la luna. Ahí, despierta, sopesando su zozobra, Elisa sintió pasos sobre la arena de la calle: eran jóvenes que regresaban del parque, en donde siempre se reunían a hablar paja. Oyó cada una de sus impertinencias y los conoció a todos por su voz.

La brisa traía la música de acordeones que salía de los cuatro puntos cardinales del pueblo: venía de las casas donde festejaban la Navidad al calor de un guiso de chivo. Los perros hacían su agosto ladrándoles a los borrachos que caminaban de baile en baile. Elisa sacó la mano derecha para tantear debajo de la hamaca, en busca de sus chanclas de caucho. Entonces lo sintió. La delgada corriente de orina atravesaba el aposento, pasaba a la sala por debajo de la cortina y moría en la calle, después de salir por la hendija de la puerta. “¡Carajo!”, dijo, mientras sacudía su mano mojada. Había hecho todo lo posible para quitarle al pequeño Francisco Javier la manía de orinarse dormido. Cada vez que se daba por vencida, aparecía alguien con un nuevo remedio casero. El más reciente consistía en que el niño debía mear sobre un tizón al rojo vivo hasta apagarlo por completo. Recuerdo que cuando alguna vecina le pedía a Elisa que le prestara a Francisco Javier para que la acompañara en la noche porque el marido se había quedado en la finca, la vecina no tenía ningún inconveniente en amarrarle el animalito al niño para que el orine no se le saliera y despertara cuando su cosito estuviera a punto de estallar: entonces se lo soltaba sobre una bacinilla y el muchachito orinaba feliz. Elisa no quiso nunca aplicar ese mismo método en la casa. De manera que la mala costumbre, de ambientar el aposento con el olor de su meado, lo perdería en su adolescencia, como ha sido costumbre: Elisa misma dejó de orinarse en las noches a los 13 años de edad.

La noche de su angustia, Elisa le quitó el pasador a la puerta de la sala que conduce al patio trasero. La fría brisa de diciembre la envolvió en un abrazo navideño. Miró a la luna en el firmamento y pudo saber la hora exacta: eran las tres y media de la madrugada. Al escuchar sus pasos, las gallinas que dormían en el palo de almendro se pusieron alerta: podría ser un borracho ocioso que quería terminar su parranda con un sancocho de gallina ajena. Llegó hasta la cocina, fue a oscuras al rincón donde estaba la tinaja, llenó de nuevo la jarra de plástico que ponía siempre, antes de acostarse, en la mesa de la sala para evitarse la molestia de salir al patio a media noche a tomarse un vaso de agua. Pero ese 24 de diciembre acabó como nunca con el líquido envasado, tratando de buscar en los tragos de agua el alivio de su pena.

Antes de entrar de nuevo a la casa, fue hasta la cerca que separa a la calle con el patio. Se acercó por encima de los leños sembrados en líneas, esperanzada todavía en ver a Alcides de Jesús. Miró de arriba abajo, amparada por la claridad de la luna. Unos perros trataban de ganarse el honor de aparearse con una perra en celo. Una pareja de enamorados se besuqueaba debajo del palo de corazón fino, que estaba frente a la casa del señor Jota. Elisa trató de reconocer a la novia para acusarla más tarde con su padre porque estaba mal visto que una mujer se pusiera a dar semejantes espectáculos públicos a esa hora de la madrugada. No pudo saber de quién se trataba. Nada, Alcides de Jesús no aparecía con los regalos del Niño Dios. Ella volvió al aposento. Le alzó la mecha a la lámpara, buscó la alcancía de madera donde ahorraba los billetes nuevos de un peso para que Miguel Ángel, el único de nuestros 11 hijos que fue capaz de desafiar a la pobreza para salir hacia el interior del país a estudiar una carrera universitaria, tuviera plata para cuando llegar de vacaciones. Desclavó como pudo la tablita de encima y escogió los dos billetes más nuevos. Se acercó, con la lámpara en una mano, hasta la máquina de coser que estaba en la sala, rebuscó dentro de las gavetas una tira verde y otra roja para amarrar cada billete. Y les puso, debajo de cada hamaca, el Niño Dios a sus dos nietos: un peso. El de Francisco Javier lo colocó a un lado, para evitar que se mojara de orines.

Volvió a acostarse más afligida que nunca. Imaginaba a su dos muchachitos sentados en el sardinel de la casa, viendo lelos a todos los otros niños del pueblo cuando salían felices a mostrar, bien temprano y como era la costumbre, su aguinaldo de Niño de Dios, mientras los de ella guardaban en el bolsillo el arrugado billetico de a peso: se le partió el alma. Dos lágrimas de impotencia rodaron suavemente por sus mejillas, no pudo evitarlo. Sinceramente, ella ya había perdido todo tipo de esperanzas de que Alcides de Jesús apareciera. Yo también.

En realidad, yo me hice el dormido durante todas esa horas de desespero que vivió Elisa. Viví con intensidad cada uno de los segundos de desvelos de esa noche. Pero la impotencia me obligó a quedarme quieto en mi hamaca y a llorar en silencio, no supe nunca si lo hacía pensando en la tristeza de mis dos nietos al no poder mostrar ningún juguete en la mañana, como sí lo harían los otros niños del pueblo, o si más bien lloraba porque se me hacía añicos el corazón al ver sufrir tanto a Elisa, sin poder hacer yo nada para evitarlo. Estoy seguro de que Elisa sabía que yo estaba despierto esa noche, pero se hizo la que se había comido el cuento que yo estaba dormido para ayudarme a no pasar por la vergüenza de no poder hacer nada si estuviera despierto.

La Divina Providencia sabía que, tanto Elisa como yo, teníamos derecho a nuestro Niño Dios. Por eso, como caídos del cielo, se escucharon los tres golpecitos en una de las dos hojas de la ventana del aposento. “Mamá, o mamá”, oímos la voz de Alcides de Jesús, que llamaba pasito para no despertar a los muchachos. Elisa se levantó de un solo salto, abrió la puerta y vio a su hijo, muerto de la risa y con el tufo navideño de sus aguardientes. “¿Qué son estas horas de venir, carajo?”, le preguntó ella disimulando su alegría. Alcides de Jesús entró por la puerta entreabierta, le entregó a su madre la bolsa con las tres camionetitas de plástico que Beto, Alex Alfonso y Francisco Javier le habían pedido al Niño Dios. “Tome, vaya a ponerles el aguinaldo a los pelaos”, le dijo.

Así son las cosas de la vida o, más bien, de la muerte: exactamente este mismo episodio recordó Elisa, mi mujer, cuando tenía en la mitad de la sala el cadáver de su hijo Alcides de Jesús. Hoy lo hace, no tanto porque sea mi cuerpo el que se encuentre en el mismo sitio, como porque está acunando sobre su pecho a los dos muchachitos menores, protagonistas de aquellos hechos. Los otros nietos nuestros, hijos de los hijos que llegaron ayer, entraron también a la sala y Elisa los fue abrazando a todos, uno por uno.

XII

¡Carajo!, veo que el calor derritió el hielo de la ponchera. ¡Ojo! ¡Pilas! Alguien que se dé cuenta, bote el agua y eche más cubetas de hielo porque apenas es la una pasadita y recuerden que mi entierro es para las cinco. “¡Mierda!, ese viejo Antonio sí mea, miren ya volvió a llenar la ponchera”. Mal chiste. Quien lo dijo, lo hizo en voz baja a un grupo de tres. Los cuatro sonríen. No le veo la gracia. Pero si siquiera lo notaron. Bueno, qué esperan, ya se burlaron, ahora cambien esa agua. ¡Ey! Se van de la sala los muy... ¡perdón! Sin groserías, ve que estoy muerto. Bien: llegan hasta donde está Álvaro fumándose un cigarrillo sin filtro. Le dicen algo, él tira al suelo el cigarrillo que acababa de prender y lo pisa. Entra a la sala, retira la ponchera y la vuelve a poner, repleta de hielo, debajo de mi ataúd. Regresa mi alma al cuerpo, digo, la tranquilidad a mi alma: es que no me he acostumbrado a mi condición de muerto.

Como pueden darse cuenta, sigo aquí, suspendido en este limbo, aletargado, sin saber qué hacer, ni para dónde coger. No sé si será primiparada, pero esto empieza a tornarse tedioso. Ojalá sea así sólo las primeras horas, mientras me adapto. Porque no quisiera seguir en esta modorra toda la eternidad. La verdad, esperaba otra cosa de la muerte. No sé, algo diferente. Chévere porque no se siente dolor, ni calor, ni las cosas que le afectan la tranquilidad a uno en vida. Pero es que esta tranquilidad es demasiado ya.

Hasta ahora me he entretenido con las cosas de mi velorio. Sin embargo, una vez que me entierren, ¿qué? ¿Desaparezco de estos confines o, por el contrario, sigo viendo lo que hacen los vivos sin tener la oportunidad de participar en sus quehaceres? ¿Y qué hay de los otros muertos? ¿Dónde están? Yo creía que me iba a encontrar con ellos desde el principio, por lo menos con los conocidos, en el orden en que fueron muriendo: primero mis abuelos, después mis papás y mis tíos, luego mis hermanos, siguen mis hijos y, por último, los amigos. Estaba convencido de que ellos me iban a presentar otros muertos: ¿se imaginan, yo estrechándole la mano al propio Simón Bolívar? No obstante, nada ¡No veo a nadie! ¡Solo veo vivos!

Lo que sí no quisiera es espantar a los que quedan merodeando en la tierra. Porque lo único que escuchaba de la muerte, era que el difunto no quería aceptar que ya debía dejar el mundo de lo material y empezaba a rondar los sitios que frecuentaba en vida, a rebuscar entre sus chécheres y, en ese afán por quedarse, asustaba a sus allegados con los ruidos que hacía. Creo que eso les pasa a los que mueren súbitamente: asesinados, en un accidente, de un infarto fulminante, en fin. No es mi caso: tuve el honor de morir de viejo en el país más violento del mundo. Y no me ha asaltado (ni creo que me asaltará) la idea de ponerme a pendejear entre los vivos.

Por eso, aquí, en esta desesperante inactividad en que me siento, se me ocurre pensar que más que prepararse para la vida, el ser humano debe prepararse para la muerte. Al fin y al cabo, uno apenas alcanza a sobrepasar los 80 años, en casos afortunados como el mío. En cambio, dura muerto hasta más allá de la eternidad. Tanta experiencia que tuve en vida y mírenme ahora: un recién nacido en la muerte. Supongo que así como se aprende a vivir viviendo, se aprende a morir muerto. Debe ser cuestión de costumbre. Así lo espero.

La verdad es que lo que he vivido en estas primeras treinta y pico de horas que llevo muerto, es lo mismo que han vivido los de mi pueblo en vida. Con un agravante: he sido ignorado por ellos en todo sentido. Es decir, aunque toda la acción que ellos han desarrollado ha sido por mí, a nadie se la ha ocurrido pensar que me estoy dando cuenta de todo. Es apenas natural: para ellos no soy más que un cadáver, pero no para mí. He ahí la cuestión. Tal vez eso, que no sepan que estoy participando de mi velorio, sin mover un solo dedo, es lo que hace más tedioso el asunto.

Ojalá no me toque vivir esta situación las nueve noches de mi velorio. Guardo la esperanza de que apenas peguen el último ladrillo para tapar la cavidad de mi bóveda, yo empiece a gozar en plenitud la verdadera vida de los muertos. No sé: ascender y ascender hasta llegar a un campo enorme y tranquilo, donde pueda disfrutar de la brisa, del ruido del agua que corre por su sendero infinito, del aroma de las flores de diversa variedad, del canto de los pájaros, de la compañía de los conocidos que hacía años no veía. ¡Qué vaina!: todavía sigo deseando como los vivos.

A estas alturas, ya nadie recuerda los hechos vividos conmigo, como sí lo hacían al principio de mi velorio, lo que yo aprovechaba para entretenerme, metiéndome con quien añoraba en los vericuetos de sus nostalgias. Ahora me toca a mí traer a la memoria cosas del pasado. Lo primero que me llega fue la construcción de la carretera de San Juan del César hasta el pueblo, la misma que pavimentaron hace poco. La hicimos a pulso, cuando nos dimos cuenta que el progreso miraba para todos lados, menos para acá. Cogimos como guía el mismo camino de herradura que se usaba antes para ir a caballo hasta allá. Tiramos puro machete, hacha y pala: no había maquinaria o, si existía, nosotros no la conocíamos. Estábamos acostumbrados al trabajo pesado, duro, de hombres de verdad. Cargábamos al hombro los postes con que hacíamos los puentes. Nos abrazábamos al sol de cualquier hora, sin descanso y nos enfrentábamos a los vendavales, todo sin desfallecer. Lo más importante fue que lo conseguimos, llegamos a San Juan del César a pie y nos regresamos en carro, el primer automotor que pisó el suelo de nuestro pueblo. Después, con la bonanza marimbera, muchos comprarían carros de placa venezolana, que eran baratísimos porque, en muchos casos, sus dueños lo venían a mal vender a la frontera para darlos por robados en su país y cobrar así el seguro.

Así fue. Regresamos al pueblo en carro, después de salir todos los días a caballo a trabajarle a la carretera. Era una camionetita de estaca, que se pinchó dos veces en el camino. Entramos triunfales, pitando, con los machetes, las palas y hachas empuñadas hacia arriba, como si fuéramos héroes triunfadores de una revolución armada. Sí, éramos héroes y éramos triunfadores, pero nuestra lucha no fue a tiros ni matamos a nadie: lo único que nos movía era la solidaridad y las ganas de ver progresar al pueblo. Y lo hacíamos con la inocencia y el pudor de quien no quería ningún beneficio personal, como lo que hacen ahora los guerrilleros y los paramilitares, que dicen que vienen a defendernos del otro, sin nosotros pedírselo y, con ese cuentito, nos toca darle una platica mensual. Bueno, nos tocaba. Porque desde que regresamos, no nos hemos vuelto a topar con ninguno de los dos bandos, gracias a Dios.

Ya me volví a perder en divagaciones que no tienen nada que ver con lo que estaba recordando. Sí, entramos en la camioneta y las mujeres, niños y ancianos del pueblo nos aclamaban. Nos habíamos internado monte adentro por medio de la trocha polvorienta que acababámos de abrir. Encontramos huecos, piedras, polvo y un sol sofocante. Nada de eso importaba: era nuestra carretera. Atrás quedaban los días intensos en que el bochorno tropical era aliviado por la brisa eterna que esparcía el polvo levantado por nuestras palas, en donde el único descanso era a la hora del almuerzo, cuando el ruido de los machetes y de las hachas sobre los troncos de los embravecidos árboles daban paso al silencio. Entonces escuchábamos de nuevo el ruido apacible de la naturaleza: los pájaros, con su cantar de gracia, volaban de rama en rama; el eco de un burro que rebuznaba a los lejos, con la esperanza de obtener una respuesta; las lagartijas que se movilizaban sobre las hojas secas del suelo; el balido largo de algún chivo solitario; el revoletear del viento entre los árboles. Todo se oía con nitidez.

Y nosotros lo disfrutábamos con la camisa sudada desabotonada hasta el ombligo, recostados bajo la sombra de un palo para poder mirar el azul del infinito, mientras recordábamos a los hijos, a los padres, a los hermanos, a la esposa del alma que estaban allá, en el pueblo. Hasta que terminamos. Y nos devolvimos en carro, con el polvo metiéndose por la nariz, por los ojos, por los oídos; pero con la tranquilidad del regreso feliz, después de la labor cumplida. Qué mejor premio que ese recibimiento. La fiesta duró dos días, cuando las mujeres nos llevaron arrastra hasta la casa de cada uno, pues ya no podíamos con la borrachera.

XIII

A las cuatro empezará a llegar la gente. Algunos con la misma pinta de esta mañana, otros, felices porque le dieron la oportunidad, en un solo día, de mostrar dos vestimentas diferentes. Todos, bañados de nuevo para quitarse de encima el sudor del día. Estará Rogelio puntual, al lado de mi ataúd, dispuesto a meterme, por fin, el hombro. Vendrán los muchachos de la escuela rural de varones y de la de niñas, uniformados y en fila india, organizados por orden de tamaño, del más pequeño al más grande.

Elisa, mi mujer, llorará de nuevo: “Ya volvieron, ahora sí, a botarlo para siempre. Qué haré yo sola en el mundo, sin quien me martirice la vida con su quejadera todos los días”. Manuela tratará de darle consuelo, inundada en lágrimas ella también, con sus caricias en el cabello y en la espalda. Álvaro tratará de esconderse entre la gente para esquivar su mirada. Miguel Ángel estará junto a sus hermanos y a sus cuñadas, que acompañarán a sus maridos a la iglesia y al cementerio. La tristeza de sus almas se ve reflejada en los ojos llorosos. Mis hijas se unirán a su madre en el coro de gritos de dolor, mientras sus hombres se mezclarán con la gente del pueblo. Mis nietos venidos de otras tierras le harán mofa a sus tres primitos que estarán en la cola de estudiantes.

Rogelio y tres hombres más sacarán mi cajón sobre sus hombros, en medio de la especie de calle de honor que hará la gente para dejar pasar mi cadáver. El pueblo caminará detrás del féretro, por la calle arenosa, hasta llegar a la iglesia. Algunas mujeres se quedarán en la casa atendiendo el nuevo desmayo de Elisa, que tiene por costumbre no acompañar a sus muertos al cementerio porque no soportaría venirse y dejarlos allá tan solos.

Las campanas doblarán desde mucho antes, con su toque pausado y lastimoso. Muchas personas se quedarán fuera del templo porque no cabrán, pero no se perderán detalles de lo que pase adentro, pues se arremolinarán en los cuatro ventanales y en las dos puertas de los costados y en la puerta principal. Las dos hijas de mi comadre Fanny, que estudian en el colegio de monjas de la cabecera municipal, harán las correspondientes lecturas bíblicas, como en todas las misas del pueblo. El director de la escuela rural de varones y la directora de la de niñas, se pasarán toda la misa caminando entre sus alumnos para darles el pellizcón disciplinario al que osará cualquier travesura estudiantil: jalarle el cabello al de adelante, un codazo al de al lado, tirarle a la niña de su gusto las piedrecitas que recogió en el trayecto. El cura aprovechará la asistencia masiva, como otras veces, para regañar a todo el mundo. Dirá que no van a misa si no la rara vez que se sucede una ocasión especial, como matrimonio, fiesta patronal o sepelio. Nadie será capaz de reprocharle que es él el que no viene a oficiar si no en casos como los que menciona.

Después harán otra calle de honor a la salida de la iglesia. Rogelio y otros tres voluntarios sacarán mi cajón y emprenderán el camino quebrado hacia mi última morada. Bajarán la primera loma que empieza justo en la casa de Dios, subirán otra hasta la calle de los Romero (los que hacen las mejores cometas del mundo en tiempos de brisa), descenderán la que muere en el arroyo El Guacamayo, se elevarán por la cuesta que lleva al palo machorro de mango, descolgarán hasta el portón rojo de la parcela de mi compadre Libardo Gutiérrez y escalarán la pendiente que da al campo de fútbol, precisamente frente al cementerio. En el recorrido, los hombres se turnarán para cargar mi cuerpo, menos Rogelio porque su costumbre es llevar el cadáver hasta el final; las mujeres y los muchachos de la escuela se pondrán un pañuelo en la nariz para mitigar el polvo levantado por las decenas de pares de pies, que subirán la última loma arrastrando por el cansancio.

Todos llegarán sudados, echándose fresco con la boca por entre el cuello de la camisa o de la blusa. Algunos se apiñarán alrededor de mi bóveda y otros se subirán en las bóvedas vecinas, ansiosos por ver el momento en que destaparán por última vez mi ataúd y mis hijas se lanzarán dando requiebros sobre mi cuerpo, por unos segundos, hasta que las apartarán a la fuerza, cerrarán el cajón y lo meterán en mi sepulcro, en medio de la algarabía de mis hijas, que le gritarán a sus tres hermanos enterrados en la misma bóveda: “¡Ay, mis hermanitos! ¡Ahí les llegó papá a hacerles compañía, cuídenlo!”. Sus maridos y amigas cercanas las retirarán del lugar y las sacarán del cementerio.

El albañil, que desde el medio día había llevado en burro los ocho ladrillos, la lata de arena, la media bolsa de cemento y el cántaro de agua, comenzará a taparme, seguido por la mirada de los pocos curiosos que se quedarán ahí con algunos de mis hijos. Todo quedará en silencio. Sólo se escuchará el sonido seco de la espátula cuando la metan a la mezcla y el ruido que emitirá el cemento al tirarlo sobre los ladrillos para empañetar esa parte de la bóveda. Entonces, sucederá lo imprevisto.

Nadie verá de dónde saldrá. Los sorprenderá con sus gritos desesperados de niño, que por primera vez en su vida le toca enterrar a un ser querido, ya que cuando murió su padre, Alcides de Jesús, él tendría unos tres años y medio y todavía no tenía conciencia de la muerte. Empujará al albañil, dañará a patadas el tape e intentará meterse al sepulcro. “¡Yo me quiero quedar con mi abuelo! ¡No me lo dejen solo! ¡Métanme ahí con él!”, gritará. Tal vez yo sí debí esperar esa reacción de mi muchachito: con sus diez años de edad, fue el que se hizo cargo de mí, cuando los males de la vejez se hacían cada día más evidente: yo me apoyaba sobre su hombro derecho y en mi bastón del otro lado para ir al último rincón del patio, hasta el palo de marañón, debajo de cuya sombra pujaba y pujaba agachado para expulsar solamente dos o tres pequeñas bolas excrementicias, a pesar de las tres cucharadas diarias de laxante que me tomaba; los tres nietos se burlaban de mí, dizque porque yo cagaba como los chivos, pura cagarruta. Entonces los cogía descuidado, apuntaba bien y les lanzaba el bastón para que aprendieran a respetar a los mayores, carajo. Ese mismo nieto, que iría a gritar para que lo dejaran en el cementerio con su abuelo, me llevaba hasta donde Álvaro había emparapetado un baño con paredes de caña brava, me echaba agua y jabón, me vestía y me regresaba a la hamaca. En las mañanas, bien temprano, me ayudaba a sentar en la hamaca, me ponía una ponchera vacía sobre las piernas y me daba el cepillo con la crema dental y el pote de agua para que yo me cepillara. Últimamente, las piernas ya no me respondían, ni siquiera para dar un paso enclenque, por lo que mi nieto debía ayudarme a incorporar sobre el catre que me tocó usar porque ya la hamaca me fastidiaba, me colocaba el pato para que yo hiciera mis necesidades fisiológicas y las iba a botar debajo del marañón.

Yo vivía muy agradecido con él. Tanto, que de vez en cuando, y a escondidas de Elisa y de los otros dos nietecitos, me metía la mano en los bolsillos del pantalón, sacaba el billete de a peso, arrugado como plata de borracho, de los que alguno de mis hijos me daba cuando venía a visitarnos al pueblo y que yo camuflaba bien entre el montón de papeles que cargo en la billetera, y se lo entregaba al pequeño que me atendía. “Toma, hijo, para que comas algo cuando salgas a recreo”, le decía; él miraba para todos los lados para percatarse de que no había nadie y se lo embolsillaba. Estoy convencido de que a él tuvo que dolerle mucho la vez que fue a la excursión escolar a la ciudad del mar, entró a un centro comercial por primera vez, compró detallitos para los que vivíamos en la casa y no le alcanzó el poco dinero que llevó para traerme algo; noté su tristeza enseguida, a su regreso, al darles a todo su regalo, menos a mí; traté de hacerme el pendejo para que su remordimiento no le diera tan duro, pero, conociéndolo como lo conozco, sé que fue en vano: eso lo perseguirá toda su vida, aún cuando sea ya un adulto barrigón y con hijos. De manera que no podría ser sopresa para ninguno, la reacción que tendrá el muchachito esta tarde en el cementerio. Por eso, lo cogerán entre varios y lo sacarán, con sus pataletas, hasta donde están sus tías. “¡Yo me quiero quedar con mi abuelo!”, insistirá, pero una de mis hijas sacará ánimo para calmarlo. “Es que no deben traer a esos pobres muchachos a estas cosas”, dirá mi yerno francés.

El albañil tendrá que volver a empezar. Quedarán cinco u ocho hombres con él, entre los que estarán Álvaro y Miguel Ángel. “Tome, escriba usted los datos”, le dirá el albañil, al terminar su trabajo, a mi hijo universitario. Le entregará un pedazo de alambre oxidado, doblado en dos. Miguel Ángel se acercará y estampará con ese alambre, sobre el empañete recién aplicado, mis dos nombres y mis dos apellidos, la fecha de nacimiento, la fecha de ayer, que fue cuando morí, y finalizará con una frase: “Te recordaremos por siempre”.

La gente, después de que visite a sus muertos, regresará en pequeños grupos a mi casa. Entonces Elisa volverá a entrar en furor: “¡Ya me lo fueron a botar para siempre!”. La mayoría se quedará de una vez para el rosario de mi segunda noche de velorio. Pocos irán a sus hogares a comer algo y retornarán. Seguramente amanecerán como ayer, pero, a partir de mañana, se retirarán después del tercer rosario y no volverán a amanecer si no hasta la última de mis nueve noches de velorio, cuando la profesora Fidelina, en medio del ritual esperado por todos, levantará mi tumba después de las doce y mandará a apartar a los curiosos de la ventana y de la puerta para evitar que mi espíritu reencarne en alguno de ellos, en mi afán por salir de la casa.

La profesora quitará parte por parte mientras rezará el rosario: el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, el frasco de cristal con las flores marchitas, el vaso, donde estaba el agua, vacío. Recogerá las tarjetas de condolencias que llegaron de afuera y que iban poniendo sobre la mesa de mi tumba, quitará la sábana blanca de la mesa y retirará la de la cruz negra que está en la pared. Después, los asistentes se sentarán más juntos que nunca: las mujeres, adentro, a seguir rezando el rosario y los hombres, afuera, a reír con los chistes, las unas con los otros disimulando el miedo de que mi espíritu los poseya, deseando ver ligero la claridad del día.

Con los años, Elisa será una mujer sola y temática. Se vivirá quejando de que sus hijos ya no la quieren, que la tienen olvidada. “Nada más fíjense en el vestidito que tengo puesto: ya no le cabe ni un remiendo más. Claro, es que las cosas tienen que acabarse de tanto uso; antes ha durado mucho: todos los días del mundo me lo quito, lo lavo, lo pongo a secar al sol, lo plancho y me lo vuelvo a poner. Y qué puedo hacer, yo no puedo quedar desnuda y no tengo más”, dirá ante la mirada impotente de los tres nietos, que ya estarán más grandecitos. Y la emprenderá contra sus hijos: “es que no me puede caber en la cabeza la idea de que sean tan ingratos, sin espíritu, ni iniciativa. No son capaces siquiera de decir voy a hacer este mercadito y se lo llevo a mamá o a esa porquería o a ese pobre animal, en fin, como quieran llamarme, que debe estar con el ojo blanco, muriéndose de hambre. Claro, eso es lo que quieren, verme muerta para salir de este estorbo; pero a la larga cuál estorbo: fuera que yo les importara en algo o los molestara en cualquier cosa; si yo para ellos, soy nada, lo que se dice nada en el mundo, no existo”. Y enseguida la invadirá sus temores hipocondríacos: “tengo mareo; cuando camino, siento como si me menaran de un lado a otro. Me duele la cabeza, es un tremendo dolor que me da todos los santos días. No me puedo mover porque la mortificación de ese calambre y ese escalofrío que me corre desde la punta de los dedos de los pies hasta la frente, recorriéndome todos los huesos, no me dejan hacer nada. Los ojos me arden, tengo que cerrarlos a cada rato y, cuando los abro, veo una cantidad de puntitos negros revoleteando en el aire. La hamaca donde duermo ya no le cabe un sucio más, está mugrienta. Pero ahí es para poder lavarla, ¡y cómo!, con qué fuerzas, si estos brazos ya no me sirven para nada: me mortifica ver cómo se me bambolea la carne, aguada de tanto trajinar. Ayer, nada más, cogí una olla de agua para regar los palitos que están sembrados al frente de la casa y qué va, no pude. Cuando iba en mitad de la sala, se me cayó. Es que un pobre ser humano como yo, con tantos años encima y pasando hambre, no puede tener fuerzas. Hasta los pies me arrastran, ya ni con ellos puedo. Yo ya estoy viviendo horas extras”.

No sé si esa actitud será producto de su soledad, o por el hecho de haber enterrado a tres hijos y al marido, o destellos seniles de su indómito carácter juvenil, o una mezcla de todo. Lo cierto es que vivirá quejándose cada segundo de su vida. “Yo no digo que me tengan como a una reina. Carajo, pero al menos que se acuerden de mí, que la mujer que los parió todavía está en este mundo. Cuánto hijos no desearían tener a su madre viva para atenderla; sin embargo, a estos míos no. Antes, por el contrario, ellos darían lo que fuera para que yo no existiera, pero no me da la gana de morirme”. Los pobres muchachos no hallarán donde poner a su madre, pero cada vez que ellos se acercan ella les saldrá con los desplantes propios de su forma de ser. El día que le regalen la estufa le dirá que ese será otro dolor de cabeza para ella porque de dónde va a sacar la plata para comprar el cilindro de gas cada ocho días. “Será para cocinar mierda porque no tengo nada que poner a preparar en ella”, dirá. Cuando le den el juego de vajillas les gritará que esa vaina se irá a cansar de estar guardada, esperando que la use, sin tener comida para poder ocuparla. La mañana que le lleven la licuadora les arremeterá diciéndoles que lo único que irá a licuar será piedra porque ella no tendrá con qué buscar frutas para hacer jugos. Al ver la nevera nueva que le darán, será clara en decirles que esa cosa no servirá sino para gastar más luz y, en consecuencia, ponerla a pensar de dónde jalará para pagar los recibos: “y tanta esfuerzo para nada porque yo no tengo nada qué conservar en ese aparato, ni siquiera agua, ya que el acueducto de este pueblo vive dañado”.

También le obsequiarán un televisor, que, sin proponérselo los pobres, será motivo de nuevo regaño: “una persona con luto no puede tener en su casa una cosa de esas que lo único que hará será inquietar, con su bulla, la tranquilidad del dolor espiritual”. Incluso, tratarán de consentirla con un par de chancletas de gamuza, que tendrán una tela de peluche sobre la capellada; ella, que desde niña ha usado sus chanclas de caucho, considerará aquello como una afrenta más de sus hijos: “por mí pueden devolver esas pantuflas de muñeca. Estoy muy vieja yo como para estar llevando esos chivos atravesados en los pies”. También le pondrá peros a la ropa que le lleven, guardará la hamaca nueva que le regalen para las visitas, mientras ella seguirá usando la descolorida de siempre. Cuando oiga decir que le van a regalar un juego de sala, les mandará el recado: “que no sean descarados, carajo, que si lo que quieren es ir preparando el sitio donde sentar la visita, en el momento en que vengan a dar el pésame, que, por lo menos, esperen el día de mi muerte”. Y rematará con su sarta de disparates acerca de la muerte inminente: “sigo acostada aquí, esperando la muerte sin querer morirme. Sé que la tengo cerca, rondándome, esperando cualquier descuido mío para darme el zarpazo final. Vivo pensando en ella desde hace tiempo, cuando me trajeron el hijo mayor muerto de un tacazo de billar en la cabeza. Y los nietos que estaba criando entonces, cogieron las tazas de plástico que paraban el agua del tinajero y me daban palmaditas en los pies, con las manos mojadas, para que yo no llorara. Desde ese día, la muerte ha visitado a esta cuatro paredes tres veces más. Y siempre he creído que la próxima víctima voy a ser yo. Pero no, parece que ni siquiera ella quiere cargar conmigo. Eso sí: ya les he mandado a decir a mis hijos que cuando me muera no les voy a dejar vida tranquila, que todas las noches les voy a salir a halarles los pies. Y están advertidos desde hace tiempos: a mí no me van a comprar ataúd lujoso, como lo han hecho con los otros, carajo, que para lo único que sirven ellos es para aparentar: si no me hacen caso, me salgo del cajón y les armo un alboroto de los mil demonios para que aprendan a respetar los deseos del difunto. Nada gano yo con estar rodeada de lujos y de atenciones después de muerta. La última vez que vino la muerte se me llevó a mi marido, inválido durante los diez postreros años de su vida. El pobre: cuánto no sufriría, si estuviera vivo, viendo el comportamiento de sus muchachos”.

Los hijos ya no encontrarán cómo complacerla y se les convertirá en una tortura cada vez que deban ir a comprarle algo, ya que se hilvanarán los sesos tratando de adivinar qué le gustará a la madre, hasta que descubran que ella lo hace por el puro placer de echarles el cuento a sus vecinas, muerta de la risa por el apuro en que los pone: “Los pobres, vieras la cara que pusieron”, les dirá. El día que se muera, nadie tendrá que preocuparse por los detalles de su velorio porque ella dejará todo dispuesto, menos el ataúd, claro.

Después de ese viaje por el futuro lejano, regreso a la realidad de mi presente. Estoy muerto, a punto de ser enterrado y todavía no conozco nada de los asuntos de la muerte. Tengo la esperanza de que, con el transcurso de los días, esto cambie y deje de parecer que yo fuera el primer fallecido del mundo porque no veo a nadie más en estas circunstancias. Empecé por imaginarme el futuro inmediato como una buena forma de distraerme del letargo que me ha producido las últimas horas de mi final en la tierra. Pero ese juego se convirtió en una acción concéntrica que me llevó al mañana distante, donde la protagonista era Elisa, mi mujer. ¿Sucederán las cosas tal y como las acabo de ver? ¿Será esto, el ver lo que pasará después, uno de los privilegios de la muerte que apenas empiezo a descubrirlos uno por uno? Lo sabré dentro de poco, cuando ya me lleven a mi última morada.

En todo caso, esta era la única forma de hacer que pasara el tiempo rápido: imaginándome qué va a pasar a partir de las cinco. Me dio resultado. Ya casi va siendo la hora de mi sepelio. No demoran en comenzar a doblar las campanas. Gracias a Dios. Lo que más deseo es que el albañil me tape pronto, a ver si así empiezo a sentirme muerto de verdad, a conocer el misterio de la muerte. Al menos, eso espero.